Hay quien detesta el Día de la Madre. Que si porque es un invento comercial, que si porque sirve sólo para lavar culpas un día al año, que si porque es demagogia y sentimentalismo, mercancía y melcocha.

Yo, ¿qué quieren que les diga? Será que ya crecí, pero me gusta el Día de la Madre y el del Niño, el del Compadre, el de la Amistad y ni se diga el del Padre. Me gustan los cumpleaños y la celebración de los vínculos inevitables, pero también de los deseados, de los que nos remiten a la infancia y nos alegran.

Yo ya no estoy para regatearle nada a ninguna fiesta. Será que la batalla contra la comercialización de los sentimientos la di hace tanto tiempo que ya me resulta vieja y me aburre hasta el tema. El que no quiera comprar que no compre. La que no quiera que le regalen que devuelva el regalo, pero ¿qué más nos da si hay quien se emociona con el dibujito que le trae su niño del colegio o con la memoria de la manita impresa sobre un yeso que le trajeron sus hijos hace veinte años?

Yo no quiero borrar del calendario ningún día de fiesta, ni me parece que todo lo que se diga el Día de la Madre es simulación, mal discurso, hipocresía de compradores huecos y vendedores empeñados en que crezca su tienda.

Yo querría ahora no una mamá sino cuatro, diez, a las que darles la mano con la inocencia de quien siente que ahí cabe toda la seguridad que uno puede querer para ir por la vida.

Yo querría una mamá con un peine y la goma para hacerme las trenzas, la querría para enseñarle mi diez en gramática y mi estrella en la frente o mi raspón en la rodilla. La querría para ver si por fin aprendo a subir un dobladillo, si me lleva a buscar conchitas en la playa, si me enseña a amarrarme los zapatos y me recuerda que me lave los dientes. La querría para quejarme de su perfección y agobiarme con su belleza, la querría para darle de besos y discutir con ella la pizca de sal que debe o no debe llevar el pastel de manzana. La querría para verla entrar a la preparatoria cuando ya tenía sesenta años y acompañarla a cumplir ochenta como la más bonita vieja que se haya visto. La querría para llamarla por teléfono. La querría incluso para volver a pasar por los días en que se convirtió en nuestra hija y nos miraba con la nostalgia de quien se va cuando no quiere vivir sino en la tierra. La querría, como la quiero y como me gusta saber que me quieren mis hijos. Con todo y la emoción contradicha que a veces les provoco.

A mí me gusta el 10 de mayo. ¿Y qué?

 


Ángeles Mastretta

Escritora. Autora de Yo misma. AntologíaEl viento de las horasLa emoción de las cosasMaridosMal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos.