Ya es febrero y estamos cansados. ¿Cómo no vamos a estar cansados? Llevamos once meses esperando que suceda lo que desde los ojos de quien quiera ser adivino seguiremos esperando los siguientes once meses.
No estaremos a salvo en mucho tiempo. Y aunque nos cueste creerlo, esta certeza no viene como el diluvio o como la propia pandemia caída del cielo, viene del diario testimonio de que nuestro gobierno sigue detenido en un equívoco. Quiere dejarnos sueltos. Pero no libres, sino cautivos de su mal hacer. De su diario pecado de omisión. Cada quien tema o viva como mejor pueda.
Y eso estamos haciendo. Unos con más fortuna que otros. Pero todos con la idea loca de que esto es un asunto que resuelve el azar.
En su divagación del viernes en la noche, el presidente López Obrador recorrió los brillantes corredores del Palacio Nacional, y fue haciendo el recuento de unas vacunas que llegaron y otras que van a llegar. No pasaron sus cifras de 600 mil.
Alguien muy querido dice que porque somos un país pobre. Pero la realidad es que México no es un país pobre. Somos la 14 economía mundial. Somos un país lleno de injusticia y desigualdades, sin duda, pero no un país pobre. No un país que no pueda pagar sus vacunas.
No les digo nada nuevo a los lectores de este ilustradísimo medio, pero lo escribo para decírmelo: no habrá vacunas para todos en mucho tiempo. Y lo de que los mayores de 65 años estaríamos vacunados para marzo es un sueño de la mariguana que aún sigue prohibida. Todo es un aún no, desde hace mucho tiempo y hasta quién sabe cuándo.
Pues así, díganme ustedes: ¿Qué podemos hacer para darle a este febrero un matiz de principio?