Nexos manda un tuit con un texro de Roland Barthes (https://www.nexos.com.mx/?p=3812#.W-pLCBarthes póstumo: sobre StendhalK2f_TI.twitter) al principio demasiado renuente y crítico del diario de Stendhal. Yo lo leí a ratos molesta.”No me toque usted a Stendhal,don Roland.” Le parece que en su diario Stendhal está tan enemorado de Italia que sólo acierta a llamarla bella. Y que usa para eso un lenguaje chato. No estoy de acuerdo en que sea un lenguaje chato es excesivo, cierto, no describe, califica. Pero tras la crítica este es el elogio. Y la lección. Yo la tomo. Hay que trascender el diario. Vean ustedes.

La trascendencia del egotismo
Para limitarnos a estos Diarios, que dicen el amor por Italia pero no lo comunican (tal, al menos, el juicio de mi propia lectura) podríamos repetir melancólicamente (o trágicamente) que nunca se logrará hablar de lo que se ama. Sin embargo, veinte años más tarde, por una suerte de efecto tardío que también pertenece a la lógica retorcida del amor, Stendhal escribe sobre Italia páginas triunfales que, éstas sí, encienden al lector que soy (pero no creo ser el único) con ese júbilo, con esa irradiación que el diario íntimo decía pero no comunicaba. Estas páginas admirables son las que forman el principio de La cartuja de Parma. Hay una especie de concierto milagroso entre “La masa de felicidad y placer que irrumpió” en Milán con la llegada de los franceses y nuestra propia alegría de leer: el efecto contado coincide finalmente con el efecto producido. ¿Por qué este vuelco? Porque Stendhal, al pasar del Diario de la Novela, del Album al Libro (para adoptar una distinción de Mallarmé), ha abandonado la sensación, parcela viva pero inmanejable, para abordar esa gran forma mediatriz que es el Relato, o mejor aún, el Mito. ¿Qué se necesita para hacer un mito? La acción de dos fuerzas: primero un héroe, una gran figura libertadora: Bonaparte, que entra en Milán, penetra Italia como Stendhal lo hizo, más modestamente, al descender de San Bernardo. Luego, una oposición, una antítesis, un paradigma en suma, que ponga en escena la lucha del Bien y del Mal y así produzca lo que falta al Album y pertenece al Libro, a saber: un sentido. Por un lado, en estas primeras páginas de La Cartuja de Parma, el aburrimiento, la riqueza, la avaricia, Austria, la Policía, Ascanio Grianta; por el otro, la embriaguez, el heroísmo, la pobreza, la República, Fabricio, Milán; sobre todo, de un lado el Padre, del otro las Mujeres.
Al entregarse al Mito, al confiarse al libro, Stendhal obtiene gloriosamente lo que en cierto modo no había logrado en sus álbumes; la expresión de un efecto. Este efecto, el efecto italiano, finalmente tiene nombre, y no es el tan chato de Belleza sino el de fiesta. Italia es una fiesta: esto es lo que finalmente comunica el preámbulo milanés de La Cartuja, que Stendhal tuvo razón en guardar, contra las reticencias de Balzac: la fiesta, es decir, la trascendencia misma del egotismo.
En resumen, la distancia —la distancia recorrida— entre diario de viaje y La Cartuja es la escritura. ¿Qué es la escritura? Un poder, fruto probable de larga iniciación, que vence la estéril inmovilidad de la imaginación enamorada y da a su a aventura una generalidad simbólica. Cuando era joven, en tiempos de Roma, Nápoles, Florencia, Stendhal pudo escribir: “Cuando miento me pasa lo que al señor de Goury: me aburro”. Aún no sabía que existe una mentira, la mentira novelesca, que sería a la vez —oh milagro— desvío de la verdad y expresión por fin triunfante de su pasión italiana.

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