Ayer al mediodía pasó un hombre haciendo sonar una trompeta. Lo vi desde mi azotea. Tocaba con estilo, sin torpeza, una tonada que no había yo oído en décadas. Como cuarenta. Me la trajo a la cabeza y la recordé en trozos. Bajé a comer cantándola con una de esas intensidades que mientras practico me alegran y cuando los recuerdo me avergüenzan un poco. Qué influencia tienen tus labios, que cuando me besan tiemblo, hacen que me sienta esclavo y amo del universo. Pónganle énfasis a esa tonada y ésa era yo. No sé qué tienen tus manos, no sé qué tiene tu boca, que larlalalalta y a mi sangre vuelven loca.
Cuando canto así muevo los brazos y cargo un escenario en la imaginación. Por fortuna sin público. Pero me tomo de un en serio las canciones que para cuando llego al final sólo evito la caravana para evitar el manicomio. Si llegara a tanto, yo misma me mandaría a un siquiatra. Pero el estudio de Héctor queda lejos, así que mi teatro resulta gozable.
Dicen de la gente que hace lo que yo, que es muy novelera. No me voy a oponer. En una sólo canción mal recitada, me caben todos los desfalcos que no he tenido y todas las nostalgias que no recuerdo. Voy investigar quién compuso ese dramón, pero creo que lo cantaba Javier Solís. Da igual.
¿Por qué les cuento esto? Pues porque resume muy bien el tamaño de la desfachatez con que vivo. Acomodada en la música para no oír a los cuervos. Quizás la norma de este encierro es el caos. Sabemos muy poco de lo que pasa. ¿Quién es la autoridad en este desorden? Mi nieto diciendo “a este auto se le ha escapado un neumático” o López Gatell moviendo el pico de la pandemia como quien juega adivinanzas en el mismo idioma. En México se diría “ a este coche se le cayó una llanta”, pero mi nieto a veces habla como en la caricaturas que ve en la tele traducidas del inglés a un idioma que no habla nadie en Hispanoamérica, pero que está así dicho para que se entienda en todas partes. Muy raro. Pero más lógico que la separación entre una gráfica de la autoridad médica sobre la situación del Covid y la actitud del presidente de nuestra despostillada república que según dice ya se va al sureste a una gira.
Mientras esto leo en el twitter oigo una voz en penumbras. Vuelvo a mirar desde la azotea, son vicios que hace el ocio, y veo estacionado frente a mi puerta un automóvil viejo del que sale un discurso que suena como la voz de metal que avisa la alarma sísmica. No se le entiende nada sino hasta el final “quédense en casa”. Recuerdo que oí en el noticiero que iban a mandar a unos personas a hacer tal exhorto. Doy fe de que se atiende. La calle está vacía, pero es que yo vivo en un barrio de disciplinada y medio envejecida clase media. En Tláhuac, Iztapalapa y Milpa Alta la gente tiene que salir a correr riesgos. Y en algún momento, según una autoridad un mes y según AMLO y Salinas Pliego tres días, casi todos van a tener que salir. Yo no, yo voy a seguir aquí hasta que haya cura o vacuna. Cobijada por la mala noticia de que somos viejos. Los de setenta.
Mi aceptación es agridulce. Por una lado nada perdí en la calle y no estoy peleada con el claustro, por el otro esto de la vejez no asusta por lo que nombra sino por la amenaza que trae consigo. Que la vida meta el acelerador hacia la muerte resulta espantoso. Como no quiero ni oír hablar del tema, acepto con alegría las invitaciones a discernir por zoom y sin duda las comida desde el Ipad con amigos, las conversaciones por teléfono y las inevitables desveladas.
He venido a dejarles aquí estas divagaciones para que no digan que los abandono, pero temerosa de aburrirlos con mi cantinela. Por eso les he contado cómo canto. Y la peor de las zozobras: cuanto olvido. Tengo que confesarlo porque aflige y reconocer siempre alivia. La rara letra de la canción que ayer me tenía loca con su memoria, hoy no la recordaba por más esfuerzos que hacía. “¿Era Mundo raro?”, me preguntó Juan Cruz en una entrevista que hicimos para el sitio de Centroamérica Cuenta. No, no era Mundo raro. Pero es cierto, está raro el mundo. Habrá que cantarla, le dije entre otras cosas menos banales. ¿Qué libro estoy leyendo?, preguntó. Apóstatas razonables de Fernando Savater. Y por ahí nos fuimos a una conversación amable y razonada. Antes Tulita y Sergio Ramírez nos habían dado la bienvenida al coloquio. Es tan grato verse así. Aunque sea acariciar el cristal, pero sentirse cerca.
Luego bajé a comer. Invitamos a Héctor De Mauleón. Cada quien en su Ipad y con su comida. Hablamos de los sueños. Dice que hay varias notas en periódicos importantes hablando de la coincidencia en los sueños de casi todos quienes estamos en el raro mundo quieto por el que pasamos. En todos los países la gente sueña que la atacan hormigas, que cae por acantilados, que la amenazan. Nos compadecemos. Mi cónyuge dice que él no recuerda mucho de sus sueños, yo digo que sí recuerdo los míos y que en uno abracé largo rato a Catalina. Entonces De Mauleón nos cuenta que está leyendo un libro que se llama, creo, la historia bajo los párpados. Tantas cosas. Hablamos de Madero, de Hernán Cortés, de Blanco Moheno, del Tláloc que estaba en el Templo Mayor y que guardaron los aztecas recién vencidos en una cueva que aún no aparece. Un Héctor leyó el libro sin publicar del otro Héctor y dijo cuánto le había gustado. Y, diría un joven ilustrado: etcétera, etcétera, etcétera. Ado, ado. Disculpen ustedes, dejo las rimas involuntarias porque me divierten y en los textos de postín hay que quitarlas. Muy grata comida. Hemos tenido otras, ya les iré contando. Por lo pronto, la presunción de hoy es que recordé el canto de ayer. No saben ustedes la angustia que da cuando eso agujeros se abren en mi cabeza. Un beso.