4 marzo, 2018

Patricia Mercado

“Baste recordar su trayectoria para comprobar su extraña vocación por transformar la forma usual de hacer política.”
Doy fe de que todo lo que aquí dice Marta Lamas es cierto. Las acompaño desde este blog. Es una esperanza y un regocijo, saber que Patricia estará en el Senado.

Patricia al Senado
POR MARTA LAMAS

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Con una larga trayectoria política vinculada principalmente a la problemática laboral, los derechos de las mujeres y las personas de la diversidad sexual, Patricia Mercado ha sido designada candidata plurinominal al Senado por Movimiento Ciudadano. Acertada decisión para la carrera política de esta mujer que dedica su vida a lograr condiciones más justas para la clase trabajadora y a defender causas feministas y de la comunidad LGBTTI.
Hace 30 años conozco a Patricia y siempre me ha sorprendido su habilidad para sacar adelante proyectos difíciles a pura voluntad de diálogo. Ella ha dicho que hacer política es, justamente, tratar de convencer a quienes piensan distinto para fincar acuerdos puntuales que beneficien a todos. Convencida de que la política no puede ser un medio para conseguir los objetivos propios sin tener en cuenta los de los demás, en especial los de tus adversarios, Patricia apuesta por avanzar construyendo acuerdos y compartiendo objetivos.
A lo largo de estos años de conocernos Patricia me ha dicho, una y otra vez: “Lo perfecto es enemigo de lo bueno”. ¡Híjole! Mientras me resulta difícil dar por bueno lo que no me satisface completamente, veo cómo ella es capaz de construir acuerdos y alianzas que ponen de manifiesto su voluntad de desarrollar una política distinta.
Baste recordar su trayectoria para comprobar su extraña vocación por transformar la forma usual de hacer política. En su adolescencia las monjas de la teología de la liberación dieron cauce a su sensibilidad social. De trotskista se hizo feminista. Fue integrante de la dirigencia del Sindicato Nacional de Trabajadores Automotrices, que afiliaba a obreros de las fábricas de autobuses DINA y de automóviles Renault (la única mujer entre los 90 integrantes). Fundó Mujeres Trabajadoras Unidas (MUTUAC) para apoyar a obreras a desarrollar un nuevo tipo de sindicalismo responsable, y acompañó durante meses, todos los días, a costureras damnificadas por el terremoto de 1985, abogando en las juntas de Conciliación y Arbitraje por el pago de sus indemnizaciones.
Durante más de cuatro años las apoyó en su autoorganización sindical. Fundó varias organizaciones feministas que hoy siguen activas; fue integrante de la delegación de México en la IV Conferencia de la Mujer en Beijing (1995); construyó DIVERSA, una asociación política nacional, y participó en tres proyectos de creación de un partido socialdemócrata: Democracia Social, México Posible y Alternativa Socialdemócrata y Campesina. Con este último partido Patricia contendió por la Presidencia en 2006, y habló de la necesidad de despenalizar el aborto y defender los derechos de lesbianas y gays,
Cuando Alternativa Socialdemócrata se convirtió en botín y dejó de ser un instrumento para el cambio social, Patricia regresó al trabajo desde la sociedad. Con el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir ganó con un proyecto dirigido a impulsar el empoderamiento de las mujeres políticas en el ámbito local un concurso que abrió ONU-MUJERES. Así, se dedicó a capacitar a candidatas a presidentas municipales, síndicas y diputadas locales de todos los partidos. Y como Patricia es economista, un aspecto fundamental de su iniciativa fue el de instalar en la mente de las candidatas una concepción de proyectos económicos distintos a los que se vienen haciendo tradicionalmente, como la economía del cuidado.
En esas estaba cuando fue nombrada secretaria del Trabajo por Miguel Ángel Mancera. Ahí inició su lucha por subir el salario mínimo, que inmediatamente sería retomada como un eje de la política del gobierno. Muy poco después Mancera la nombraría secretaria de Gobierno, donde tuvo que vérselas con la polarización entre los representantes de distintos partidos, dispu­tas entre inmobiliarias y vecinos, y entre proyectos de gobierno y la negativa de ciudadanos. Este puesto resultó un desafío en el que demostró que un diálogo franco, sin simulaciones, es su forma de hacer política.
Hace unas semanas Patricia comentaba su coincidencia con las palabras de Daniel Innerarity, un filósofo y politólogo vasco que sostiene que Hacer política es renunciar a otro procedimiento que no sea convencer, pero convencer a otros es algo que nunca puede estar plenamente garantizado. Sí, el terreno de la política es el de la contingencia, por eso Innerarity afirma que se requiere una especial habilidad para convivir con la decepción. Este autor señala: Nadie, y menos en política, consigue lo que quiere, lo cual es por cierto una de las grandes conquistas de la democracia. Y añade: Una sociedad es democráticamente madura cuando ha asimilado la experiencia de que la política es siempre decepcionante y eso no le impide ser políticamente exigente.
A lo largo de su vida, Patricia ha enfrentado variadas contiendas políticas (con sus respectivas decepciones), pero ha seguido siendo exigente con ella misma. Yo, que suelo ser más pesimista que ella, estoy convencida de que su optimismo, su talante democrático y su voluntad de diálogo serán elementos indispensables en la dinámica política del Senado. Sobre todo porque creo que en 2019 se abrirá una ardua etapa, en la que serán imprescindibles las características que distinguen a Patricia Mercado.

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Desperté con la memoria de un sueño en la punta de los ojos. No recuerdo bien de qué trataba, pero había un ajetreo, y yo era parte de él. No fue un sueño triste, pero tampoco de esos apacibles, de los que uno despierta con la certeza vívida de que algo bueno le estaba pasando. De todos modos era un sueño y, medio recordarlo, me alegró. Había gente buena, hablando de cosas buenas. No había furia, ni gritos, ni robo. Mientras ajustaba mi cabeza al significado de la palabra amanecer, a la adivinanza de que hoy sería jueves, a la sensación de hambre, estuve dándole vueltas a todo lo que debo hacer y no he hecho. Mejor escrito: todo lo que debo hacer anduvo dándome vueltas.
El viernes doce tendré que dar una conferencia, de esas que llaman magistrales y que yo siempre termino convirtiendo en una confesión de parte. El encuentro será en San Miguel Allende y habrá otros escritores. Confieso que a mi las reuniones de escritores me dan temor, pero también me gustan, porque son un ejercicio de humildad. Esto que hago no es excepcional, ni yo soy una autora, una creadora, una fabuladora que está sola en el mundo con el deber de serlo. Soy una entre muchos. Qué autora, ni qué título. Gran alivio. Claro, todos los días, menos el de la mañana en que tengo que pararme frente los demás y sacar flaqueza de fuerza, como decía Don Lino en las doradas épocas en que era mi conductor y me ayudaba llevando a los hijos al colegio o yendo al banco y al mercado, haciendo cada cosa como por primera vez. Eso tenía Don Lino, ese privilegio de niño. Todo lo que hacía, hasta andar y desandar el mismo camino hasta Cuajimalpa, igual que cualquier día, le pasaba como una novedad. Mencionar a Don Lino no es una digresión, es algo recurrente. Sobre todo cuando necesito ayuda en la certeza de que tengo mucho quehacer que acabará haciéndose solo, con el puro apuro de que pase el tiempo. Antes de la conferencia pasarán cosas más importantes. Sin duda el estreno de “Las horas contigo”, la película de Catalina. El día tres en los cines de Carso. Cerca del Soumaya, el museo que lleva el nombre de una amiga cuyo ejemplo de valor y entusiasmo merece todos los homenajes. Así que la peli estará en buena compañía. Será a las siete de la noche del martes tres. El viernes seis lo pondrán en muchos cines y por ahí pasa la parte más complicada: que vaya mucha gente el primer fin de semana, porque esto de las películas no es como lo de los libros, que pueda pasar un día o el otro sin que se mueva de las tiendas, (por más que cada día lo que llamamos el mercado se deshaga de los que no se vende mucho y pronto), lo del cine es criminal. El primer fin de semana es importantísimo. Y no sigo por ahí para no poner nerviosa a la futura concurrencia. Entre el seis y el doce habrá más quehacer. En marzo vendrán a visitarnos los familiares de Daniel Feito, para formalizar, otra vez, la formal alianza entre él y nuestra hija. Así que ando en tratos con Juan Ramón el hombre que sobre reparaciones todo lo sabe, para que la casa quede como nueva. Y con el maestro Eusebio, carpintero, ebanista, cuyos precios tienen todo menos tabulador. Nos compensamos mutuamente. De repente me cobra un dineral por una nimiedad y cuando me quejo rebaja una tercera parte del siguiente cobro. Entre maestros te veas, decía mi abuela que vivía entre maestros. Esos ni de chiste tan buenos como los míos. Aunque igual de parlanchines, porque cuánto tiempo puede uno dedicar a dirimir el tono de una mesa, para llegar a mi conclusión de siempre: hay que dejarlo del color natural de la madera, que por algo es de ese color. ¿Para que enderezar lo que no está torcido? Faltan cosas. Una hilera. Faltan los “Puerto Libre” de marzo, abril y mayo, dado que he de entregarlos al principio del mes anterior y el doce de abril nos iremos a China. Falta una reverencia que he de hacerle a quien más se la merece, falta escribirles a ustedes más seguido y falta : ¡qué barbaridad! hablarle al dentista para alcanzar cita el lunes en la mañana. Falta claro, a las tres de hoy, comida con unos amigos que hacen cine o son una obra de arte. Marta Sosa, Julio Patán, Cristóbal Pera y, con buena fortuna, la tan querida Mercedes Barcha.

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3 octubre, 2014

Presa de sueños

Valsequillo

Escribí un libro que empieza cuando una mujer le abre la puerta a su tercer marido. La casa en que vive está a la orilla de un lago. Para mí un lago mítico. Alrededor jugamos toda la infancia. Es una presa y se llama Valsequillo. A tal grado está creada contra un valle seco. Cuando llueve tantísimo como este año, la presa derrama por la cortina y hace una cascada ruidosa que siempre parece un milagro, porque un milagro parece todo lo que sucede casi nunca. Así empieza el segundo párrafo de “Maridos”.

Sacaron el tablero de ajedrez. Abajo estaba el lago adormeciéndose.

Julia sonrió enseñando su hilera de pequeños dientes. Había pocos paisajes tan perfectos como la sonrisa de Julia con los montes detrás, los ojos de Julia mirando al agua con la punta de ironía que no perdieron nunca, la cabeza de Julia oyendo a toda hora la música de fondo de su propia invención.

—¿Dónde anduviste? —le preguntó.

Él buscó en su bolsa la moneda de veinte centavos que corría en México a mediados del siglo pasado. La traía siempre como si eso le asegurara que en cualquier momento podría encontrarse con Julia. La usaban para jugar el águila o sol conque dirimían el derecho a mover la primera pieza del tablero. La tiró al aire.

—¡Sol! —pidió Julia casi al mismo tiempo en que él atrapaba el círculo de cobre entre una mano y otra.

—¡Águila!— dijo él enseñando la cara de la moneda que tiene de un lado el escudo nacional, con su águila comiendo una serpiente y del otro una pirámide iluminada por un gorro frigio.

Se acomodó frente a ella.

—¿Y qué es de tu marido? —preguntó.

—Mi marido se fue con la mujer de otro marido —contó Julia.

—Por fin—dijo él.

—Ni creas que vas a meterte en mi cama.

—No me he salido nunca —dijo él.

Julia necesitó un aguardiente. El quiso otro.

—¿Hay chocolates? —preguntó.

—Eres el único hombre al que le gustan los chocolates.

—¿Por qué se fue tu marido?

—Por qué se van los maridos. ¿Por qué te fuiste tú?

—Yo aquí ando —contestó él.

—Ahora —dijo ella y pasó un ángel con su caudal de silencio.

Y así termina el libro por el que han pasado todas las historias que a Julia se le ocurrió contar mientras su tercer marido duerme una semana en la casa.

Anduvieron por la orilla del lago. Al volver Julia Corzas guardó el tablero de ajedrez.

—¿Y nuestra historia? —preguntó él que la miraba detenido en el umbral, esgrimiendo la sonrisa que solía darle al despedirse. ¿No vas a contar nuestra historia?

—En otro libro —contestó Julia.

La tarde también era naranja y se iba acabando sobre el agua y los cerros.

Punro y aparte: Hoy en la mañana mi hermana fue hasta allá para ver el milagro. Aquí les dejó las fotos que me envió desde su teléfono. Habló tanto del lago, que tal vez no debería enseñárselos. Siempre es mejor lo que imaginamos.

Un día voy a escribir el libro que Julia promete. Un día. Un libro. Ojalá. Entre más leo, menos escribo.

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4 septiembre, 2014

Silbar una tonada

Fuimos a Los Angeles. Qué ciudad tan rara. Entre más voy, menos le entiendo. Lo que cada vez me queda claro es que he de seguir yendo, porque andar ahí ya no depende sólo de mi santa y regalada voluntad. Catalina y Daniel se casaron, allá, en Hollywood, abajo del cerro, hace dos meses, como quien saca una licencia de conducir. Pero no se han librado del festejo. Es más, lo que empezó el viernes pasado fue el principio de los festejos. Nos encontramos familia con familia. Comida y cena, mar y museo, noches y cuentos. Qué manía tan fantástica es ésta de contar. Cuando uno la encuentra en los otros, sabe que ha encontrado lo esencial. Saber contar es ser de la misma familia. Por ahí se encuentra el hilo que acerca a los otros. Ni los españoles, ni los mexicanos de nuestras varias y variadas mesas tenemos problemas para conversar. Y nos hemos contado el mundo al derecho y al revés. Desde los moros hasta Hernán Cortés, desde el último descubrimiento de no sé qué recámara en Teotihuacán, hasta la diferencia entre las anchoas y el huachinango. Todo eso, antes y después del concierto de John Williams. Punto central del encuentro. Nuestros hijos fueron a Los Angeles a estudiar cine. Parece que su pasión y su destino es el cine. Sin embargo, su origen: el castellano. Porque hasta para hablar de ET o de los dinosaurios de Spilberg, de la Guerra de las Galaxias, de Disney o de los estudios de la Warner han contado con el idioma que compartimos y gozamos sus padres. Mucho menú en inglés, mucho plis, mucho tenquiu, pero a la hora de acercarse, de saber bien quién es quién, lo que decimos todos con buenísima pronunciación y sin abismo alguno es: prueben que rico está el pancito, que nos traigan aceitito de oliva y qué bonito está el mar.
Punto y aparte: Con diferencia de minutos leo que el dueño de Amazon compró, el año pasado, el Washington Post en 250 millones de dólares y que Bruce Willis está vendiendo su casa en diez millones de dólares. ¿Cómo es eso? ¿No tendría que ser mucho más caro uno o mucho más barata la otra? Supongo que así son las leyes del mercado. Qué raro es el mercado.
Mi texto de Puerto Libre: Ya está aquí junto. “Las parejas nos vamos haciendo de códigos. Es así como desciframos, aun cuando la otra parte no lo diga, de qué humor anda la media naranja. Si está en una trinchera o en un prado, si en la montaña o a la vera de un lago, si en la memoria o el futuro, si en gerundio o en presente perfecto. Y tenemos momentos, dentro de esos códigos, que nos mueven, a un tiempo, varios otros. A…”

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A Don Temistocles Salvatierra lo inventó nuestro padre, Carlos Mastretta Arista, cuando en mitad de nuestra infancia quiso abrirle un hueco al mundo en que crecíamos. Don Temistocles era, fue y es un telegrafista retirado que escribe las anécdotas que le suceden a su interlocutor semanal, el excepcional “Mísero Vendecoches. Tan solemne y consternado personaje se quedó con el vicio de escribir como telegrafista. Y como tal escribía Carlos Mastretta, los domingos, para publicar los lunes, una columna llamada “Temas Automovilísticos”. En ella, con el pretexto de hablar sobre automóviles, Temístocles ironiza y se divierte describiendo las aberraciones del tránsito, de la política, de los negocios que rigen la vida de la pequeña e imperturbable ciudad de Puebla, en los años sesenta. El inerme y por lo mismo seductor Mísero Vendecoches encubre al escritor que, de este modo, se da el lujo de tener tres personalidades. La del que narra, la del observado y la de quien escribe sobre ambos. Si el Carlos Mastretta que regresó de Italia en mil novecientos cuarenta y seis, hubiera vivido y escrito en estos años, su paso por los diarios hubiera sido exitoso. Sin duda le habrían pagado bien. Mucho más gente de la que lo entendió en los sesentas lo hubiera disfrutado ahora y quizás esto le habría dado honores y satisfacción. Sin embargo, yo sé, porque así lo recuerda mi frente, que él tenía una estrella en la suya mientras escribía. Y que era feliz golpeando las teclas reacias de su máquina verde oscuro. Un rato, una tarde a la semana, invulnerable y en vilo, como nadie. Creo que a él le hubiera gustado conocer a estos adultos, ahora todos con más años de los que él tenía cuando murió, en que nos convertimos sus hijos.

Et punto: sin duda hubiera estado orgulloso de tenerlos a ustedes como lectores.

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29 julio, 2014

Viajar al GIFF

El camino a San Miguel Allende, lo hicimos en mi camioneta, (ya en dicho que muy vieja) con Carlos, mi sobrino, manejando. Adelante, en un coche más pequeño y apresurado, iba su papá, mi hermano con el mismo nombre. Carlos chico fue corredor profesional de autos, por eso conduce como quien ya ha regresado del purgatorio y quiere andar en paz, conversando, sin litigios. Fuimos en busca del Festival de cine de Guanajuato. Lo llaman Giff, Guanajuato International Film Festival. El sábado pasaron “Las horas contigo”.

Nosotros llegamos el viernes en la tarde y nos fuimos a comer a una terraza desde la que se ve todo el pueblo, con su plaza hundida y su catedral reluciente, con sus crestas y callejones, con su aire de armonía haciéndolo único, en un país en el que construir siempre es aumentar el caos visual. San Miguel Allende es todo lo contrario a tantas otras ciudades cuyo afán parece ser afear el entorno. Equiparan la modernidad con el espanto y construyen puentes y casas de cemento hasta que el paisaje se vuelve arisco y gris. San Miguel es ocre, amarillo pálido, blanco.
Mientras comíamos se fue haciendo el atardecer y el cielo enrojeció sobre nosotros. Una paz de retiro nos tomó la conversación. Nada sino contemplar tuvimos frente a la noche que fue llegando despacio, mientras caminábamos por las callecitas con casas apretadas, enredaderas de colores y patios como secretos. Hasta la mañana siguiente tuvo que correr Catalina en pos del proyector y la preocupación por el formato en que estaba la película y cosas que yo veo desde la tranquilidad de mi profesión necesitada sólo de pantalla, teclas, imaginación y palabras.

Decía Emilio García Riera, el mejor crítico de cine que ha pasado por la vida de nuestro país, que “el cine es mejor que la vida”. Yo nunca he puesto en duda su certeza, sino cuando veo cómo se hace. Es muy difícil. Es un trajín de cientos de personas tras cada proyección. Cada vez que un espectador ve una película, mira el trabajo de muchos. Quien escribe el guión está en manos de quien dirige y quien dirige en manos de los actores y los actores en manos de quien los filma y ellos de quienes iluminan y los otros de quienes acomodan los muebles o llaman por teléfono avisando el horario en que empieza la filmación y sin duda todos también dependiendo del sonidista y el editor. Al terminar la cadena pueden quedar todos-todos a la deriva imaginando qué pasará si el proyeccionista se duerme o se incomoda. Dificilísimo. Yo escribo un libro y me desentiendo. Si el lector lo abraza o lo avienta no es algo que me toque presenciar. Mucho menos temer. Cada quien. Ahí es cosa de cada quien. No en el cine. En donde además todo es carísimo. Y lo que se espera es recuperar lo invertido. Escribiendo el tiempo es oro, pero es mi oro y mi tiempo. En el cine todo es de todos y, hasta donde yo veo, dado que es lo que me toca ver, quien dirige carga con el todo de todos. Por eso, y no porque le haga falta, es que acompaño a Catalina cuando puedo. Como quien quiere compartir la carga. Y la felicidad.

No sabíamos cómo estaría la función, ni cuánta gente iría, algo inerme había en el aire que nos envolvió la mañana. O yo así lo sentí. Ya quería yo que fuera la una y que todo empezara y que fueran las tres para que hubiera terminado la función y supiéramos lo que pasaría. Catalina siempre me pone en esa trampa. Siempre me hace creer que alguna pena puede caerle encima y siempre tengo que agradecer que todo salga de maravilla. Como si no hubiera yo podido darlo por sentado.

Así pasó esta vez, otra vez. Todo estuvo muy bien. Y cuando la vi recuperar el aliento abracé a mis hermanos agradecida hasta la vida eterna con el viaje de tres horas y media que hicieron para ver la peli que de todos modos hubieran podido a ver en octubre. Porque en octubre es el estreno, querido Luis de la Barreda y queridos todos los amigos que me lo preguntan.

Daniel y Pilar fueron y vinieron el mismo sábado. La tercera parte de un día, metidos en el auto. Carlos y Mina hicieron otro tipo esfuerzo, durmieron allá, en el mismo hotel que nosotros, al que he de considerar de tres estrellas, aunque los dueños le pongan cuatro. Hay que pensar siempre, al ir de visita a los pueblos coloniales, que es mejor dormir en un simulacro de paredes que en uno de modernidad. Yo soy una comodina. Las antigüedades son para el día. Todo el día de pasado, pero en la noche quiero un cuarto sin humedades y un baño con la ducha (qué elegante palabra) del siglo XXI.

Lo que sucedió el sábado en la noche y el domingo en el día he de contarlo mañana, si se puede. Antes se decía “si Dios no manda otra cosa”, pero ahora se sabe que los dioses siempre mandan otras cosas y que casi todo hay que hacerlo a contracorriente.
Me doy por bienvenida.

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