11 septiembre, 2020

Patria con valor y sin barbarie

“La patria es el sabor de las cosas que comimos en la infancia” dijo Cardoza y Aragón a quien la guerra, las discordias y la dictadura arrancaron de su país de nacimiento, quitándole la bendición de caminarlo y regalándonos la de su exilio entre nosotros.

Recojo ahora la sabiduría de su frase para asirme a ella y asegurarme de que la patria es tantas cosas como nuestra memoria y nuestros afanes puedan volverla.

La patria no es sólo el territorio que se pelean los políticos, asaltan y roban los criminales, quieren para sí los discursos y la fiebre de las acusaciones y desvaríos. No es el nombre que exhiben como suyo quienes le gritan vivas.

La patria es muchas otras cosas y está en el mundo todo. Hay que temerle a la patria que se aclama y al patriotismo que se pregona. De esas patrias están hechos los destierros y la aflicción de tantos en todos los tiempos.

Está difícil este septiembre al que en nuestro país llamamos “mes patrio”. Pero hemos de andar por él, con valor y sin barbarie. ¿Verdad?

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16 octubre, 2014

Globo en tierra

Hace tiempo, cuando mis hijos eran niños, conté esta historia. La recordé viendo al país de ahora. Buscando, en alguna parte, la esperanza.
Decía así:
Nada tan irresoluble como los ojos de un niño vueltos hacia nosotros. No heredaremos a nuestros hijos ni la certeza ni la quimera de un mundo feliz. Tampoco es ese nuestro deber. Nacemos en un mundo injusto, en mundo signado por la desigualdad y el abuso, en un mundo que a veces parece no tener remedio. Y a este mundo traemos a nuestros hijos con su mirada como un reto para el que no tenemos sino escasas respuestas.
Al empezar el año, un tío de mis hijos que no se conforma con la idea cada vez más común a de que el mundo no tiene remedio, llevó a la reunión familiar un globo de esos a los que hay que prenderles fuego por dentro para hacerlos subir al cielo en medio del griterío y la euforia de quienes lo miran elevarse. Como llovía y el viento era un agravio, los niños y su milagroso tío no consiguieron que el globo abandonara la tierra. Quién sabe cómo, el papel de china que resguardaba el aire en torno a la llama encargada de alzar al globo, se dejó devorar por la lumbre. Entonces todos expresaron su desaliento con una queja a la que el tío respondió pateando la bola de fuego en que se había convertido el globo. –Si no puede subir al cielo, jueguen con él aquí en la tierra– dijo. Los niños se lanzaron tras la pelota ardiente para golpearla de un lado a otro del patio en medio de la noche. A veces la bola corría sobre el piso trazando una raya de lumbre, otras se alzaba sobre las cabezas de los más pequeños y caía donde la alcanzaban los pies de uno de los mayores. Jamás en mi vida había presenciado un momento como ese. Bajo la lluvia, con el fuego como un juguete azaroso y efímero, vi la felicidad como algo inevitable, casi como un deber y de seguro como un derecho.
Saber que en el mundo hay infamia y desdicha no nos releva de la obligación cotidiana de intentar que sea mejor. Esta certeza, tal vez antes que ninguna otra, nos toca trasmitir a nuestros hijos. Si no contáramos con ella, no tendríamos respuesta para sus continuos interrogatorios, no sabríamos cómo contestar a la pregunta esencial de entre todas las que puedan hacernos: ¿por qué se te ocurrió traerme aquí?
Mil veces pueden faltarnos las respuestas a las mil preguntas de nuestros hijos. Lo que no podemos olvidar, y es nuestro deber comunicarles, es que cuando decidimos compartir con ellos la existencia estábamos aceptando: uno que la vida es un tesoro que vale la pena y el júbilo, dos que el mundo, por más lleno de afrentas y pesares que lo encontremos, merece el diario afán de quienes creen que tiene remedio.

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