5 marzo, 2018

A petición del público

Siempre pienso que este blog se presta a las contradicciones. Nexos les da cabida a mis ocurrencias, pero muchas veces a mí me apena contar la trivia diaria por más que el título de este sitio a eso convoca. Está la patria como para preocuparse. Tantas veces no dan ganas de leer los diarios, ni de oír los noticieros. Sin embargo a ese toro acudimos y, mientras, la vida sigue entre sorpresa y sorpresa, entre el valor y el espanto, dándonos el deber y la alegría de vivirla con serenidad. Hasta hoy se fueron mis huéspedes.Al final de la tarde terminaron de llenar dos transportes con lo penúltimo que les faltaba llevarse, pusieron a los niños, debidamente aplacados por una galleta, en sus sillas con cinturones triples y se echaron a la calle como al espacio. Viajan de la San Miguel a la Condesa como si fueran a cruzar la galaxia. Pero así se usa ahora. No hay precaución que sobre. Todo, menos los disturbios de la Madre naturaleza, parece controlable. Así que van seguros. Les irá bien. Ya dije en otra parte que irán a una casa promisoria. ¿Por qué lo dije en otra parte? Pues porque se supone que ahí la vida privada es lo que prevalece. ¿Quién le teme a lo cotidiano en Facebook? ¿Y quién no tiene tal cosa? Ahora cualquier viejo tiene una. Sin embargo, me entero porque me escriben dos asiduos lectores de este blog, de que hay privilegiados que no pasan por ahí. Me dicen que les dijeron que dije en Facebook, lugar del planeta al que su sofisticación no les permite acudir, algo sobre la casa frente al parque. Y piden que lo pongo aquí, porque aquí sí vienen ellos que además de las mil cosas inteligentes que pueden encontrarse en Nexos.com, los divierte leer mis cuitas. Así que, como quien dice un ensalmo obedeceré la petición. Y aquí les dejo.
La casa que recuerda
Casi seis meses después del temblor, los papás de dos niños como torbellinos volverán a vivir la casa frente al Parque México que fue de doña Emma y doña Luisa, dos mujeres luminosas, llenas de bondad y alegría. La casa de sus hijos, de sus nietos y sus huéspedes ahora la vivirán sus bisnietos. Hoy los vi jugando en el barandal. Asomados entre los barrotes. Buscando por la ventana el horizonte del parque lleno con otros niños. La casa, tenía que decírselos a quienes la vivieron a ratos o por muchos años, ha vuelto a quedar bien. Después de muchas vicisitudes. No he de nombrarlas, para no aburrir con la letanía de todos los detalles que debieron supervisar quienes no alcanzaron a vivir ni cuatro meses cuando tuvieron que dejarla porque el edificio cercano se partió en dos y una parte de las paredes cayeron sobre la azotea y las ventanas traseras de la casa. Creo que a las abuelas del nieto que ahí vivirá las enorgullecería saber con cuánto afán le curó las fracturas, acompañó el orden de los resanes, las puertas, las ventanas, la pintura, la limpieza. Entrar a la casa siempre estremece y provoca una mezcla de paz y melancolía. Hay tanto de ayer. Y tanto ir sabiendo que ha de tomarla el futuro. No puedo dejar de agradecerles a quienes permiten que esto pase sin temor ni desfalcos. La casa es chica, pero cuando estaba llena de gente parecía muy grande. Ahora que aún no tiene muchos muebles entré a la sala y no pude evitar el recuerdo de cuántos cabíamos ahí. Impensable. ¿Cómo le hacía doña Emma para albergar a tantos? Así de grande habrá tenido el corazón. Mucho se ha escrito sobre la casa. Hay mil recuerdos. Quienes la vivieron más de cuarenta años tienen más que yo. Pero cada quien. Yo entré ahí, por primera vez, hace cuarenta años, este febrero. Hoy crucé el umbral y no quise evitarme la memoria. Desde el primer día en que la visité sus dueñas me acogieron como quien bendice lo que toca con sus ojos. Nunca hubo ahí un desaire, ni faltó una sonrisa. La casa era un templo a la conversación, era una fiesta hasta cuando la tomaban por su cuenta la tristeza. Todo ahí fue un abrazo. Qué responsabilidad la de esos niños. Hacerle honor a ese hogar.

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18 abril, 2014

Sí, tembló

Sí, tembló
Pero ya estamos acostumbrados. En esta casa se dice: "está temblando", como quien dice: "está lloviendo". Todo se mueve despacio, y se sabe que tiembla, pero aunque es una construcción de 1912, a la que le hemos puesto encima dos pisos, no sucede nada grave. De repente se medio cuartea una pared. La enmendamos la semana siguiente. No se cayó nada. Y tampoco leo ningún mal mayor en otras partes. Será que a la tierra le dio calor. O tristeza. Yo no les temo a los temblores. Y es de familia el mal mental que me lleva a no pensar en el futuro mientras siento cómo se mueven las paredes. Una vez nos tembló en la punta de un cerro, en Acapulco. Éramos niños y nuestras mamás y los abuelos Guzmán, que eran con quienes viajábamos, dijero un: “está temblando”, les juro que casi entusiasmado. Y ese día sí que se movió el cerro como si lo columpiaran con todo y casa. Ahora no. Será que el temblor de ayer me dejó tan cansado el corazón que cualquier otro temblor me sorprendió menos.

Punto y seguido: Quisiera que ustedes hubiera visto a Mercedes Barcha, a sus hijos y a sus nietos. Son de una elegancia de ánimo y de una suavidad en las maneras, de una entereza que, mirarlos, en mitad de la tristeza, casi da alegría. Ellos son otro privilegio. Y la mejor herencia.

Preguntas: En una de las novelas de Gabo hay un perro ¿que se llama cómo? Y un militar torturador que oye la música ¿de quién?

Twitter: @magamastretta

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