10 junio, 2020

Sonámbula y tristeando

¡Santo cielo! No he venido a escribirles. Y no puede pretextarse que sea porque no tengo tiempo. Quizás es porque me sobra y lo reparto como quien despilfarra. No sé cómo se van los días, igual que cuando de tanto pasar la misma imagen pareciera quedarse quieta. He dicho ya que me gusta el encierro, pero en los últimos días veo que me pesa. Esto de que el pico sería al final de abril, luego, a mitad de mayo; después, el siete de junio; ahora el treinta y luego quién sabe cuándo, es para impacientarse. Y la paciencia, decía doña Emma, por desventura no es algo que vendan en la farmacia.

A mí, ya se los he dicho, nada se me ha perdido en la calle, sino que me estoy perdiendo de los demás.Los extraño. No dejo de bendecir el tesoro de mi compañía, al principio expectante y de tiempo completo, ahora cada vez más tocada por lo que viene de fuera. Pero la realidad es húmeda y entra por todas partes. No es como el mar, desafiante y honrado; es sigilosa pero, de a poco, avasalla. Trae noticias que no quiero escuchar, mentiras que me ponen en vilo. ¿Qué hacer con esto?

Digo que extraño el horizonte, pero es que también extraño el entendimiento. Estoy perdiendo la capacidad para juzgar y, el modo en que pretendo librarme del miedo que esto provoca no está siendo gemir sino tener sueño. Hoy he andado adormilada desde que desperté medio sonámbula. Hice cosas fáciles, como dar opiniones a lo tonto frente a amigos que me lo perdonan, pero no más. Luego me senté frente al escritorio y me amordazó un ataque de estornudos. Toqué la cubierta, vi el caos encima y el polvo bajo mis dedos. Traigo un litigo en este estudio, si no abro la ventana empieza todo a oler a tienda de antigüedades, si la abro, al menor descuido entra el aire y trae flores de bugambilia, briznas de infinito y tierra. He ido equilibrando una cosa con la otra hasta que hoy tuve que hacerme al ánimo de sacudir y pasar la aspiradora. No por los libreros, ni por los papeles, sólo por los dos metros del diámetro que tiene la circunferencia a mi alrededor. Quedé exhausta. Como si hubiera trapeado la cancha del estadio Azteca. De tal estado tuve que salir para conversar por Zoom con una amiga italiana.
Quiso hacer una entrevista para su periódico. Y mantuvimos una conversación fiestera. Le pregunté si ella había andado por Milán desierto, si había podido ver Siena o, mejor aún, Venecia sin intrusos como yo. Dijo que sí, que muy al principio de la cuarentena, porque luego, incluso su callejera profesión tuvo que encerrarse y cargar con la tristeza de ir viéndole la cara a la muerte de tantos. Ahora anda haciendo entrevistas por los espejos de cristal en que nos vemos para conversar: esta nueva manera de encontrarse tan cerca y seguir lejos.
Durante el rato intenso y largo que pasé con ella, desperté como quien se va de viaje. Y hablamos de literatura, de Italo Calvino y del Dante. También de Bergamo y de los crímenes de narcotráfico en México. No quedó más remedio que pasar por cómo veo al gobierno de mi país. Y pasé. Qué más da lo que dije, ni empeora ni mejora nada. Me preguntó si algo nuevo había visto por mi ventana en estos días. No supe qué decirle. Quizás que llovió, que aquí cuando llega la lluvia se va la luz. Juegos así o seriedades de otra índole. No esto que aquí voy a contarles porque mi italiano no quiso llegar a tanto.

Ayer, por ahí de las tres de la tarde, alguien llamó a la puerta. Se me hizo raro el timbre como en otro tiempo. Levanté el auricular para preguntar quién era. Del otro lado me llegó una voz suave, sentí que la de una mujer joven. Ni una niña, ni una vieja. “Disculpe ¿tendrá ropita o comida o una moneda que nos regale?” Temblé. Yo sé que en las esquinas de la ciudad muchas veces hay alguien buscando ayuda. Se acercan a la ventana del coche y ofrecen dulces como un modo discreto de pedir limosna. Gente que así consigue algo para su día. La viejita mazahua que sube y baja la esquina de Constituyentes y Tornell ofreciendo sus amarantos. Ése es su trabajo informal. Ahora se ha ido para su pueblo. Me dijo que allá viven sus hijos. La historia al revés. Pero la joven a cuyo reclamo acudí asomándome por la ventana era una chica con su camisa de algodón y sus pantalones de mezclilla, como si volviera de la secundaria, bien peinada, vivaz, pero triste. Le di una bolsa con galletas, fruta y dulces. Me dio la gracias y yo se las devolví. Cerré la ventana y me quedé oyéndola tras el vidrio. Venía con dos hermanos. “Déjanos ver”, dijo la voz de un niño. “Galletas”, dijo la de una niña. “Da pena andar pidiendo. Ya vámonos” dijo la jovencita. Moví la cortina y los vi caminar.

“Oiga”, ordenó mi tocaya que ha querido quedarse como una bendición y que, a su entender y el mío, es aquí la voz del pueblo malo. “Si va usted a dar, mejor dé bien. Dé arroz, dé frijoles, dé atún. “Tocaya, ni que estuviéramos en un desahucio, tras un ciclón. Eran niños”. “Pues sí, pero así van a ir pasando. Verá. Porque la gente no va a tener trabajo. Los papás. Y ni modo que con pura galleta vaya usted a ayudarlos”.

¿Qué les digo yo a ustedes? Ni quien se atreva a escribir una novela. Como me dijo alguien en el twitter: “usted ya dejé de escribir recuerdos y póngase a pensar qué hacer en el futuro”. No fue mala su idea. El tono no muy amable, pero el consejo puedo decir que generoso. Habrá tal cosa como el futuro. Y yo he de estar entre quienes tengan que pensarlo.
Un beso grande.

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27 mayo, 2020

Gajes de la desmemoria

Ayer al mediodía pasó un hombre haciendo sonar una trompeta. Lo vi desde mi azotea. Tocaba con estilo, sin torpeza, una tonada que no había yo oído en décadas. Como cuarenta. Me la trajo a la cabeza y la recordé en trozos. Bajé a comer cantándola con una de esas intensidades que mientras practico me alegran y cuando los recuerdo me avergüenzan un poco. Qué influencia tienen tus labios, que cuando me besan tiemblo, hacen que me sienta esclavo y amo del universo. Pónganle énfasis a esa tonada y ésa era yo. No sé qué tienen tus manos, no sé qué tiene tu boca, que larlalalalta y a mi sangre vuelven loca.
Cuando canto así muevo los brazos y cargo un escenario en la imaginación. Por fortuna sin público. Pero me tomo de un en serio las canciones que para cuando llego al final sólo evito la caravana para evitar el manicomio. Si llegara a tanto, yo misma me mandaría a un siquiatra. Pero el estudio de Héctor queda lejos, así que mi teatro resulta gozable.
Dicen de la gente que hace lo que yo, que es muy novelera. No me voy a oponer. En una sólo canción mal recitada, me caben todos los desfalcos que no he tenido y todas las nostalgias que no recuerdo. Voy investigar quién compuso ese dramón, pero creo que lo cantaba Javier Solís. Da igual.
¿Por qué les cuento esto? Pues porque resume muy bien el tamaño de la desfachatez con que vivo. Acomodada en la música para no oír a los cuervos. Quizás la norma de este encierro es el caos. Sabemos muy poco de lo que pasa. ¿Quién es la autoridad en este desorden? Mi nieto diciendo “a este auto se le ha escapado un neumático” o López Gatell moviendo el pico de la pandemia como quien juega adivinanzas en el mismo idioma. En México se diría “ a este coche se le cayó una llanta”, pero mi nieto a veces habla como en la caricaturas que ve en la tele traducidas del inglés a un idioma que no habla nadie en Hispanoamérica, pero que está así dicho para que se entienda en todas partes. Muy raro. Pero más lógico que la separación entre una gráfica de la autoridad médica sobre la situación del Covid y la actitud del presidente de nuestra despostillada república que según dice ya se va al sureste a una gira.
Mientras esto leo en el twitter oigo una voz en penumbras. Vuelvo a mirar desde la azotea, son vicios que hace el ocio, y veo estacionado frente a mi puerta un automóvil viejo del que sale un discurso que suena como la voz de metal que avisa la alarma sísmica. No se le entiende nada sino hasta el final “quédense en casa”. Recuerdo que oí en el noticiero que iban a mandar a unos personas a hacer tal exhorto. Doy fe de que se atiende. La calle está vacía, pero es que yo vivo en un barrio de disciplinada y medio envejecida clase media. En Tláhuac, Iztapalapa y Milpa Alta la gente tiene que salir a correr riesgos. Y en algún momento, según una autoridad un mes y según AMLO y Salinas Pliego tres días, casi todos van a tener que salir. Yo no, yo voy a seguir aquí hasta que haya cura o vacuna. Cobijada por la mala noticia de que somos viejos. Los de setenta.
Mi aceptación es agridulce. Por una lado nada perdí en la calle y no estoy peleada con el claustro, por el otro esto de la vejez no asusta por lo que nombra sino por la amenaza que trae consigo. Que la vida meta el acelerador hacia la muerte resulta espantoso. Como no quiero ni oír hablar del tema, acepto con alegría las invitaciones a discernir por zoom y sin duda las comida desde el Ipad con amigos, las conversaciones por teléfono y las inevitables desveladas.
He venido a dejarles aquí estas divagaciones para que no digan que los abandono, pero temerosa de aburrirlos con mi cantinela. Por eso les he contado cómo canto. Y la peor de las zozobras: cuanto olvido. Tengo que confesarlo porque aflige y reconocer siempre alivia. La rara letra de la canción que ayer me tenía loca con su memoria, hoy no la recordaba por más esfuerzos que hacía. “¿Era Mundo raro?”, me preguntó Juan Cruz en una entrevista que hicimos para el sitio de Centroamérica Cuenta. No, no era Mundo raro. Pero es cierto, está raro el mundo. Habrá que cantarla, le dije entre otras cosas menos banales. ¿Qué libro estoy leyendo?, preguntó. Apóstatas razonables de Fernando Savater. Y por ahí nos fuimos a una conversación amable y razonada. Antes Tulita y Sergio Ramírez nos habían dado la bienvenida al coloquio. Es tan grato verse así. Aunque sea acariciar el cristal, pero sentirse cerca.
Luego bajé a comer. Invitamos a Héctor De Mauleón. Cada quien en su Ipad y con su comida. Hablamos de los sueños. Dice que hay varias notas en periódicos importantes hablando de la coincidencia en los sueños de casi todos quienes estamos en el raro mundo quieto por el que pasamos. En todos los países la gente sueña que la atacan hormigas, que cae por acantilados, que la amenazan. Nos compadecemos. Mi cónyuge dice que él no recuerda mucho de sus sueños, yo digo que sí recuerdo los míos y que en uno abracé largo rato a Catalina. Entonces De Mauleón nos cuenta que está leyendo un libro que se llama, creo, la historia bajo los párpados. Tantas cosas. Hablamos de Madero, de Hernán Cortés, de Blanco Moheno, del Tláloc que estaba en el Templo Mayor y que guardaron los aztecas recién vencidos en una cueva que aún no aparece. Un Héctor leyó el libro sin publicar del otro Héctor y dijo cuánto le había gustado. Y, diría un joven ilustrado: etcétera, etcétera, etcétera. Ado, ado. Disculpen ustedes, dejo las rimas involuntarias porque me divierten y en los textos de postín hay que quitarlas. Muy grata comida. Hemos tenido otras, ya les iré contando. Por lo pronto, la presunción de hoy es que recordé el canto de ayer. No saben ustedes la angustia que da cuando eso agujeros se abren en mi cabeza. Un beso.

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28 julio, 2019

Esto sí da miedo

De entre lo poco o mucho que pueda hacer el gobierno que preside Andrés Manuel López Obrador para cambiar el país, hasta dejarlo del modo en que mejor le parezca, a mí, la verdad, lo que me da miedo es el renacimiento y la aprobación de la censura. Y de la censura sin disimulos, explícita, como la de antes. Como la de mucho antes.
Me entero, por una carta que los escritores David Huerta y Verónica Murguía tuvieron la sensata y ahora hay que decir valiente idea de mandar a La Jornada, de lo que yo no había oído decir al señor Marx Arriaga, a cargo de la Red Nacional de Bibliotecas, que serían sus planes para reanimarlas. Estos amigos del bien hacer, han mandado un mensaje prudente y generoso que aquí les dejo:

Esta semana, Marx Arriaga presentó sus planes para reanimar la Red Nacional de Bibliotecas. Informó que la última dotación de acervo se hizo en 2012 y agregó: “muchas veces con cierta carga ideológica, porque había textos de Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze”. Hemos leído los libros de esos dos autores y tenemos nuestra opinión sobre ellos; pero eso no es lo importante: lo importante son las insinuaciones sobre la supuesta inconveniencia de esa “carga ideológica” en algunos “textos”. Eso apunta directamente a las vocaciones centrales de los censores e inquisidores de cualquier tiempo y lugar: la persecución y represión del pensamiento libre, incluido, naturalmente, el pensamiento de quienes no piensan como los gobernantes. Qué bueno que se apoyen las publicaciones del Conafe; uno de nosotros, la abajo firmante, ha publicado allí. Pero resulta siniestra la vocación fascistoide de las declaraciones de Arriaga, un funcionario que traiciona la esencia del trabajo de un auténtico bibliotecario: velar por los libros y por el conocimiento, incluidos los “textos” con cuyas ideas no comulga.

Increíble el señor Marx. Y tan parecido a las monjas de los colegios antiguos, o a los gobiernos que persiguiendo a quienes creían en dios, hicieron que en Tabasco, para no nombrarlo, la gente dijera “adiú”, ese modismo tan grato ahora en el habla de aquel rumbo, para no decir “a-diós”.

Si no quieren, -han de creeer que para eso son autoridad y que para eso sirve el poder-, que no compren los libros. Pero que no juzguen en la plaza pública quien debe o no debe ser leído. Que no dirijan a su público a ni siquiera acercarse a los peligrosos libros con una “carga ideológica”
que les parece indebida.
Hay quien piensa que estas cosas hay que dejarlas pasar como declaraciones por las que no hay que preocuparse. Yo sí me preocupo. Y Espero que el Presidente y Esteban Moctezuma y la historiador Beatriz Gutiérrez,que bien saben lo que fue la censura en otros tiempos, se preocupen también. Esto sí que no puede pasar en nuestros país. Que quien gobierne decida lo que crea conveniente, aún si hay quienes piensan que su política económica o educativa no son las pertinentes, puede ser y está siendo. Pero que sea sin perseguir, ni acusar, ni censurar, ni lastimar el respeto a la libertad de pensamiento.
Por lo pronto, ya lo dijo el poeta: “No he de callar/ por más que con el dedo/ silencio avises/ o amenaces miedo.”

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4 marzo, 2018

Patricia Mercado

“Baste recordar su trayectoria para comprobar su extraña vocación por transformar la forma usual de hacer política.”
Doy fe de que todo lo que aquí dice Marta Lamas es cierto. Las acompaño desde este blog. Es una esperanza y un regocijo, saber que Patricia estará en el Senado.

Patricia al Senado
POR MARTA LAMAS

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Con una larga trayectoria política vinculada principalmente a la problemática laboral, los derechos de las mujeres y las personas de la diversidad sexual, Patricia Mercado ha sido designada candidata plurinominal al Senado por Movimiento Ciudadano. Acertada decisión para la carrera política de esta mujer que dedica su vida a lograr condiciones más justas para la clase trabajadora y a defender causas feministas y de la comunidad LGBTTI.
Hace 30 años conozco a Patricia y siempre me ha sorprendido su habilidad para sacar adelante proyectos difíciles a pura voluntad de diálogo. Ella ha dicho que hacer política es, justamente, tratar de convencer a quienes piensan distinto para fincar acuerdos puntuales que beneficien a todos. Convencida de que la política no puede ser un medio para conseguir los objetivos propios sin tener en cuenta los de los demás, en especial los de tus adversarios, Patricia apuesta por avanzar construyendo acuerdos y compartiendo objetivos.
A lo largo de estos años de conocernos Patricia me ha dicho, una y otra vez: “Lo perfecto es enemigo de lo bueno”. ¡Híjole! Mientras me resulta difícil dar por bueno lo que no me satisface completamente, veo cómo ella es capaz de construir acuerdos y alianzas que ponen de manifiesto su voluntad de desarrollar una política distinta.
Baste recordar su trayectoria para comprobar su extraña vocación por transformar la forma usual de hacer política. En su adolescencia las monjas de la teología de la liberación dieron cauce a su sensibilidad social. De trotskista se hizo feminista. Fue integrante de la dirigencia del Sindicato Nacional de Trabajadores Automotrices, que afiliaba a obreros de las fábricas de autobuses DINA y de automóviles Renault (la única mujer entre los 90 integrantes). Fundó Mujeres Trabajadoras Unidas (MUTUAC) para apoyar a obreras a desarrollar un nuevo tipo de sindicalismo responsable, y acompañó durante meses, todos los días, a costureras damnificadas por el terremoto de 1985, abogando en las juntas de Conciliación y Arbitraje por el pago de sus indemnizaciones.
Durante más de cuatro años las apoyó en su autoorganización sindical. Fundó varias organizaciones feministas que hoy siguen activas; fue integrante de la delegación de México en la IV Conferencia de la Mujer en Beijing (1995); construyó DIVERSA, una asociación política nacional, y participó en tres proyectos de creación de un partido socialdemócrata: Democracia Social, México Posible y Alternativa Socialdemócrata y Campesina. Con este último partido Patricia contendió por la Presidencia en 2006, y habló de la necesidad de despenalizar el aborto y defender los derechos de lesbianas y gays,
Cuando Alternativa Socialdemócrata se convirtió en botín y dejó de ser un instrumento para el cambio social, Patricia regresó al trabajo desde la sociedad. Con el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir ganó con un proyecto dirigido a impulsar el empoderamiento de las mujeres políticas en el ámbito local un concurso que abrió ONU-MUJERES. Así, se dedicó a capacitar a candidatas a presidentas municipales, síndicas y diputadas locales de todos los partidos. Y como Patricia es economista, un aspecto fundamental de su iniciativa fue el de instalar en la mente de las candidatas una concepción de proyectos económicos distintos a los que se vienen haciendo tradicionalmente, como la economía del cuidado.
En esas estaba cuando fue nombrada secretaria del Trabajo por Miguel Ángel Mancera. Ahí inició su lucha por subir el salario mínimo, que inmediatamente sería retomada como un eje de la política del gobierno. Muy poco después Mancera la nombraría secretaria de Gobierno, donde tuvo que vérselas con la polarización entre los representantes de distintos partidos, dispu­tas entre inmobiliarias y vecinos, y entre proyectos de gobierno y la negativa de ciudadanos. Este puesto resultó un desafío en el que demostró que un diálogo franco, sin simulaciones, es su forma de hacer política.
Hace unas semanas Patricia comentaba su coincidencia con las palabras de Daniel Innerarity, un filósofo y politólogo vasco que sostiene que Hacer política es renunciar a otro procedimiento que no sea convencer, pero convencer a otros es algo que nunca puede estar plenamente garantizado. Sí, el terreno de la política es el de la contingencia, por eso Innerarity afirma que se requiere una especial habilidad para convivir con la decepción. Este autor señala: Nadie, y menos en política, consigue lo que quiere, lo cual es por cierto una de las grandes conquistas de la democracia. Y añade: Una sociedad es democráticamente madura cuando ha asimilado la experiencia de que la política es siempre decepcionante y eso no le impide ser políticamente exigente.
A lo largo de su vida, Patricia ha enfrentado variadas contiendas políticas (con sus respectivas decepciones), pero ha seguido siendo exigente con ella misma. Yo, que suelo ser más pesimista que ella, estoy convencida de que su optimismo, su talante democrático y su voluntad de diálogo serán elementos indispensables en la dinámica política del Senado. Sobre todo porque creo que en 2019 se abrirá una ardua etapa, en la que serán imprescindibles las características que distinguen a Patricia Mercado.

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Desperté con la memoria de un sueño en la punta de los ojos. No recuerdo bien de qué trataba, pero había un ajetreo, y yo era parte de él. No fue un sueño triste, pero tampoco de esos apacibles, de los que uno despierta con la certeza vívida de que algo bueno le estaba pasando. De todos modos era un sueño y, medio recordarlo, me alegró. Había gente buena, hablando de cosas buenas. No había furia, ni gritos, ni robo. Mientras ajustaba mi cabeza al significado de la palabra amanecer, a la adivinanza de que hoy sería jueves, a la sensación de hambre, estuve dándole vueltas a todo lo que debo hacer y no he hecho. Mejor escrito: todo lo que debo hacer anduvo dándome vueltas.
El viernes doce tendré que dar una conferencia, de esas que llaman magistrales y que yo siempre termino convirtiendo en una confesión de parte. El encuentro será en San Miguel Allende y habrá otros escritores. Confieso que a mi las reuniones de escritores me dan temor, pero también me gustan, porque son un ejercicio de humildad. Esto que hago no es excepcional, ni yo soy una autora, una creadora, una fabuladora que está sola en el mundo con el deber de serlo. Soy una entre muchos. Qué autora, ni qué título. Gran alivio. Claro, todos los días, menos el de la mañana en que tengo que pararme frente los demás y sacar flaqueza de fuerza, como decía Don Lino en las doradas épocas en que era mi conductor y me ayudaba llevando a los hijos al colegio o yendo al banco y al mercado, haciendo cada cosa como por primera vez. Eso tenía Don Lino, ese privilegio de niño. Todo lo que hacía, hasta andar y desandar el mismo camino hasta Cuajimalpa, igual que cualquier día, le pasaba como una novedad. Mencionar a Don Lino no es una digresión, es algo recurrente. Sobre todo cuando necesito ayuda en la certeza de que tengo mucho quehacer que acabará haciéndose solo, con el puro apuro de que pase el tiempo. Antes de la conferencia pasarán cosas más importantes. Sin duda el estreno de “Las horas contigo”, la película de Catalina. El día tres en los cines de Carso. Cerca del Soumaya, el museo que lleva el nombre de una amiga cuyo ejemplo de valor y entusiasmo merece todos los homenajes. Así que la peli estará en buena compañía. Será a las siete de la noche del martes tres. El viernes seis lo pondrán en muchos cines y por ahí pasa la parte más complicada: que vaya mucha gente el primer fin de semana, porque esto de las películas no es como lo de los libros, que pueda pasar un día o el otro sin que se mueva de las tiendas, (por más que cada día lo que llamamos el mercado se deshaga de los que no se vende mucho y pronto), lo del cine es criminal. El primer fin de semana es importantísimo. Y no sigo por ahí para no poner nerviosa a la futura concurrencia. Entre el seis y el doce habrá más quehacer. En marzo vendrán a visitarnos los familiares de Daniel Feito, para formalizar, otra vez, la formal alianza entre él y nuestra hija. Así que ando en tratos con Juan Ramón el hombre que sobre reparaciones todo lo sabe, para que la casa quede como nueva. Y con el maestro Eusebio, carpintero, ebanista, cuyos precios tienen todo menos tabulador. Nos compensamos mutuamente. De repente me cobra un dineral por una nimiedad y cuando me quejo rebaja una tercera parte del siguiente cobro. Entre maestros te veas, decía mi abuela que vivía entre maestros. Esos ni de chiste tan buenos como los míos. Aunque igual de parlanchines, porque cuánto tiempo puede uno dedicar a dirimir el tono de una mesa, para llegar a mi conclusión de siempre: hay que dejarlo del color natural de la madera, que por algo es de ese color. ¿Para que enderezar lo que no está torcido? Faltan cosas. Una hilera. Faltan los “Puerto Libre” de marzo, abril y mayo, dado que he de entregarlos al principio del mes anterior y el doce de abril nos iremos a China. Falta una reverencia que he de hacerle a quien más se la merece, falta escribirles a ustedes más seguido y falta : ¡qué barbaridad! hablarle al dentista para alcanzar cita el lunes en la mañana. Falta claro, a las tres de hoy, comida con unos amigos que hacen cine o son una obra de arte. Marta Sosa, Julio Patán, Cristóbal Pera y, con buena fortuna, la tan querida Mercedes Barcha.

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3 octubre, 2014

Presa de sueños

Valsequillo

Escribí un libro que empieza cuando una mujer le abre la puerta a su tercer marido. La casa en que vive está a la orilla de un lago. Para mí un lago mítico. Alrededor jugamos toda la infancia. Es una presa y se llama Valsequillo. A tal grado está creada contra un valle seco. Cuando llueve tantísimo como este año, la presa derrama por la cortina y hace una cascada ruidosa que siempre parece un milagro, porque un milagro parece todo lo que sucede casi nunca. Así empieza el segundo párrafo de “Maridos”.

Sacaron el tablero de ajedrez. Abajo estaba el lago adormeciéndose.

Julia sonrió enseñando su hilera de pequeños dientes. Había pocos paisajes tan perfectos como la sonrisa de Julia con los montes detrás, los ojos de Julia mirando al agua con la punta de ironía que no perdieron nunca, la cabeza de Julia oyendo a toda hora la música de fondo de su propia invención.

—¿Dónde anduviste? —le preguntó.

Él buscó en su bolsa la moneda de veinte centavos que corría en México a mediados del siglo pasado. La traía siempre como si eso le asegurara que en cualquier momento podría encontrarse con Julia. La usaban para jugar el águila o sol conque dirimían el derecho a mover la primera pieza del tablero. La tiró al aire.

—¡Sol! —pidió Julia casi al mismo tiempo en que él atrapaba el círculo de cobre entre una mano y otra.

—¡Águila!— dijo él enseñando la cara de la moneda que tiene de un lado el escudo nacional, con su águila comiendo una serpiente y del otro una pirámide iluminada por un gorro frigio.

Se acomodó frente a ella.

—¿Y qué es de tu marido? —preguntó.

—Mi marido se fue con la mujer de otro marido —contó Julia.

—Por fin—dijo él.

—Ni creas que vas a meterte en mi cama.

—No me he salido nunca —dijo él.

Julia necesitó un aguardiente. El quiso otro.

—¿Hay chocolates? —preguntó.

—Eres el único hombre al que le gustan los chocolates.

—¿Por qué se fue tu marido?

—Por qué se van los maridos. ¿Por qué te fuiste tú?

—Yo aquí ando —contestó él.

—Ahora —dijo ella y pasó un ángel con su caudal de silencio.

Y así termina el libro por el que han pasado todas las historias que a Julia se le ocurrió contar mientras su tercer marido duerme una semana en la casa.

Anduvieron por la orilla del lago. Al volver Julia Corzas guardó el tablero de ajedrez.

—¿Y nuestra historia? —preguntó él que la miraba detenido en el umbral, esgrimiendo la sonrisa que solía darle al despedirse. ¿No vas a contar nuestra historia?

—En otro libro —contestó Julia.

La tarde también era naranja y se iba acabando sobre el agua y los cerros.

Punro y aparte: Hoy en la mañana mi hermana fue hasta allá para ver el milagro. Aquí les dejó las fotos que me envió desde su teléfono. Habló tanto del lago, que tal vez no debería enseñárselos. Siempre es mejor lo que imaginamos.

Un día voy a escribir el libro que Julia promete. Un día. Un libro. Ojalá. Entre más leo, menos escribo.

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