Hoy, en México, celebramos el día del maestro. ¿Quién no ha tenido un maestro, cinco, siete que lo hayan marcado de por vida? Yo, aún ahora, sigo encontrando maestros. Muchos, más jóvenes que yo. Los hijos enseñan cosas. Los músicos, los bailarines, los que caminan en el frío sin tiritar, los que se mueren de risa bajo la lluvia, los que no le temen a la noche en  la Ciudad de México, los poetas. Algo va un aprendiendo cada día de quienes enseñan con el ejemplo. A ellos también tendríamos que celebrarlos ahora, sin embargo se piensa en los maestros del colegio. Por eso les traje una memoria de mi primera maestra:Pilar Luengas. Puede ser que algunos de ustedes ya sepan esta historias, pero quiero dejarla aquí para quienes no la conozcan.

Entre las múltiples argucias que tiene el tiempo, está esa que trastoca en el recuerdo los sentimientos que otros nos provocaron.

Pienso ahora en el ciego temor que alguna vez sentí ante el sólo nombre de la maestra Pilar Luengas.   Directora del colegio María Luisa Pacheco, una pequeña escuela para niñas cuyos padres prefirieron educar a sus hijas bajo el extraño y feroz celibato de una laica, en vez de entregarlas sin más a los desvaríos de la colección de vírgenes ignorantes que eran las monjas poblanas de aquellos días.

Célebre por su rigidez y por la virulencia de sus disgustos, la señorita Luengas asustó buena parte de nuestra infancia con su presencia reservada y arisca, con la blanca pulcritud de sus uñas cortas, con la dulzura de sus ojos azules echando llamas  como si fueran rojos.

Las maestras de toda la escuela le tenían tanto miedo a su directora como el que podíamos tenerle las trémulas niñas engarzadas en un sencillo uniforme de algodón de cuadritos.

A veces incluso se volvían nuestras cómplices y eran ellas las que nos avisaban del día y la hora en que la drástica señorita Luengas revisaría mochilas y pupitres para requisar las muñecas de papel recortado, las cintas de hule para tejer llaveros, los chicle envueltos en papel metálico con dibujitos de colores, los larines o cualquiera de las baratijas que cada tiempo penetraban la escuela para enfrentarnos a los rigores de la clandestinidad.

Nada podía ser más atractivo que poseer un objeto inocente, convertido por la magia de la prohibición en el tesoro más cuidado del mundo.   Quienes vendían o poseían uno de estos inocentísimos entretenimientos, eran tratados como agentes del comunismo internacional o como liberales del siglo XIX que, para la cabeza de la señorita Luengas, eran sinónimos de un mismo peligro : la pérdida del tiempo que sólo conduce al equívoco.

Verla venir y sentir en el estómago un puñal atravesado, eran una misma cosa.  Extender frente a ella un trabajo de costura sobre el que podía hincar sus tijeras para desbaratarlo por mal hecho, enfrentar su presencia durante la lección de otra maestra a la que ella era capaz de amonestar frente a nosotras como si fuera la más fodonga de las alumnas, mirarla recorrer las páginas de un cuaderno en busca de una mancha de tinta, una letra chueca o cualquier otro desorden, podía paralizarme hasta el funcionamiento de los intestinos.

Pero lo peor de todo era saberla en campaña contra las baratijas que conducían al ocio.

La ociosidad como madre de todos los vicios, dispensadora de todos los talentos y pervertidora de cualquier alma que estuviera en el mundo para lo que había que estar, servir a Dios y regir su destino por los implacables rigores del deber, era su peor enemiga.

Yo no lo sabía entonces, pero había sido en el cumplimiento del deber que la señorita Pilar perdió el amor de su vida.   Porque obedecer a la autoridad fue el primero de los deberes que aprendió y obedeciéndola había tenido que renunciar a los brazos y las palabras de su gran amor.

Todo esto me lo contó ella misma algunos años después de mi paso por la escuela primaria, cuando me había yo convertido en la más ineficiente maestra de inglés que haya pasado por secundaria alguna.

En esos tiempos yo tenía por todo guardarropa tres minifaldas muy común y corrientes cuyo uso ella me mandó pedir que abandonara si pretendía seguir enseñando algo en su escuela.   Para entonces mi tardía adolescencia le había perdido parte del miedo y no hice caso de sus mensajes.   Así que me llamó a conversar con ella tras el escritorio aquel en que siempre tuvo de pie una estatuilla de la virgen de Fátima, reinando sobre la desolación de su helada superficie.

Ella había envejecido, y su exalumna había crecido suficiente como para intuir que no era mala sino largamente infeliz.   Así que pude sostener bajo sus ojos la primera conversación de nuestras vidas en que no me recorría hasta el pelo el temblor que me provocó siempre su presencia.

“Ten cuidado” me dijo.   Porque ni a los hombres, ni a casi nadie, le gustan las mujeres que se portan como tú.   Las mujeres así acaban quedándose solas.

“¿Por qué lo dice usted?”, le pregunté admirándome de tener voz con que hablarle.

“Por experiencia, muchacha”, me contestó con una tristeza cuyo influjo desbarató para siempre mi viejo terror a su autoridad.

Desde entonces, recuerdo a la seño Pilar con devoción y sin miedo.   La recuerdo pensando en que le debo mi actual facilidad para acercarme sin temor alguno a quienes ejercen el poder.   Y a esa mañana de conversación con ella, le debo para siempre mi certeza de que mi deber no es resignarme, ni obedecer a ciegas, ni quedarme callada.

Yo normalmente desconfío de los poderosos.   Por eso entre otras cosas, me inclino frente al recuerdo de Pilar Luengas.   Esa mujer que después de aceptar y callarse una vez, después de que semejante obediencia la dejó sola, supo ser fuerte y segura de sí misma en una época en que lo esperado y lo correcto en una mujer era dejar que alguien decidiera para siempre su destino.   De ahí para adelante se ganó la vida como una mujer cabal.   Y ahora sé que el sólo verla vivir marcó la actual destreza para decidir y trabajar en la construcción de nuestro propio destino a la que nos apegamos tantos de nosotros.   Ahora valoro de qué modo la fuerza de su extravagante ejemplo permeó para bien nuestras vidas.

“Enseñanzas nos da el tiempo” digo a veces recordándola. Luego le sonrió con humildad a la certeza con que ella aún acostumbraba sermonearme desde quién sabe qué nube o qué tormenta en otro mundo.

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12 abril, 2014

No es lo mismo

Hay cosas que creemos saber desde hace tiempo, pero es hasta que las oímos  puestas en orden y concierto que nos damos cuenta de que nunca las hemos dicho así de claras. Que no es lo mismo prostitución, trata de personas y comercio sexual consentido, está bien dicho en el texto que les dejo aquí abajo. Lo escribió Marta Lamas, una feminista cabal y terca, que no ceja en sus empeños, para bien de tantos. Es el primero de dos. Iré de a poco. Y me gustaría saber qué piensan ustedes.


Sexoservidoras = Trabajadoras

Marta Lamas

Hace 10 años un grupo de mujeres solicitó a la Secretaría de Trabajo del DF ser registradas como “trabajadoras no asalariadas”. Esta modalidad es una forma de reconocimiento del Gobierno del DF a personas que se dedican, en vía pública, a la venta de servicios (como los boleros) o de productos (comida o ropa). Lo relevante de este grupo es que se trataba de las llamadas “prostitutas”, que consideraron que lo que hacen es un trabajo y, en consecuencia,  pidieron ser reconocidas como tales: trabajadoras no asalariadas. El hecho en sí mismo es notable, como lo fue  la decisión de ampararse contra la negativa que recibieron en 2004, y como también lo es la magnífica resolución de la Jueza Primera de Distrito en Materia Administrativa del DF, Lic. Paula María García Villegas Sánchez Cordero, quien finalmente les concedió el amparo. Por su parte la nueva Secretaria del Trabajo,  Patricia Mercado, ha decidido acatar la resolución de la Jueza y expedirles dichas as credenciales.

Se recordará que respecto a la venta de servicios sexuales persisten dos paradigmas: uno es el que considera que la explotación, el sometimiento y la violencia contra las mujeres son inherentes al  comercio sexual y el otro que plantea que es una actividad laboral con un rango de formas variadas de desempeño (al igual que otros trabajos) y que deberían reconocerse los derechos y obligaciones de quienes se dedican a ella. Las investigaciones sobre el comercio sexual muestran que no es un fenómeno homogéneo, que se desarrolla  de formas muy distintas, dependiendo de diversas cuestiones y que  en lugar de existir un claro contraste entre un trabajo libre y una explotación forzada, hay un continuum entre variadas formas de una relativa libertad y de coerción.

Reconocer que las mujeres están ubicadas en lugares sociales distintos, con formaciones diferentes y con capitales sociales diversos, lleva a aceptar que en ciertos casos el trabajo sexual puede ser una  opción elegida por lo empoderante y liberador que resulta ganar buen dinero, mientras que en otros se vuelve una de las situaciones más espantosas y degradantes que una persona puede vivir. Muchas mujeres ingresan por desesperación económica, otras son inducidas por la droga, pero también hay quienes realizan una fría valoración del mercado laboral y usan un tiempo la estrategia del comercio sexual para moverse de lugar, para independizarse, incluso para pagarse una carrera universitaria o echar a andar un negocio. Los padrotes y las madrotas funcionan como los empresarios, hay buenos y hay malos; lo mismo ocurre con los clientes, hay violentos pero también hay decentes y amables. O sea, al mismo tiempo que existe el problema de la  trata aberrante y criminal, con mujeres engañadas e incluso secuestradas, también existe un comercio donde las mujeres entran y salen libremente, y llegan a hacerse de un capital, a impulsar a otros miembros de la familia e incluso a casarse. Quienes insisten en que la prostitución es violencia contra las mujeres, tienen razón, pero no en todos los casos. Quienes sostienen que es un  trabajo que ofrece ventajas económicas también tienen razón, pero no en todos los casos.

Lo que es un hecho es que con el objetivo de combatir el “tráfico” y la trata ciertos gobiernos lanzan políticas restrictivas contra las trabajadoras sexuales en general. Esto responde a  una cruzada moralista (integrada por la derecha religiosa y las feministas abolicionistas) encabezada hace años por el gobierno de los Estados Unidos, que ha logrado cierto éxito al demonizar al comercio sexual al mezclarlo con la trata.

Desde hace años han aumentado los  table dance y las strippers, los shows de sexo en vivo, los masajes eróticos, los servicios de acompañamiento (escorts), el sexo telefónico y  el turismo sexual. Este crecimiento viene de la mano de la liberalización de las costumbres sexuales y del  neoliberalismo, cuya desregulación del comercio ha permitido la expansión de las industrias sexuales como nunca antes, con una proliferación de nuevos productos y servicios sexuales. Los empresarios tienen agencias de reclutamiento y sus operadores  vinculan a los clubes y burdeles locales en varias partes del mundo, en un paralelismo con las empresas transnacionales de la economía formal. Y al igual que éstas, algunas se dedican a negocios criminales.

Sin embargo, aunque hay una gran diferencia entre la trata y el comercio sexual, la representación que se suele hacer en los medios de comunicación de las mujeres que se dedican al comercio sexual  es cada vez más la de víctimas que deben ser salvadas. Reiterar  las horríficas historias de las verdaderas víctimas de “tráfico” oscurece las historias de las trabajadoras sexuales  y el tema de sus derechos laborales aparece como irrelevante. Por eso es tan importante, no solo la sentencia de la Jueza, sino también  la declaración que hizo hace unos días el Procurador del DF, Rodolfo Ríos  Prostitución sí, Trata no. Sin el moralismo rampante que circula tan fácilmente hoy en día en las declaraciones de los funcionarios, el Gobierno del DF deslindó con claridad dos cosas -el derecho a trabajar y el delito de la trata- lo cual es un paso fundamental en la defensa de las trabajadoras sino también en la lucha contra la trata.

Música para hoy: Schubert: Ave María. Se las encargo.

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