23 agosto, 2020

Abrir ventanas

Como muchos de ustedes saben, estos días no han sido fáciles para la Revista Nexos. Ni para quienes trabajan haciéndola, ni para sus lectores. Aún nos estremece un asombro triste. Por eso quiero dejarles aquí una historia que nos haga repensar esta emoción y seguir andando.


Ilustración: Gonzalo Tassier

A los setenta y un años, la mujer cuyo consejo quiero dejar aquí, aún tenía la sonrisa infantil y el espíritu audaz de quienes todos los días le descubren un prodigio a su destino. 

Cuando esta historia empieza yo tenía cuarenta y tres años y estaba de visita en casa de mi madre. Durante la comida ella nos dijo que su amiga Aura, monja por azar y destino, la llamaría en la tarde. Iba saliendo de un accidente que la hubiera dejado paralítica para siempre si su empeño no la pone a luchar con toda clase de aparatos y terapias hasta conseguir moverse despacio, apoyada en un bastón y en el deseo ingobernable de bastarse a sí misma.

Movida por la curiosidad que aún me persigue, cuando mi madre contestó el teléfono de su dormitorio yo levanté el de la sala para oír la voz de esa amiga mítica que no alcanzó a ser bonita, ni rica, como para casarse, pero que aún siendo monja se rizaba las largas pestañas de aguacero, “para no molestar a los demás”. -¿Qué cómo estoy?- la oí responder a la pregunta de mi madre interesada en saber de su salud y su estado de ánimo: -Muy bien ¿Cómo he de estar? Si la vida es una fiesta. 

Con semejante axioma como un tesoro, yo dejé de oír la conversación y me senté en el suelo tibio, entre las plantas de un patio que mi madre metió a su casa como quien mete un pedazo de jardín. Estuve ahí un rato, sintiendo a los niños jugar con el perro, mirándome los pies y contándome los hilos que a las mujeres de mi familia les aparecen en las piernas después de cierta edad. “Así se empieza”, me dejé pensar.

Un pedazo de sol entraba por el hoyo en el cielo que ilumina el patio y todo, hasta el aire ardiendo del mayo sin lluvias, me resultó sosegado y hospitalario como debe ser siempre la vida.

Cuando quería elogiarme, la entonces reciente antropóloga Guzmán, que era mi madre, elogiaba la sabiduría con que elijo a mis amigas. Ese día me tocó devolverle el piropo. Al terminar su conversación con Aura Zafra me sorprendió divagando en su patio, y antes de oír su mirada de “¿qué haces ahí perdiendo el tiempo?” le dije: 

—Cualquiera pensaría que su respuesta es la de una corista en mitad de un espectáculo.

—Así es Aura— contestó ella.

—Es una maravilla— dije yo.

Medio coja, medio vieja, medio pobre, medio encerrada, y nada tonta, esa mujer considerando que la vida es una fiesta, quiso decir lo obvio: que tenía la fiesta dentro y buscaba las razones para tenerla.

¿Qué cantidad de trabajo y talento habrá que dedicarle a este empeño?, me pregunté viéndola tan lejos de mi edad. Yo no me lo prometí, pero pensé que sería una faena difícil llegar a los setenta y un años dispuesta a hacer la misma declaración. Vivir hasta los cuarenta y cinco y luego los sesenta y hasta los setenta y uno sin cederle terreno al tedio y la desesperanza.

—¿Cómo le hace?— le pregunté a la reciente antropóloga Guzmán.

—Dice que abriendo ventanas— contestó mi madre.

—Y eso ¿qué quiere decir?

—Cuando se lo pregunté me contestó que lo pensara yo— dijo la antropóloga.

Ángeles Mastretta

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