10 junio, 2020

Sonámbula y tristeando

¡Santo cielo! No he venido a escribirles. Y no puede pretextarse que sea porque no tengo tiempo. Quizás es porque me sobra y lo reparto como quien despilfarra. No sé cómo se van los días, igual que cuando de tanto pasar la misma imagen pareciera quedarse quieta. He dicho ya que me gusta el encierro, pero en los últimos días veo que me pesa. Esto de que el pico sería al final de abril, luego, a mitad de mayo; después, el siete de junio; ahora el treinta y luego quién sabe cuándo, es para impacientarse. Y la paciencia, decía doña Emma, por desventura no es algo que vendan en la farmacia.

A mí, ya se los he dicho, nada se me ha perdido en la calle, sino que me estoy perdiendo de los demás.Los extraño. No dejo de bendecir el tesoro de mi compañía, al principio expectante y de tiempo completo, ahora cada vez más tocada por lo que viene de fuera. Pero la realidad es húmeda y entra por todas partes. No es como el mar, desafiante y honrado; es sigilosa pero, de a poco, avasalla. Trae noticias que no quiero escuchar, mentiras que me ponen en vilo. ¿Qué hacer con esto?

Digo que extraño el horizonte, pero es que también extraño el entendimiento. Estoy perdiendo la capacidad para juzgar y, el modo en que pretendo librarme del miedo que esto provoca no está siendo gemir sino tener sueño. Hoy he andado adormilada desde que desperté medio sonámbula. Hice cosas fáciles, como dar opiniones a lo tonto frente a amigos que me lo perdonan, pero no más. Luego me senté frente al escritorio y me amordazó un ataque de estornudos. Toqué la cubierta, vi el caos encima y el polvo bajo mis dedos. Traigo un litigo en este estudio, si no abro la ventana empieza todo a oler a tienda de antigüedades, si la abro, al menor descuido entra el aire y trae flores de bugambilia, briznas de infinito y tierra. He ido equilibrando una cosa con la otra hasta que hoy tuve que hacerme al ánimo de sacudir y pasar la aspiradora. No por los libreros, ni por los papeles, sólo por los dos metros del diámetro que tiene la circunferencia a mi alrededor. Quedé exhausta. Como si hubiera trapeado la cancha del estadio Azteca. De tal estado tuve que salir para conversar por Zoom con una amiga italiana.
Quiso hacer una entrevista para su periódico. Y mantuvimos una conversación fiestera. Le pregunté si ella había andado por Milán desierto, si había podido ver Siena o, mejor aún, Venecia sin intrusos como yo. Dijo que sí, que muy al principio de la cuarentena, porque luego, incluso su callejera profesión tuvo que encerrarse y cargar con la tristeza de ir viéndole la cara a la muerte de tantos. Ahora anda haciendo entrevistas por los espejos de cristal en que nos vemos para conversar: esta nueva manera de encontrarse tan cerca y seguir lejos.
Durante el rato intenso y largo que pasé con ella, desperté como quien se va de viaje. Y hablamos de literatura, de Italo Calvino y del Dante. También de Bergamo y de los crímenes de narcotráfico en México. No quedó más remedio que pasar por cómo veo al gobierno de mi país. Y pasé. Qué más da lo que dije, ni empeora ni mejora nada. Me preguntó si algo nuevo había visto por mi ventana en estos días. No supe qué decirle. Quizás que llovió, que aquí cuando llega la lluvia se va la luz. Juegos así o seriedades de otra índole. No esto que aquí voy a contarles porque mi italiano no quiso llegar a tanto.

Ayer, por ahí de las tres de la tarde, alguien llamó a la puerta. Se me hizo raro el timbre como en otro tiempo. Levanté el auricular para preguntar quién era. Del otro lado me llegó una voz suave, sentí que la de una mujer joven. Ni una niña, ni una vieja. “Disculpe ¿tendrá ropita o comida o una moneda que nos regale?” Temblé. Yo sé que en las esquinas de la ciudad muchas veces hay alguien buscando ayuda. Se acercan a la ventana del coche y ofrecen dulces como un modo discreto de pedir limosna. Gente que así consigue algo para su día. La viejita mazahua que sube y baja la esquina de Constituyentes y Tornell ofreciendo sus amarantos. Ése es su trabajo informal. Ahora se ha ido para su pueblo. Me dijo que allá viven sus hijos. La historia al revés. Pero la joven a cuyo reclamo acudí asomándome por la ventana era una chica con su camisa de algodón y sus pantalones de mezclilla, como si volviera de la secundaria, bien peinada, vivaz, pero triste. Le di una bolsa con galletas, fruta y dulces. Me dio la gracias y yo se las devolví. Cerré la ventana y me quedé oyéndola tras el vidrio. Venía con dos hermanos. “Déjanos ver”, dijo la voz de un niño. “Galletas”, dijo la de una niña. “Da pena andar pidiendo. Ya vámonos” dijo la jovencita. Moví la cortina y los vi caminar.

“Oiga”, ordenó mi tocaya que ha querido quedarse como una bendición y que, a su entender y el mío, es aquí la voz del pueblo malo. “Si va usted a dar, mejor dé bien. Dé arroz, dé frijoles, dé atún. “Tocaya, ni que estuviéramos en un desahucio, tras un ciclón. Eran niños”. “Pues sí, pero así van a ir pasando. Verá. Porque la gente no va a tener trabajo. Los papás. Y ni modo que con pura galleta vaya usted a ayudarlos”.

¿Qué les digo yo a ustedes? Ni quien se atreva a escribir una novela. Como me dijo alguien en el twitter: “usted ya dejé de escribir recuerdos y póngase a pensar qué hacer en el futuro”. No fue mala su idea. El tono no muy amable, pero el consejo puedo decir que generoso. Habrá tal cosa como el futuro. Y yo he de estar entre quienes tengan que pensarlo.
Un beso grande.

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3 junio, 2020

El viejo tiempo de antes

Dije hace años: Le tememos al tiempo porque nos desgasta su diaria cercanía, igual que hace el agua con las piedras a las que lame disimulada y constante todo el día y todos los días.

Le tememos al tiempo cuando empezamos a despertar con la espalda torcida o la cabeza mareada, con un dolor a medio estómago que sólo tiene su causa en un pedazo de queso, con un callo como el de las tías o un dedo chueco como el del abuelito. Le tememos al tiempo cuando al vernos en el espejo nos encontramos con la misma expresión de un pariente que ya murió, cuando nuestras amigas empiezan a parecerse cada vez más al recuerdo que tenemos de sus madres, cuando nuestros sobrinos adolescentes nos recuerdan el desparpajo que aún creíamos parte esencial de nuestros primos, cuando de un viaje al otro cambiamos el bikini por el traje de baño, cuando en todas las fotos nos vemos cara de cansancio, cuando un hombre guapo cruza nuestro paisaje y pensamos en lo mucho que le gustaría a nuestra hija, cuando empiezan a brotarnos en las manos los primeros lunares idénticos a aquellos que poblaban las manos de la abuelita, cuando el destino se vuelve eso por lo que estamos caminando y deja de ser eso por lo que alguna vez caminaremos, cuando nos brota como un clavel la frase con que felicitamos a un adolescente deslumbrador por lo guapo que se ha puesto.
Casi todos le buscamos la vuelta a las inclemencias del tiempo, casi todos queremos postergar el aviso de muerte que traen los años. Algunos lo consiguen con más eficacia que otros, pero todos los que no morimos jóvenes envejecemos y será mejor hacerlo con donaire y convicción que con litigios inútiles y ridículos inolvidables.
Esto escribí hace tiempo, mucho tiempo. Tanto que me da risa recordar que así pensaba. Con razón siento que mis contemporáneos apenas están alcanzado la edad que yo tenía hace treinta años:
Y miren ustedes lo que sigue:

Cuando cumplí cuarenta años hace cuatro, di en sentir que no podría yo ser más vieja, que no lo resistirían ni mi vanidad, ni mi cintura. Después, me acostumbré, así como cuando uno bucea en el arrecife cercano a Cozumel y al ir bajando metros hay unos segundos en los que tiene la certidumbre que le explotará la cabeza, sin embargo se resiste al impulso de empujar hacia arriba porque intuye que abajo hay un mundo que brilla de un modo nunca visto y un silencio que estremece como la idea del infinito y la eternidad. Entonces, en lugar de volver sigue bajando y, un segundo después, entre las rocas y los extraños peces, nadie recuerda que alguna vez sintió un dolor.
Tiene sus cosas buenas el camino del tiempo andado, yo pienso en ellas y las recuento cuando quiero negarme a la auto compasión que a a veces provoca envejecer.
Y miren ustedes lo que me proponía
Con el tiempo, me digo, podré decir todo lo que no he dicho y no tendré que vivir cruzada por el arrepentimiento que me causan las cosas que sí he dicho. Ya hoy, veinte años después de los veinte, me digo que era un cretino el hombre que me quitó el sueño de entonces, sé que algunos de mis maestros no eran genios y que otros eran más bien torpes, me digo y digo que no me gusta cierta literatura y que ni modo, que en el sesenta y ocho estaba yo en la luna en vez de estar marchando en la manifestación del silencio, que en el setenta todavía no había leído Rayuela, que me moría por un pase para la muestra de cine y que a Borges lo empecé a querer con los años.

Y esto que veía como algo remoto, porque lo era, ya lo he empezado a hacer ahora con el ensalmo envejecedor de la pandemia

A veces pienso que la vejez debe ser como las vacaciones, una época de la vida en que la uno se siente con derecho a hacer lo que se le pega su gana. Dormir hasta las once del domingo, por ejemplo. Perder la sensación de que a uno lo vienen persiguiendo, quién sabe quién, una sombra, una ambición o un desconsuelo, pero alguien que nos arrea y no nos deja soltar el cuerpo. Entonces podrá uno dedicar la vida simplemente a estar en ella con la intensa conciencia de que aún nos pertenece y aún pertenecemos a su latido extraño y arbitrario. ¿Qué más?
Espero que si me alcanzan los setenta y cinco, los ochenta, los noventa que sueño, dejará entonces de avergonzarme el hecho de que las cosas y los apellidos que van con ciertas caras se me olviden. ¿Más allá del presente y sus desafíos sentiré envidia? ¿Tendré tiempo para peinar los recuerdos que ahora me espanto de la cabeza y las emociones porque quitan el tiempo? ¿Perderé entonces la angustia de que vivo perdiendo el tiempo? Ojalá, me digo, y creo que así será.
Punto y aparte
Gracias por acompañarme en esta añoranza de los que se ha vuelto mi presente. y el de muchos de ustedes. Un beso grande y el deseo de que sigan bien.

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27 mayo, 2020

Gajes de la desmemoria

Ayer al mediodía pasó un hombre haciendo sonar una trompeta. Lo vi desde mi azotea. Tocaba con estilo, sin torpeza, una tonada que no había yo oído en décadas. Como cuarenta. Me la trajo a la cabeza y la recordé en trozos. Bajé a comer cantándola con una de esas intensidades que mientras practico me alegran y cuando los recuerdo me avergüenzan un poco. Qué influencia tienen tus labios, que cuando me besan tiemblo, hacen que me sienta esclavo y amo del universo. Pónganle énfasis a esa tonada y ésa era yo. No sé qué tienen tus manos, no sé qué tiene tu boca, que larlalalalta y a mi sangre vuelven loca.
Cuando canto así muevo los brazos y cargo un escenario en la imaginación. Por fortuna sin público. Pero me tomo de un en serio las canciones que para cuando llego al final sólo evito la caravana para evitar el manicomio. Si llegara a tanto, yo misma me mandaría a un siquiatra. Pero el estudio de Héctor queda lejos, así que mi teatro resulta gozable.
Dicen de la gente que hace lo que yo, que es muy novelera. No me voy a oponer. En una sólo canción mal recitada, me caben todos los desfalcos que no he tenido y todas las nostalgias que no recuerdo. Voy investigar quién compuso ese dramón, pero creo que lo cantaba Javier Solís. Da igual.
¿Por qué les cuento esto? Pues porque resume muy bien el tamaño de la desfachatez con que vivo. Acomodada en la música para no oír a los cuervos. Quizás la norma de este encierro es el caos. Sabemos muy poco de lo que pasa. ¿Quién es la autoridad en este desorden? Mi nieto diciendo “a este auto se le ha escapado un neumático” o López Gatell moviendo el pico de la pandemia como quien juega adivinanzas en el mismo idioma. En México se diría “ a este coche se le cayó una llanta”, pero mi nieto a veces habla como en la caricaturas que ve en la tele traducidas del inglés a un idioma que no habla nadie en Hispanoamérica, pero que está así dicho para que se entienda en todas partes. Muy raro. Pero más lógico que la separación entre una gráfica de la autoridad médica sobre la situación del Covid y la actitud del presidente de nuestra despostillada república que según dice ya se va al sureste a una gira.
Mientras esto leo en el twitter oigo una voz en penumbras. Vuelvo a mirar desde la azotea, son vicios que hace el ocio, y veo estacionado frente a mi puerta un automóvil viejo del que sale un discurso que suena como la voz de metal que avisa la alarma sísmica. No se le entiende nada sino hasta el final “quédense en casa”. Recuerdo que oí en el noticiero que iban a mandar a unos personas a hacer tal exhorto. Doy fe de que se atiende. La calle está vacía, pero es que yo vivo en un barrio de disciplinada y medio envejecida clase media. En Tláhuac, Iztapalapa y Milpa Alta la gente tiene que salir a correr riesgos. Y en algún momento, según una autoridad un mes y según AMLO y Salinas Pliego tres días, casi todos van a tener que salir. Yo no, yo voy a seguir aquí hasta que haya cura o vacuna. Cobijada por la mala noticia de que somos viejos. Los de setenta.
Mi aceptación es agridulce. Por una lado nada perdí en la calle y no estoy peleada con el claustro, por el otro esto de la vejez no asusta por lo que nombra sino por la amenaza que trae consigo. Que la vida meta el acelerador hacia la muerte resulta espantoso. Como no quiero ni oír hablar del tema, acepto con alegría las invitaciones a discernir por zoom y sin duda las comida desde el Ipad con amigos, las conversaciones por teléfono y las inevitables desveladas.
He venido a dejarles aquí estas divagaciones para que no digan que los abandono, pero temerosa de aburrirlos con mi cantinela. Por eso les he contado cómo canto. Y la peor de las zozobras: cuanto olvido. Tengo que confesarlo porque aflige y reconocer siempre alivia. La rara letra de la canción que ayer me tenía loca con su memoria, hoy no la recordaba por más esfuerzos que hacía. “¿Era Mundo raro?”, me preguntó Juan Cruz en una entrevista que hicimos para el sitio de Centroamérica Cuenta. No, no era Mundo raro. Pero es cierto, está raro el mundo. Habrá que cantarla, le dije entre otras cosas menos banales. ¿Qué libro estoy leyendo?, preguntó. Apóstatas razonables de Fernando Savater. Y por ahí nos fuimos a una conversación amable y razonada. Antes Tulita y Sergio Ramírez nos habían dado la bienvenida al coloquio. Es tan grato verse así. Aunque sea acariciar el cristal, pero sentirse cerca.
Luego bajé a comer. Invitamos a Héctor De Mauleón. Cada quien en su Ipad y con su comida. Hablamos de los sueños. Dice que hay varias notas en periódicos importantes hablando de la coincidencia en los sueños de casi todos quienes estamos en el raro mundo quieto por el que pasamos. En todos los países la gente sueña que la atacan hormigas, que cae por acantilados, que la amenazan. Nos compadecemos. Mi cónyuge dice que él no recuerda mucho de sus sueños, yo digo que sí recuerdo los míos y que en uno abracé largo rato a Catalina. Entonces De Mauleón nos cuenta que está leyendo un libro que se llama, creo, la historia bajo los párpados. Tantas cosas. Hablamos de Madero, de Hernán Cortés, de Blanco Moheno, del Tláloc que estaba en el Templo Mayor y que guardaron los aztecas recién vencidos en una cueva que aún no aparece. Un Héctor leyó el libro sin publicar del otro Héctor y dijo cuánto le había gustado. Y, diría un joven ilustrado: etcétera, etcétera, etcétera. Ado, ado. Disculpen ustedes, dejo las rimas involuntarias porque me divierten y en los textos de postín hay que quitarlas. Muy grata comida. Hemos tenido otras, ya les iré contando. Por lo pronto, la presunción de hoy es que recordé el canto de ayer. No saben ustedes la angustia que da cuando eso agujeros se abren en mi cabeza. Un beso.

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17 abril, 2020

Las mil dudas

¿Cómo lo sé? Porque he tenido más tiempo para indagar el misterio. De repente aparece en el jardín un cascarón de huevo. Otro día medio aguacate. Una tarde un plátano entre las macetas. Muy raro, decimos. Hemos dicho. Hace años. ¡Qué raro! Y a otra cosa.

Hay, frente a mi ventana, un muro bajito que va de un techo de cristal a la azotea. A cada tanto lo manchan las huellas de una patitas que no son de ardilla, ni de rata, ni de conejo, ni de gato. Pero sí son de una animal sigiloso, nocturno, ágil. Como ahora intervengo, no de manera decisiva, pero sí notoria, en lo que pasa por mi casa, tropiezo a menudo con los rastros de su delicada digestión. Ya los tenía vistos, pero no me había detenido a mirarlos. Ahora voy por un escoba. O quiero ir por una escoba. O pienso que debería ir por una escoba. Y me pregunto, casi como miss Marple: ¿Quién es este bicho? ¿Por qué nos visita? ¿De dónde viene? ¿Y cómo hace para nunca ser visto?

Alta filosofía doméstica. Nunca me daba tiempo de indagar bien. Luego, en la tarde, al ratito, quién sabe qué será. Pero no es ardilla. No, no es ardilla. ¿Qué será? Y a otra cosa. Hasta que el generoso tiempo que ahora ocupa el lugar de la prisa, me lo permite. Tengo una demorada conversación con Tere, una vecina activa, altiva e inteligente, en torno al misterioso destino del Bosque de Chapultepec. Y a la mitad, a propósito del silencio de nuestras calles le pregunto si ella sabe qué será eso que hace eso. Ella es una pintora llena de alegría que sabe cosas de la casa y las casas de la colonia San Miguel Chapultepec, como solo muy pocas. “Es un cacomixtle”, me dice como quien resuelve una obviedad. “Estaban desapareciendo, pero ahora hay muchos en la colonia”. Yo la oigo como si me descifrara unos versos del Talmud. ¿Un cacomixtle? ¿Cómo hace para no ser visto nunca? ¿Para que no lo oigamos? Y como es que hasta ahora me estoy  haciendo cargo de que por las noches, a la casa, llega un cacomiztle. Dicen que tienen cara como de zorritos y una largo cola anillada. Lo que es abrirles un hoyo a los misterios que no tenían importancia. Y encontrar  que la tienen.

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