3 junio, 2020

El viejo tiempo de antes

Dije hace años: Le tememos al tiempo porque nos desgasta su diaria cercanía, igual que hace el agua con las piedras a las que lame disimulada y constante todo el día y todos los días.

Le tememos al tiempo cuando empezamos a despertar con la espalda torcida o la cabeza mareada, con un dolor a medio estómago que sólo tiene su causa en un pedazo de queso, con un callo como el de las tías o un dedo chueco como el del abuelito. Le tememos al tiempo cuando al vernos en el espejo nos encontramos con la misma expresión de un pariente que ya murió, cuando nuestras amigas empiezan a parecerse cada vez más al recuerdo que tenemos de sus madres, cuando nuestros sobrinos adolescentes nos recuerdan el desparpajo que aún creíamos parte esencial de nuestros primos, cuando de un viaje al otro cambiamos el bikini por el traje de baño, cuando en todas las fotos nos vemos cara de cansancio, cuando un hombre guapo cruza nuestro paisaje y pensamos en lo mucho que le gustaría a nuestra hija, cuando empiezan a brotarnos en las manos los primeros lunares idénticos a aquellos que poblaban las manos de la abuelita, cuando el destino se vuelve eso por lo que estamos caminando y deja de ser eso por lo que alguna vez caminaremos, cuando nos brota como un clavel la frase con que felicitamos a un adolescente deslumbrador por lo guapo que se ha puesto.
Casi todos le buscamos la vuelta a las inclemencias del tiempo, casi todos queremos postergar el aviso de muerte que traen los años. Algunos lo consiguen con más eficacia que otros, pero todos los que no morimos jóvenes envejecemos y será mejor hacerlo con donaire y convicción que con litigios inútiles y ridículos inolvidables.
Esto escribí hace tiempo, mucho tiempo. Tanto que me da risa recordar que así pensaba. Con razón siento que mis contemporáneos apenas están alcanzado la edad que yo tenía hace treinta años:
Y miren ustedes lo que sigue:

Cuando cumplí cuarenta años hace cuatro, di en sentir que no podría yo ser más vieja, que no lo resistirían ni mi vanidad, ni mi cintura. Después, me acostumbré, así como cuando uno bucea en el arrecife cercano a Cozumel y al ir bajando metros hay unos segundos en los que tiene la certidumbre que le explotará la cabeza, sin embargo se resiste al impulso de empujar hacia arriba porque intuye que abajo hay un mundo que brilla de un modo nunca visto y un silencio que estremece como la idea del infinito y la eternidad. Entonces, en lugar de volver sigue bajando y, un segundo después, entre las rocas y los extraños peces, nadie recuerda que alguna vez sintió un dolor.
Tiene sus cosas buenas el camino del tiempo andado, yo pienso en ellas y las recuento cuando quiero negarme a la auto compasión que a a veces provoca envejecer.
Y miren ustedes lo que me proponía
Con el tiempo, me digo, podré decir todo lo que no he dicho y no tendré que vivir cruzada por el arrepentimiento que me causan las cosas que sí he dicho. Ya hoy, veinte años después de los veinte, me digo que era un cretino el hombre que me quitó el sueño de entonces, sé que algunos de mis maestros no eran genios y que otros eran más bien torpes, me digo y digo que no me gusta cierta literatura y que ni modo, que en el sesenta y ocho estaba yo en la luna en vez de estar marchando en la manifestación del silencio, que en el setenta todavía no había leído Rayuela, que me moría por un pase para la muestra de cine y que a Borges lo empecé a querer con los años.

Y esto que veía como algo remoto, porque lo era, ya lo he empezado a hacer ahora con el ensalmo envejecedor de la pandemia

A veces pienso que la vejez debe ser como las vacaciones, una época de la vida en que la uno se siente con derecho a hacer lo que se le pega su gana. Dormir hasta las once del domingo, por ejemplo. Perder la sensación de que a uno lo vienen persiguiendo, quién sabe quién, una sombra, una ambición o un desconsuelo, pero alguien que nos arrea y no nos deja soltar el cuerpo. Entonces podrá uno dedicar la vida simplemente a estar en ella con la intensa conciencia de que aún nos pertenece y aún pertenecemos a su latido extraño y arbitrario. ¿Qué más?
Espero que si me alcanzan los setenta y cinco, los ochenta, los noventa que sueño, dejará entonces de avergonzarme el hecho de que las cosas y los apellidos que van con ciertas caras se me olviden. ¿Más allá del presente y sus desafíos sentiré envidia? ¿Tendré tiempo para peinar los recuerdos que ahora me espanto de la cabeza y las emociones porque quitan el tiempo? ¿Perderé entonces la angustia de que vivo perdiendo el tiempo? Ojalá, me digo, y creo que así será.
Punto y aparte
Gracias por acompañarme en esta añoranza de los que se ha vuelto mi presente. y el de muchos de ustedes. Un beso grande y el deseo de que sigan bien.

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Hoy, en México, celebramos el día del maestro. ¿Quién no ha tenido un maestro, cinco, siete que lo hayan marcado de por vida? Yo, aún ahora, sigo encontrando maestros. Muchos, más jóvenes que yo. Los hijos enseñan cosas. Los músicos, los bailarines, los que caminan en el frío sin tiritar, los que se mueren de risa bajo la lluvia, los que no le temen a la noche en  la Ciudad de México, los poetas. Algo va un aprendiendo cada día de quienes enseñan con el ejemplo. A ellos también tendríamos que celebrarlos ahora, sin embargo se piensa en los maestros del colegio. Por eso les traje una memoria de mi primera maestra:Pilar Luengas. Puede ser que algunos de ustedes ya sepan esta historias, pero quiero dejarla aquí para quienes no la conozcan.

Entre las múltiples argucias que tiene el tiempo, está esa que trastoca en el recuerdo los sentimientos que otros nos provocaron.

Pienso ahora en el ciego temor que alguna vez sentí ante el sólo nombre de la maestra Pilar Luengas.   Directora del colegio María Luisa Pacheco, una pequeña escuela para niñas cuyos padres prefirieron educar a sus hijas bajo el extraño y feroz celibato de una laica, en vez de entregarlas sin más a los desvaríos de la colección de vírgenes ignorantes que eran las monjas poblanas de aquellos días.

Célebre por su rigidez y por la virulencia de sus disgustos, la señorita Luengas asustó buena parte de nuestra infancia con su presencia reservada y arisca, con la blanca pulcritud de sus uñas cortas, con la dulzura de sus ojos azules echando llamas  como si fueran rojos.

Las maestras de toda la escuela le tenían tanto miedo a su directora como el que podíamos tenerle las trémulas niñas engarzadas en un sencillo uniforme de algodón de cuadritos.

A veces incluso se volvían nuestras cómplices y eran ellas las que nos avisaban del día y la hora en que la drástica señorita Luengas revisaría mochilas y pupitres para requisar las muñecas de papel recortado, las cintas de hule para tejer llaveros, los chicle envueltos en papel metálico con dibujitos de colores, los larines o cualquiera de las baratijas que cada tiempo penetraban la escuela para enfrentarnos a los rigores de la clandestinidad.

Nada podía ser más atractivo que poseer un objeto inocente, convertido por la magia de la prohibición en el tesoro más cuidado del mundo.   Quienes vendían o poseían uno de estos inocentísimos entretenimientos, eran tratados como agentes del comunismo internacional o como liberales del siglo XIX que, para la cabeza de la señorita Luengas, eran sinónimos de un mismo peligro : la pérdida del tiempo que sólo conduce al equívoco.

Verla venir y sentir en el estómago un puñal atravesado, eran una misma cosa.  Extender frente a ella un trabajo de costura sobre el que podía hincar sus tijeras para desbaratarlo por mal hecho, enfrentar su presencia durante la lección de otra maestra a la que ella era capaz de amonestar frente a nosotras como si fuera la más fodonga de las alumnas, mirarla recorrer las páginas de un cuaderno en busca de una mancha de tinta, una letra chueca o cualquier otro desorden, podía paralizarme hasta el funcionamiento de los intestinos.

Pero lo peor de todo era saberla en campaña contra las baratijas que conducían al ocio.

La ociosidad como madre de todos los vicios, dispensadora de todos los talentos y pervertidora de cualquier alma que estuviera en el mundo para lo que había que estar, servir a Dios y regir su destino por los implacables rigores del deber, era su peor enemiga.

Yo no lo sabía entonces, pero había sido en el cumplimiento del deber que la señorita Pilar perdió el amor de su vida.   Porque obedecer a la autoridad fue el primero de los deberes que aprendió y obedeciéndola había tenido que renunciar a los brazos y las palabras de su gran amor.

Todo esto me lo contó ella misma algunos años después de mi paso por la escuela primaria, cuando me había yo convertido en la más ineficiente maestra de inglés que haya pasado por secundaria alguna.

En esos tiempos yo tenía por todo guardarropa tres minifaldas muy común y corrientes cuyo uso ella me mandó pedir que abandonara si pretendía seguir enseñando algo en su escuela.   Para entonces mi tardía adolescencia le había perdido parte del miedo y no hice caso de sus mensajes.   Así que me llamó a conversar con ella tras el escritorio aquel en que siempre tuvo de pie una estatuilla de la virgen de Fátima, reinando sobre la desolación de su helada superficie.

Ella había envejecido, y su exalumna había crecido suficiente como para intuir que no era mala sino largamente infeliz.   Así que pude sostener bajo sus ojos la primera conversación de nuestras vidas en que no me recorría hasta el pelo el temblor que me provocó siempre su presencia.

“Ten cuidado” me dijo.   Porque ni a los hombres, ni a casi nadie, le gustan las mujeres que se portan como tú.   Las mujeres así acaban quedándose solas.

“¿Por qué lo dice usted?”, le pregunté admirándome de tener voz con que hablarle.

“Por experiencia, muchacha”, me contestó con una tristeza cuyo influjo desbarató para siempre mi viejo terror a su autoridad.

Desde entonces, recuerdo a la seño Pilar con devoción y sin miedo.   La recuerdo pensando en que le debo mi actual facilidad para acercarme sin temor alguno a quienes ejercen el poder.   Y a esa mañana de conversación con ella, le debo para siempre mi certeza de que mi deber no es resignarme, ni obedecer a ciegas, ni quedarme callada.

Yo normalmente desconfío de los poderosos.   Por eso entre otras cosas, me inclino frente al recuerdo de Pilar Luengas.   Esa mujer que después de aceptar y callarse una vez, después de que semejante obediencia la dejó sola, supo ser fuerte y segura de sí misma en una época en que lo esperado y lo correcto en una mujer era dejar que alguien decidiera para siempre su destino.   De ahí para adelante se ganó la vida como una mujer cabal.   Y ahora sé que el sólo verla vivir marcó la actual destreza para decidir y trabajar en la construcción de nuestro propio destino a la que nos apegamos tantos de nosotros.   Ahora valoro de qué modo la fuerza de su extravagante ejemplo permeó para bien nuestras vidas.

“Enseñanzas nos da el tiempo” digo a veces recordándola. Luego le sonrió con humildad a la certeza con que ella aún acostumbraba sermonearme desde quién sabe qué nube o qué tormenta en otro mundo.

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