11 septiembre, 2018

Mi mañana es ahora

Juan Cruz me dijo la semana pasada, haciendo el recuento de las cosas que van a desaparecer, que los blogs son una de ellas. Que cada vez hay menos porque estaban hechos para informar de inmediato y que ahora hay tantos en las redes que no es necesario encontrar información no especializada. Yo nunca he tenido el blog para informar nada más allá del estado de ánimo del mundo y mis cosas. Pero ahora sí usaré para informarles que esto escribí en enero, y que ya lo había olvidado. Se los dejo.

No había mañana cuando yo tenía 20 años. Todo era el hoy. No tuve tiempo ni para el miedo, ni para el desencanto. Y todo era nuevo. La libertad, las calles para rodarlas, las ideas de otros rehaciendo una baraja de certezas, el sexo como un juego.
Supe que había esperanza. Por donde quiera pude ver a quienes se pusieron a lidiar para que el silencio, la ciega autoridad, la dictadura imperfecta fueran cambiando.
En quinto de primaría yo estaba segura de que nada habría mejor en el futuro que ser maestra. Ser como las mujeres que me enseñaron a escribir, a las que por años imaginé más dueñas de su destino que a ninguna otra.
No sé cómo, ni en qué año de mi consternada adolescencia, perdí esa convicción y dejé que me tomara por su cuenta un despropósito: lo mío y lo de todas las mías tendría que ser casarse. Si a eso no le veíamos futuro, a los veinte años no quedaba más mañana que la nada.
Andaba yo a punto de estar ahí cuando mi hermana, que siempre trae una estrella entre los ojos, se preguntó por qué parecía lógico que los hombres de nuestra familia se fueran a estudiar a la ciudad de México, y las mujeres no. Intervino nuestra madre dándole la razón. Así que en contra de todos los miedos de la única persona en nuestra vida que sólo quería paz, nosotras nos mudamos también. Yo, con una enfermedad de los mil demonios, a la que entonces avergonzaba llamar epilepsia.
Sólo un rato duró el asombro de vivir teniendo sobre mi cabeza la idea de que el mundo que dejaba yo atrás estaría ahí, impávido, hasta que se me diera la gana. Ya lo conté, pero siempre viene al caso. Nuestro papá murió dejándonos sin saber qué pasaría al día siguiente. Ninguna sensación de intemperie, ningún acto de valor voluntario, podría lastimarnos tanto como lo había hecho por su cuenta el puro azar. No había ya nada sino el presente. Nada sino la libertad como un deber y un tesoro. La libertad y lo que fuera, con tal de no perderla.
No tuve tiempo de pensar en el futuro. Trabajé, como tantos, en todo lo que se me ocurrió y me propusieron. Creí, junto con mi generación, que el país sería menos pobre y más dueño de sí, por el sólo hecho de vernos vivirlo con esperanza y valor. Dos pasiones que hemos querido poner en nuestros hijos, a veces, dicho por ellos, dándoles de más. Valientes sabemos que son. Veo a mi alrededor, sin duda en las páginas anteriores a ésta, que valentía les sobra. Quizás lo que les pesa es nuestro exceso de esperanza, creí. Les hemos dicho que todo se puede, porque hemos creído que se puede todo. Aunque muchas veces la realidad nos niegue y nos vuelva a negar lo que tanto buscamos, creemos que el mundo tiene remedio. Y que este país ya es mucho mejor que el de nuestra infancia, incluso que el de la infancia de quienes hoy tienen veinte y treinta años. No me dedico a la estadística, pero creo en ella porque puede palparse. México, en mi mañana, que es el hoy, tiene una sociedad más inteligente, más ilustrada, más libre, más democrática, más rica que la de cuando yo tenía veinte años. Las actitudes para tantos extrañas que teníamos algunos, entonces: la certidumbre de que el amor y las destrezas de la costumbre son distintos, el derecho a vivir con quien se nos antoje, la voluntad de llamar a todo por su nombre, el deber de pensar en los otros, sin duda la libertad sexual, la reverencia por la naturaleza, el decir estoy enferma pero no soy menos que otros, son ahora cosa de muchos y de casi siempre.
Por desgracia, todo este bien que es tanto, se confunde y diluye, se olvida y hasta desaparece cuando a diario nos espanta un mal que nunca imaginamos. Un alarido entre las risas de los niños. No hemos podido con los muertos que no mata el azar sino la barbarie, el odio, la sin razón, la estupidez. Los muertos que empezaron a salir como de repente y que lo tienen tomado casi todo. La maldad que no nos merecemos. ¿Y ahora qué?, preguntamos. ¿Voy a tener tiempo para el miedo? A esta vejez viruelas. ¿Para qué dijimos que todo se puede? No va a quedar otro remedio que pensar en mañana. Entre las risas de los niños, exorcizar el desencanto. Porque nuestros hijos, a pesar de la guerra, como si quisieran desarmarla, están teniendo el valor y la esperanza de tener hijos. Tendrá que haber mañana cuando yo tenga setenta años. Y entre las risas de los niños, he de tener el tiempo para pensar en él.

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