10 marzo, 2020

“El rugir de una sororidad”

A las doce del domingo, decidí que setenta años y doscientas marchas, por motivos varios, no podían quitarme del gusto, el deber y el privilegio de ir al largo encuentro de esa tarde. No tenía contingente porque como siempre tardé en decidir mi destino. Así que mi hija, mis parientes, mis amigas jóvenes y mi amigas de la segunda edad, ya andaban camino al Monumento a la Revolución. Convencí entonces a mi tocaya, la inteligente y atribulada mujer a quien le pido los domingos la cochinita pibil. Ella no tenía idea del propósito de la marcha y nunca había ido a una por ningún motivo. Aceptó acompañarme con la duda entre ojos. Nos fuimos en un taxi cuyo conductor consideró descabellado nuestro intento de acercarnos al monumento a esas horas. Nos llevó a regañadientes bajo mis instrucciones. Esos fueron mis rumbos, yo sabía bien por desde qué orilla acercarnos. Llegamos al cinco para las dos. En la base del monumento había una feria que desconcertó por completo a mi tocaya. Yo le había enumerado en el camino y en desorden las razones que convocaron a la marcha, pero ella no imaginó el caos al que iba a meterla. Tambores, banderas, miles y miles de mujeres, coreando agravios y luchas contras los agravios. Y ni una más. Ni una asesinada, ni una violada, un una golpeada más. Tanta gente haciendo ruido para defenderse de lo que su papá le hacia diario a su mamá. “Si hubiera habido esto, no la hubiera arrastrado de los pelos por todo el corral, ni la hubiera pateado delante de nosotros”, me dijo. “Y se ven contentas”. Le di la mano para no perderla, porque es hasta más chaparrita que yo. Y la fui llevando por los alrededores con su gesto de sorpresa. “Son muy jóvenes” dijo. “Y aquellas sí se ven muy enojadas”. “¿Por qué es el pañuelo verde”. “Por permitir el aborto libre y gratuito” A esa respuesta sí le encontró reparos. Y en mitad de la multitud yo le dije: “Luego le explico largo, tocaya, pero créame que llevo cincuenta años dando la misma batalla. Abortar no es asesinar. Se lo juro y luego alegamos”.

Después de media hora celebrando el desorden, nos pegamos a unos árboles a buscar sombra. Yo estaba neciamente empeñada en encontrar a mi hija, pero no había señal. Así que me hice al ánimo de caminar por fuera de los listones o de cruzar de uno a otro como si aún fuera yo la reportera que no fui. Una mujer con una niña, desde mis ojos: una niña grande con una niña chica, me preguntó si yo era yo. “Es que con la gorra”, dijo. Nos tomamos una foto. La niña chica eran tan chica que daban ganas de cargarla. Pero yo no estaba más que para cargar conmigo, y, si acaso, con el pasmo de mi tocaya. “Le pagan por venir”, me dijo. “¿Cómo va usted a creer?”, le contesté.

A la mera hora resultó mejor no tener contingente, ya no estoy para que me arreen y ya me cuesta gritar consignas sin parar y ya cuando llegamos a “la que no brinca es macho”, lo más que hago es pararme de puntas.

Anduvimos de grupo en grupo mirando y sintiendo la urgencia alegre de miles de mujeres. El monumento a la Revolución y las cuatro calles que lo rodean y terminan en su centro, estaba lleno de ruegos y esperanza. La petición, la orden, a todos los hombres, no sólo a quienes gobiernan, era "Ni una más", la esperanza era "Hágamoslo posible".

Y eso fue lo importante de acudir a la marcha, acompañarnos en el mismo deseo y la misma pena. Lo que sucede en nuestro país con las mujeres no es soportable. Hay que hacer que se note, que no se tolere, que se impida. “Yo sí te creo” dicen miles de pancartas. Y el esfuerzo es que lo crean también los vecinos, los familiares, las escuelas. Lo urgente es que el Estado Mexicano, -a cargo de cuyo gobierno también hay muchas mujeres,- acoja, proteja, informe, solucione y castigue todo este dolor.

Hubo también furia. Les dejo aquí abajo la crónica de mi sobrina Alicia que si consiguió llegar al zócalo, no como tantas de quienes fueron y no lo coniguieron. Más aún, como yo, que ni siquiera lo intenté. Fui, puse durante dos horas nuestras blusas moradas bajo las jacarandas. Luego escuché las razones de mi tocaya y emprendimos el regreso a pie, por insurgentes y Reforma, y luego hasta Constituyentes por del bosque de Chapulttepec.

Muchas de quienes marcharon fueron en paz y en paz volvieron. Lo hicieron con serenidad y regocijo. Muchas que iban por la paz, tuvieron miedo cuando la destrucción empezó a rodearlas. Resultó lógico que regresaran o corrieran a las calles aledañas.

El zócalo no estuvo nunca lleno, porque como no había acarreadas, nadie les pedía a quienes llegaban que no se fueran.

Cada quien su historia. Sé que algo bueno ha de salir de tantas esperanzas. Aquí les dejo la de Alicia, que es la más completa de cuantas he oído.

Que la vida nos bendiga todas.

Ángeles Mastretta


El rugir de una sororidad

Por Alicia Mastretta Yanez

Escribo esto el día que no existo. Que estoy como muerta, para que me piensen víctima de un feminicidio. Es 9 de Marzo del 2020. Me lo tomo en serio porque le tengo miedo al feminicidio y a la violación, porque sé que pueden pasarme, porque me han visto y les he visto a los ojos. Me lo tomo en serio porque al contarlo me preguntaron que si la culpa era mía, qué donde estaba, que cómo vestía. Me lo tomo en serio porque aún desde mi privilegio de familia blanca y pareja feministas, he vivido discriminación por ser mujer en mis escuelas y en mi desarrollo como científica. Porque crecí creyendo que yo “rompía los estereotipos”, en vez de entender de raíz que no hay que creer en los estereotipos. Me lo tomo en serio porque conozco las historias de mis amigas, de mis estudiantes y de muchas mujeres más que no necesito conocer para imaginar sus historias, o más importante aún, de quienes no puedo siquiera imaginar sus historias. Me lo tomo en serio porque un día entendí que el que todas las mujeres tuviéramos todos los derechos no era cuestión de tiempo, sino cuestión de hacerlo realidad.

Ayer formé parte de la marcha feminista 2020 en la CDMX. Una de alrededor de otras 60 en todo el país. He ido a varias marchas, del 8M y otros temas. Pero nunca había tenido tantas ganas como con esta. Fue mi primer pensamiento al abrir los ojos. Desperté con la convicción de que sería un día histórico, que abarrotaríamos la ciudad.

El metrobus de Insurgentes está lleno desde que me subo a la altura de Churubusco. En mi vagón van mujeres de todo tipo, pero todas claramente vamos a la marcha. Nos bajamos en Plaza de la República, donde hay montado una especie de mini-operativo para hacer más eficiente la salida de la estación.

Empezamos en el Monumento a la Revolución. Fui con un grupo de académicas y estudiantes de la UNAM. Nos unimos al contingente de la Facultad de Ciencias. “No me hables de prestigio si encubres acosadores, discriminadores, abusadores y violadores”, decían nuestras pancartas. A ver si la máxima casa de estudios ya se toma el tema en serio.

Antes de las 2 pm ya estaba repleta la plancha del monumento y nuestro contingente listo para salir. Pero estuvimos dos horas sin avanzar más de 100 metros, mientras grupos más pequeños pasaban primero.

Las fuentes de Reforma están teñidas de rojo. La Diana Cazadora es la más emblemática, pero mi contingente no pasa por ahí. Veo solo la de la fuente junto al caballito. La espuma de los chorros verticales transparentan el color. “El patriarcado se va a caer, se va a caer”. Varias mujeres jóvenes están paradas en el borde de la fuente, un par de metros por arriba de quienes marchamos abajo. Una de ellas agita una bandera de México, con morado en vez de rojo. El contingente de al lado trae tambores y silbatos. Me acuerdo de la primera vez que sentí ésta ciudad como mía. También fue en Reforma, pero no en una marcha, sino en las primeras rodadas ciclistas de los domingos. Venía en mi bici, vi al Ángel de la Independencia desde todo el esplendor que normalmente sólo tienen quienes viajan en automóvil, y sentí que la ciudad era mía, que las calles eran también para ciclistas. Ayer vi a la joven de la bandera parada en el borde de la fuente y sentí lo mismo. Sonreí desde dentro del alma. Sentí que este era mi país, que este era mi tiempo y esta nuestra historia, continuación de la historia de las mujeres que ganaron los derechos que tenemos hoy.

Una chica grafitea llorando de rabia el nombre de su violador, que sigue libre, en las paredes de algún monumento o algún comercio en Reforma. No sé en cuál pared, yo no la ví. Lo leí en tuiter horas después. “¡No violencia, no violencia!” corearon algunas del contingente que pasaba al lado, según el tuit. Pudo haber sido el contingente en el que iba yo, pienso cuando lo leo. Pude haber sido yo una de las que le gritó “no violencia” a la chica violada. También fui yo de las que gritó “primero las mujeres, luego las paredes” mientras apretaba los nudillos.

El nudillo de mi mano derecha me duele cuando hace frío. Me lo rompí golpeando una pared de concreto con todas mis fuerzas. Tenía ventipocos años. Estaba enojada con la sociedad y su normalización del machismo, estaba enojada conmigo misma por no haber tenido la respuesta para callar un discurso misógino. Estaba comenzando a sentirme furiosa, conteniéndome mientras repasaba mentalmente todas las razones que tenía para estar furiosa, desde cuando un desconocido embarró su pene erecto en mi espalda baja desnuda, en pleno medio día del zócalo poblano, hasta el “si las mujeres son igual de inteligentes que los hombres por qué no hay más mujeres científicas” de un exnovio. Y entonces, cuando estoy sola con mis pensamientos y quiero caminar sola para resolverlos, siendo tan grandes Las Islas de la UNAM y estando yo cerca de Derecho donde no hay mucho que ver, un hombre desconocido se me acerca, se me insinúa, me dice cosas que no quiero escuchar, que me ofenden y que me enfurecen. Pero no quiero golpear a una persona. Entonces me desato contra una columna de concreto, golpeo varias veces seguidas, porque de verdad ese día ya no puedo más. El tipo grita que estoy loca, y la poca gente cercana me sigue con la mirada cuando me voy, aún respirando acelerada y con los puños palpitando.

No cuento la historia de mi nudillo roto con orgullo, tampoco sin. Solo reconozco que he estado furiosa y que me he desquitado con una pared. Por eso pienso en esa furia mía cuando veo a las encapuchadas pintar la CDMX. Luego pienso en las mamás de los miles de casos de feminicidios que han quedado impunes. Algunas de las cuales avanzaron hasta el frente de esta marcha. Pienso en la declaración de Yesenia ZamudioY la que quiera romper, que rompa; y la que quiera quemar, que queme; y la que no… ¡Que no nos estorbe! […] Antes de que asesinaran a mi hija han matado a muchas. ¿Y como estábamos todas? En casa llorando y bordando. Ya no señores. Se les acabó. Ya rompimos el silencio”.

Me imagino por un instante ser Yesenia, cuatro años después del feminicidio impune de mi hija, después de haber declarado y esperado en cuántos ministerios públicos… puedo entender la furia de sus ojos en el video que se hizo viral. Me imagino luego que el feminicidio fuera de mi hermana y pienso que las paredes se lavan, pero que las muertas no vuelven. Pienso también en la gente que se aflige muchísimo por los monumentos, quizá hasta honestamente. “Les importan más las paredes que las mujeres” concluyen unas, “solo cuando comenzamos a romperlo y rayarlo todo nos escucharon” dijeron otras. ¿Qué pensarán el Ángel y la Diana al respecto? Quizá, como sostienen algunas: “que me rayen y me pinten para que se oigan las voces de mis hijas”. ¿Y yo qué pienso? Que donde hay leña seca arderá el fuego. Pasa en los bosques y en las sociedades humanas. Puntualmente la historia lo demuestra. Necedad es creer que se puede acumular combustible y luego contener el incendio.

Vamos por La Alameda. “Somos malas, podemos ser peores” cantamos. El contingente de atrás está quemando incienso. Las mujeres están vestidas con faldas largas y bailan, pero no alcanzo a ver qué dicen sus pancartas ni entiendo bien lo que corean. También atrás de nosotras viene un contingente de lesbianas, con sus banderas arcoíris y consignas que riman panocha y lucha. A mi derecha un grupo de mujeres de mediana edad y cabello arreglado se unen al “Mujer escucha, esta es tu lucha”. Les pregunto si vienen con algún contingente, y me responden que no, que “solitas nosotras como amigas nos lanzamos”. Se ven muy sonrientes. A mi izquierda las jacarandas de la alameda. Imposible no verlas teñir el cielo de morado. Pienso que a mi abuela le gustaban mucho las jacarandas, y que no quiso firmar como “de Yanes”, según se acostumbraba en su época. Entre las jacarandas marchan muchas mujeres que no parecen ir en ningún contingente específico. Jóvenes, morenas, güeras, abuelas y nietas. En eso corren los gritos desde el frente pidiendo silencio. Se levantan los puños al unísono como cuando estábamos en las ruinas del 19S pidiendo lo mismo. “Hay una niña de 5 años perdida… ¡silencio!”. Todo se detiene. “Siéntense, agáchense” se escucha gritan más adelante. “Silencio atrás”. Gritan el nombre de la niña varias veces. Luego una ola de aplausos viniendo otra vez del frente. “¡Ya apareció, ya apareció!”. Hurras de la multitud.

Hay que abortar, hay que abortar, hay que abortar este sistema patriarcal” coreamos encendidas por un contingente muy organizado que no sé cómo rebasó al de las lesbianas. “Quiero salir a la calle no por valiente, sino por libre” dice una pancarta. “Aleeeerta, aleeerta, alerta que caminan mujeres feministas por América Latina. Que tiemblen, que tiemblen, que tiemblen los machistas. Que América Latina será toda feminista”. Se escucha un ruido. Quizá una detonación o un golpe. Es del lado derecho, cerca de los edificios. Algo está pasando, pero desde aquí no se ve nada. Se siente miedo y tensión. No es para menos. Las redes sociales dejan claro que no es una lucha romántica, que no todos apoyan el movimiento feminista, que algunos, tal cual, dicen odiarnos. Además somos una multitud, y toda multitud corre el riesgo de actuar como actúan las multitudes en pánico.

De pronto se rompen los contingentes cercanos, la gente se carga a hacia mi izquierda. Varias mujeres corren. Hay quienes llaman a esto una estampida. Yo no. Una estampida es peor, mucho peor. Por eso nadie en su sano juicio quiere una estampida, ni aunque esté rodeada de sus hermanas. “¡No violencia, no violencia!” comienzan a gritar algunas. ¿Le están gritando a una encapuchada que pinta, o que rompe? ¿a una policía que sacó gas lacrimógeno? ¿a un hombre que agredió a la manifestación desde dentro de los edificios? Imposible saberlo desde donde están mis pies. “¡No violencia, no violencia!” grito yo también y veo que el coro calma los ánimos, que las filas se vuelven a cerrar, que avanzamos hacia el Zócalo.

Al Zócalo me lo imagino lleno de mujeres, un bosque de jacarandas con pancartas coreando “no somos una, no somos diez, pinche gobierno, cuéntanos bien”. Creo que no llegó a llenarse tanto como me lo imaginaba por varias razones. Hubo mucho tiempo de diferencia entre que llegaron las primeras marchistas y las de atrás. En parte esto se debe a un cuello de botella a la altura de Bellas Artes. Ahí un grupo de mujeres enfrentaba a las policías que resguardaban las vallas con las que se amuralló el inmueble. “Fuimos todas, fuimos todas” coreaban algunas asomándose a lo que ocurría. Las que no quisieron participar en tirar el muro de Bellas Artes no estorbaron (supongo), pero no continuaron como venían avanzando. Los contingentes se desarmaron, simplemente porque no cabíamos si se quería mantener distancia de donde estaban los enfrentamientos.

Además, Madero estaba amurallado también, cosa que no todas las marchistas sabían ocurriría. Los contingentes más organizados o las mujeres con más experiencia en marchas sí lo sabían, y continuaron por 5 de mayo o por 16 de septiembre, pero para hacerlo había que rodear lo que estaba ocurriendo en Bellas Artes o en la propia entrada de Madero, donde otro grupo estaba intentando tirar la barrera. Además empezó a correr el rumor de que el Zócalo ya estaba lleno. “No es cierto, estoy aquí” respondió una colega en un grupo de whatsapp. Nosotras entonces decidimos ir hacia el Zócalo por la 16 de Septiembre, pero imagino que muchas otras no lo intentaron siquiera.

Nuestra ruta alterna estaba apacible, incluso algunas pasaron al baño. Volvimos a sacar nuestras pancartas. Entramos al Zócalo. Ya eran cerca de las 6 pm, llevábamos paradas desde las 12. En el Zócalo había muchas mujeres sentadas en el piso. Habían llegado mucho antes que nosotras. Había otras de pie con cartulinas en alto, todas leyendo las consignas de las pancartas de las otras, o de los carteles pegados en el hasta bandera. Los mensajes que más abundan son del tipo “Hoy marcho por …” y el nombre de una víctima de feminicidio.

En el Zócalo había dos escenarios, uno al frente de catedral y otro a la derecha. El del frente estaba demasiado lejos para poder escuchar qué ocurría. En el de la derecha hablaban de víctimas de feminicidios. Vemos humo cerca de Palacio Nacional. Me imagino lo que está pasando, o lo que pasó, en su elegante puerta, pero donde estamos se siente todo tranquilo. Intentamos comunicarnos con amigas que venían en otros grupos. Logré encontrarme con una de ellas. Pocas dichas tan grandes como estar con una amiga que decide marchar por primera vez, aunque la causa sea un jefe misógino que se expresa abiertamente del feminismo como si fuera un chiste.

Mi grupo se separa después de un rato. Algunas necesitan volver a casa, a otras las están esperando sus amistades. Las que quedamos decidimos ir a comer detrás de catedral. Al arribar pregunto si ya llegó una amiga, pues iba adelante de nosotros y la dejamos de ver. La describo “vistiendo una blusa morada”… pero las risas estallan sin dejarme terminar. Imposible defenderse. La aludida llega detrás de nosotras.

No es una blusa cualquiera la que trae. Fue tejida por una de las mujeres oaxaqueñas que cultivan las variedades de algodón nativo de México y resguardan las tradiciones de cómo procesarlo y teñirlo con tintes naturales. Esa mujer cuida de su nieta, porque a su hija, la madre de la niña, la mataron. ¿Qué opina ella de la marcha y el paro? ¿Cómo vive ella todo esto en el campo? Le pregunté a mi amiga cuando veníamos en el metrobus. “Que qué bueno que lo hagamos, que muchas gracias” me responde. “Que ella va a trabajar en sus tejidos los dos días, por su nieta”. Se queda callada un rato y luego continúa. “¿Sabes? Para ellas los huipiles no llevan flores nada más de adorno, cada flor, por ejemplo, es especial, tiene una historia. Quizá parezca que no se unen al movimiento feminista explícitamente, pero ellas lo viven más que nosotras”. Y viven más el machismo, sumado a la opresión por ser indígenas, me quedo pensando yo.

Terminamos de comer alrededor de 7:30. Los edificios del Zócalo se pintan de morado y aún hay gente. El metro está cerrado. Las pancartas pro-aborto son las que más abundan a las vallas que rodean catedral. Decidimos caminar hacia Hidalgo.

Ya hay paso peatonal en Madero. En algún momento rompieron la valla que bloqueaba el acceso por Bellas Artes. También hay muchas personas caminando. En su mayoría mujeres de morado o verde, pero también hombres y familias con niños.

Las taquerías están abiertas y hay vendedores ambulantes mostrando sus productos en el suelo. Un grupo de policías mujeres resguarda las puertas sin cristal de una tienda de ropa. Adentro se ven jeans y blusas pintados, pero ninguna otra cosa fuera de su lugar. A la siguiente cuadra algunas mujeres dejaron sus pancartas en la reja de un templo. Nos arrepentimos de no haber hecho lo mismo con las nuestras.


En Bellas Artes las mujeres policías siguen resguardando la valla, pero no hay nadie acercándose. La gente transita por la calle o toma fotografías. Yo vengo pensando en la diversidad de mujeres que venimos hoy a la marcha. Las que no habían marchado nunca, las de la marea verde, las de rostro cubierto, las policías. Las que no quisieron venir porque los recuerdos son muy fuertes. Pienso en lo que estuvo bien y lo que podría ser mejor. En el qué sigue. Siempre el qué sigue. Me distrae un grupo de mujeres que cantan con un micrófono:

Por todas las compas marchando en Reforma
Por todas las morras peleando en Sonora
Por las comandantas luchando por Chiapas
Por todas las madres buscando en Tijuana
Cantamos sin miedo, pedimos justicia
Gritamos por cada desaparecida
Que retumbe fuerte ¡Nos queremos vivas!
¡Que caiga con fuerza el feminicida!
¡Que caiga con fuerza el feminicida!

Y retiemble en sus centros la tierra al sororo rugir del amor
Y retiemble en sus centros la tierra al sororo rugir del amor

Es la “Canción sin miedo”, de Vivir Quintana. Quienes están cantando frente a Bellas Artes son las chicas de El Palomar (o eso creo dicen al terminar).

Sororo rugir. Sí, eso debe ser parte de lo que sigue: el rugir de muchas voces distintas, el rugir de una misma hermandad capaz de reconocer su diversidad.

Alicia Mastretta


Esta crónica de Alicia Mastretta Yanes se publica originalmente en el blog Historias desde el biogalón.

en la Página “MUNDO NUESTRO”

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