Me entero de que otra vez, Cozumel dejará de tener vuelos regulares que vayan de la ciudad de México a la isla y de regreso. Lastima saberlo. Abrigo la esperanza de que será por poco tiempo. Y recuerdo que esto escribí en una época, que creí no volvería jamás, en la que hace muy poco, ni diez años, no había vuelos directos a la isla de los tesoros. Aquí está.

Cuando se alzó en el aire el pequeño avión en que salí de Cozumel, vi, desde arriba, la isla suave. Tan inerme, tan bella. El pueblo está trazado a la orilla del mar que mira hacia el continente, viendo a la rivera que conocí tímida y que ahora se alza larga, larga desde antes de Playa del Carmen hasta Cancún. Tan pronto estábamos arriba, viendo las calles abreviarse y las playas crecer, el territorio verde hacerse grande hasta que la isla toda se veía de un lado al otro; que no tuve tiempo de llamarme a la razón. Cuando me di cuenta lloraba dos lágrimas gordas. “¡Qué preciosa es!” dije en voz alta junto a mi compañera de viaje.
El avión lo manejaba un muchacho de aspecto distraído, –supongo que porque estaba concentrado—y las pasajeras éramos sólo ella, una mujer con mochila al hombro, lentes para pensar, zapatos cómodos y ojos avispados y yo, con sombrero amarillo, anteojos oscuros y sandalias de gringa bajando de un crucero, para que el paisaje no extrañara del todo el artificio del turismo. Ella trabaja en la Universidad de Quintana Roo y estaba empezando una jornada de no sé cuántas horas para ir a un congreso en China. Yo sólo haría el corto vuelo de veinticinco minutos a Cancún, para ahí encontrarme con el avión grande, como una verdad odiosa, que me devolvería al ombligo de mi país, este lugar en el que elegí vivir hace ya tanto tiempo que no puede dejar de preguntarme cómo es que sigo aquí.

Mañana les contaré más de ese viaje. Por hoy aquí dejo mi solidaridad con los cozumeleños. Mis muy queridos.