Cuando se oye su grito, desde tres calles antes, el perro de mis vecinos empieza a aullar. Entonces yo me siento su alma gemela. Cuánto me gustaría poder aullar cuando se acerca un camión con megáfono y la voz de una niña, grabada en un disco que se vende por tantos miles como camionetas pasan gritando varias veces al día. “Se compran colchones, refrigerados, estufas,lavadoras, microndas o algo de fierro viejo que vendaaaan”. Una vez y otra y otra, por lo menos tres veces al día, entre semana, y siete los sábado y domingos pasan por mi calle, y el perro da un aullido que expresa su desesperación, la mía y seguramente la de miles de vecinos.
¿Quién permite ese ruido? Sé, porque la entrevistó Cristina Pacheco, que la niña que grabó el disco es ya una mujer triste y pobre, que podría ser muy rica con las regalías que debía dejar la voz con que nos taladra. Su papá pasaba comprando hace muchos años, por una sola zona de la ciudad. Ahora grita en todas partes, en todas las esquinas. Y se nos hace lógico. Nadie además del perro se queja.
Esta ciudad necesita, por caridad de los dioses del silencio y el respeto a la privacía auditiva de sus habitantes, que esta tortura pase dos veces a la semana y una vez por cada calle. O nunca.
Una cosa es un pregón, el triángulo que toca el señor que vende los barquillos, la marimba, la tropeta,los del gas, la campana de la basura, ruidos naturales y otra el escándalo de un chillido inhumano porque lo amplía un megáfono.
Hay muchas dificultades en el arte de gobernar. Esta es muy sencilla. Modérenlos, por lo que más quieran.

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