No conocí a Isela Vega cuando llena de sí era una lumbre, en los años aquellos por los cuales veneran su memoria los hombres mayores de sesenta, todos los ojos que la desearon entera, aunque apenas se hubieran asomado al resplandor que dejaba su paso. Los he oído nombrarla como sabiendo que ellos imaginaron una Isela salvaje y soñaron con domarle la voz hasta extenuarla, hasta que su cuerpo bravío temblara con ellos dentro.

Isela con el talle largo y el escote bajo. Isela cantando sobria como si estuviera embriagada de asombro. Isela Vega y su cuerpo de acero y porcelana.

No conocí ese fuego, pero creo que conocí uno más valiente y hermoso que cualquiera. El de la Isela que pasada por todo, que vacía de pudor y desencanto, era otra vez una niña traviesa jugando a ser vieja. El fuego de una mujer sabia que gusta de serlo.

Isela Vega. Fotografía: Milton Martínez / Secretaría de Cultura CDMX bajo licencia de Creative Commons

Fotografía: Milton Martínez / Secretaría de Cultura CDMX, bajo licencia de Creative Commons.

La Isela de Las horas contigo, la de Cindy la Regia, la gitana de Arráncame la Vida. La mujer libre de todo que salía de filmar despintada y con sus pants, sin importarle quién la veía, segura de sí misma y en paz. La Isela venerada por los directores jóvenes, por los productores a sus pies, por las actrices adolescentes, por los camarógrafos y los iluminadores que la veían levantarse la enagua y meter los dedos entre sus piernas para jugar a que había sido puta. La abuela de a mentiras que no era sino la de verdad, amorosa sin fingir lujuria, devota y celebrada porque le gustaba bailar y mover el abanico. Isela la abuela de la joven Emma Camín, una niña crecida que sabe de su fuerza porque la aprendió de una mujer que la quiso sin reticencias. Isela la más querida, la maestra, la mamá predilecta de quienes se acercaron a ella cuando el fulgor de sus ojos apagándose iluminaba la escena hasta hacernos llorar. 

Tengo el testimonio de una directora cuya vida profesional, cuya índole y bravura no serían las mismas si ella no la hubiera conocido y querido tanto.

En Catalina Aguilar pienso cuando esto escribo. Y en tantas que como ella aprendieron de Isela la sencillez de quien todo lo sabe y nada lo ostenta. De quien, como nadie, conoce del ingenio y la risa con tal sabiduría que las contagia, que las deja tatuadas en el ánimo de quienes tanto la siguen queriendo, de quienes con evocarla tienen para saberse acompañadas en el esfuerzo diario de hacer arte para sobrevivir con libertad.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de Yo misma. AntologíaEl viento de las horasLa emoción de las cosasMaridosMal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos