Cuando llegó a México, Antonio Ibarra tenía los ojos oscuros y el pelo en desorden, tenía el deseo de hacerse al bálsamo y los hábitos de la tierra que lo recibió. No pensaba olvidar los cedros de su patria, tampoco quería quitar de su memoria el aroma a hierbabuena que toma el aire al atardecer, ni las higueras, ni el sonido de su idioma, pero quiso hundirse en la humedad de su nuevo país seguro de que no tendría jamás otro.
Conoció a Guadía al volver de una tarde en la tienda donde unos paisanos lo enseñaban a vender los encajes y el terciopelo que la gente del trópico usa para cuando oscurece. La encontró en la puerta de una casa con barandales de madera, blanca como traje de novia. Se detuvo frente a ella y de la bolsa de su chaqueta sacó un fajo de cartas.
Escoge una y mírala bien, le dijo en vez de saludar. No me cuentes cuál es. Ahora revuélvelas y luego me las regresas.
Guadía le siguió el juego con la mitad de una sonrisa y sin decir palabra. ¿La viste bien?, le preguntó Antonio. Ella asintió con un gesto y devolvió las cartas. Él las tomó de regreso y las hizo flotar de una palma a la otra barajándolas varias veces con sus dedos largos. Luego se las pasó por la cara, volvió a juntarlas y volvió a mostrárselas a la mirada impávida de Guadía. Sacó una carta del atado y la mostró sin abrir la boca. Con la cabeza negó que aquella fuera la elegida. Sacó otra y repitió la señal: esa tampoco era la carta.
Guadía empezaba a preguntarse si tanto circo iba a tener fin, cuando él abrió la boca y enseñó sobre su lengua un tres de espadas doblado por la mitad. Acercó su cara hasta sentir encima los ojos de cedro vivo que tenía ella. Se llevó a la boca el índice y el pulgar, jaló la carta y aseguró: ésta es.
–Turco tenías que ser–dijo ella riéndose.
–Libanés.
Punto y seguido: Así empieza un cuento que le dedico a mi amiga Nahíma Amar y que está en el libro «Maridos». Mañana la segunda parte.