Mi mamá tenía una casa de ensueño. Una casa pequeña en el centro de un terreno a la orilla de la ciudad de Puebla. La construyó hará más de treinta años, en lo que parecía el fin del mundo. Mayorazgo aún tenía una fábrica y muy cerca de ahí mi abuelo paterno había tenido una granjita que sus hijos todos vendieron tras su muerte. Nuestro padre, contra su voluntad, fue el único hijo que no vendió su parte, porque él se casó con una mujer cuya pasión fundamental era tener una casa propia. De preferencia entre los árboles, con un techo de dos aguas y una estancia en la que meter a todos sus hijos. Tiempo dio de que muriera su marido y nos fuéramos sus hijos antes de que ella tuviera el dinero para consolidar ese sueño. El centro de la ciudad quedaba muy lejos, pero se empeñó en hacerse algo pequeño para sí misma. No tardamos en regresar sus hijos con los nietos. La casa ha de medir como doscientos metros. Es un cuadrado con un techo de dos aguas. Todo es pequeño, pero a veces cabíamos ahí los tres hermanos con parejas y niños. Unos sobre otros los niños, con cojines en la sala, y los papás con todo menos privacidad. El territorio mágico de mis hijos en vacaciones, la mejor abuela del mundo.

Catalina Aguilar Mastretta, para mi privilegio, hija mía, filmó ahí su primera película: “Las horas contigo”. Cuando murió su dueña, la casa de todos se volvió mía para fortuna mía. La he compartido con mi hermana, con Lorena su hija, con quien quiera pasar. Ahí ha habido reuniones inauditas y mi hermana, que es redentora de muchas causas, da entrevistas o convoca encuentros o come a solas una torta antes del ir al cine. Porque su casa no queda en la ciudad de Puebla y mucha de su vida sí.

Justo ahora pasó a comer algo, viendo a los árboles antes de una junta cuando al entrar encontró el paso por aquel mundo encantado, de unos profanos.

Quién sabe por dónde habrán entrado. Al parecer por la orilla del apestoso río Atoyac, al parecer imaginándose que tras las ventanas oscuras de la casa algo digno de venderse encontrarían. Pero nada. Como a nosotros nos da por coleccionar cajas se tomaron la molestia de abrirlas todas para encontrarlas vacías. Lo mismo que los cajones y los roperos. En la cocina los cubiertos son del Cotsco y no hay plata, mucho menos oro, relojes, algo de valor que no fueran las paredes. Se llevaron la única caja que no pudieron abrir. Quién sabe en dónde estaría la llave, pero adentro no hay nada.

Hicieron algo que nosotros no nos habíamos atrevido a hacer. Rompieron la puerta que abre al hueco de un pequeño armario. Con cosas de antes que dejaron tiradas en el suelo una chequera de mi papá, de 1957, en la que registra con cuidado el pago del hospital en el que estuvo mi hermana a los siete años con lo que se creyó una bronconeumonía. Y el registro de la renuncia al honorario vice consulado de Italia, en Puebla. Y una carta a mi mamá dándole el parte de la situación familiar, durante la únicas salida fuera del país que hizo ella. Ya contaré más. Hoy sólo quiero comentar con ustedes el desencanto de saber que la casa encantada dejó de serlo. Y lo que uno cree más seguro, ya no lo es. Mis papás están enterrados en ese jardín pequeño porque el que habrán pasado quienes dejaron las huellas de unos zapatos de suelas gruesas, como de botas de montaña o de guerra. Las botas de los decepcionados ladrones que se roban la ilusión de un mundo que desaparece. Un mundo seguro para la clase media que no tiene guardias ni candados, que no quiere vivir cercada, pero tampoco temerosa. Un mundo de personas que no quieren dejar de ser libres.

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18 febrero, 2015

Toreando al miedo

Así llamé hace más de veinte años a un texto que ahora encuentro muy divertido y me muestra una mujer que, para desgracia de mi aspecto y dicha de mi vida interior, ya no soy. Creí que estaba en los archivos de Nexos y pensaba copiarlo entero con toda facilidad, pero no fue así. De modo que pondré ahora el principio y se los iré dejando de a poco. Así empieza:
“A veces uno tiene miedo. Amanece con él pegado a la piel como la costra más indigna, y no quiere abrir los ojos ni mucho menos levantarse de la cama en que lo esconde. Ahí, entre las cobijas, agazapa el temblor que la avergüenza y no se atreve ni a llorar porque también eso le da miedo.”
Imagínense ustedes. Ahora me estoy enterando: es difícil tener cuarenta años. ¿Quién me lo hubiera dicho esta mañana? Ahora despierto a las ocho y media. Me hago la remolona y me levanto cuando se me da la gana. Un segundo o quince minutos después. O media hora. Ya luego trajino todo el día, pero el amanecer que cuento en ese texto no podría yo vivirlo. Se necesita energía para tener una hijo de ocho años y una de seis. Para dejarlos en el colegio e irse a caminar por Chapultepec de las ocho a las nueve. Para volver a encontrarse a una fotógrafa cuyo capricho era buscar el tamiz de las sombras en la pared. Debe haber sido 1990, porque en el texto me aflige imaginar que he de vivir en Nueva York. A Héctor se le ocurrió entonces, y tuvo razón, ir a dar clases a la universidad de Columbia. A mí semejante empresa, suya, que debía ser también mía, me daba pavor. No se me había ocurrido recordar cuánto. A la larga fue una época linda y Nueva York resultó acogedor y aquel fue el principio de una gran amistad con semejante continente de ciudad, pero entonces yo no quería dejar este país ni por un momento. Se ve que estaba yo en la edad en la que uno se siente imprescindible.
Sigue el texto:
“Va a sonar el teléfono. Va a venir mi hija a pedirme que le peine las coletas, mi hijo preguntará por su cereal. Se van a ir sin suéter si no me levanto y se los pongo, van a irrumpir en el cuarto pidiendo tres pesos y su escándalo quebrará el sueño del señor de la casa. Alguien estará pensando que soy una desobligada, que para qué parí niños si no voy a cuidarlos desde temprano. A las nueve llegará una fotógrafa que según me advirtió sólo quiere una sonrisa espontánea. Si no me voy pronto, el tiempo no alcanzará para darle la vuelta a Chapultepec”
¡Santo cielo!, me digo ahora. ¡Qué aflicciones! El sueño del señor de la casa sigue teniéndome con cuidado, pero sin duda con mucho menos cuidado. Ahora lo despierta el Nino con su patitas yendo de un lado a otro y él levanta la cabeza y se ríe. Imagino lo que sería si ahora entraran Mateo de ocho y Cati de seis, a despertarnos. No puedo ni pensar en la emoción que sería verlos. Chiquitos, platicadores, ruidosos, demandantes. El abrazo que quiero darles a esos dos niños no cabe en todo el internet. Y alguna vez temí que despertaran. No lo creería si no lo hubiera leído en ese texto en que describo cómo le fui haciendo con el día para torear al miedo. Ya les iré diciendo. Gracias por hoy-
Punto y seguido. Punto y aparte. Punto y final: Hoy es cumpleaños de Manu. La bloguera más asidua de todos. Quiero dejar en este espacio mi agradecimiento a su voz inteligente y su mirada crítica. A su alma tibia y su contagiosa pasión por Juan Ramón Jiménez.Es una fortuna su presencia en estas páginas de aire y luz.

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