Me lo pidió mi amigo Daniel Herrera, cantante y pianista. Cómplice de mi obstinada voluntad de cantar y de la desfachatez enfática con que suelo hacerlo, cuando la fiesta ya perdió el juicio. Que lo dijera, sólo que lo hablara: Quién dice que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón. Lo repetí cuarenta veces. Y simplemente no me salía. Sonaba cursi, forzada, triste, petulante,falsa, o estridente. No conseguí decir algo sereno y sencillo, que es lo que tendría que salir, hablado, ni de chiste cantado, para unirme a la voz de cuatro verdaderos cantantes que están haciendo un video clip con la canción de Fito Páez. Por el Whats, lo grabé, lo oí y lo borré como veinte veces, luego me di por vencida.
*Escribí:
Hoy es día del niño. Lo leo y me toma algo como la tristeza. Día de mis niños. De mis hermanos, de mis hijos, de mis nietos y de los dos viejos que se empeñan en no perder la inocencia que los hace vivir seguros de que no todo está perdido. Día de mis amigas. Y de mi amigos. Porque yo tengo esta debilidad o esta fortaleza que me hace vivir creyendo que está en mí una parte de la paz o la felicidad de quienes me rodean. A los que por lo mismo, dentro de mí, tengo como si fueran niños.
Punto: No sabía qué regalarles a mis nietos que, como ya he dicho, juegan en el jardín lejos de mí, pero bajo mis ojos. Hace más de cinco semanas que nadie pone pie en la calle y que ellos vienen en coche desde su casa. Pero, “por si las dudas”, decimos. Busqué en el cajón de mis guardados y lo más que encontré fueron unos cepillos de dientes. Eso sí, con historia detrás. Son dos y vienen en uno de eso absurdos empaques de plástico que contaminan el polo norte. ¿Qué se puede hacer? si sólo así los venden. Un cepillo amarillo con rosa y el otro gris con negro. Pensé que los colores les gustarían. Pero, ¿regalarles unos cepillos de dientes? Ni remedio, pensé, así son las cuarentenas. Y bajé al jardín con mi regalo. “¡Miren los que les traje!” dije y se acercaron un poco. No les parecerá a ustedes creíble, -como no se lo parecía a su mamá-, la ilusión que les hicieron. A Lucio le gusta el amarillo y a Héctor el negro. El regalo ideal. Ahora ¿cómo se los doy?, me pregunté. Tenía las manos recién lavadas, puse en los escalones la caja abierta y me alejé. Cada uno se acercó, pescó su color y salió corriendo. Vivos de risa y con más entusiasmo que si fueran los coches que les trajo la navidad. No puede ser. La compra más burra que he hecho me dio esos resultados. Fueron a presumírselos a su mamá. “Son para jugar”, le advirtieron.
Yo no lo podía creer. Tanto así que he tenido que venir a contarlo. Es cierto: la felicidad no se busca, se encuentra.
¿Quién me lo hubiera dicho? Dos cepillos de dientes. Sin duda, originales. Por eso los compré, porque me llamaron la atención en una ida al super, hace meses, como al pasar, porque tenían cerdas extra suaves y de colores. Uno con cerdas negras y otro con cerdas azules. Qué cosa más rara. Compras de consumista: de una vez, dos paquetes de dos. Uno lo abrí al llegar. Y ¿qué fui viendo? Marca Colgate, muy normal, ni siquiera de esas que recomienda el dentista. Una marca tan de toda la vida que me remitió a nuestra casa de los años cincuenta. Jabón, pasta de dientes, cinco cepillos chicos y dos grandes, todo: Colgate. Más local imposible. ¿Qué otra marca? Buena compra. Como las de antes. ¿A quién se le ocurría entonces que todo eso no se fuera mexicano? La Colgate Palmolive, fabricante de Fab, parecía tan local como La Azteca que, decía la voz del locutor, era “la marca que ha dado fama al chocolate en México”. Nada más inescrutablemente cercano. ¿Y qué fui viendo? ¡Hecho en Suiza! Increíble ¿Qué tienen que hacer en el Superama de la Condesa, unos cepillos hechos en Suiza? ¡Una aberración! me dije digustada. Y los guardé. Nunca sabe uno. Cuatro meses después, semejante absurdo me hizo la fiesta.
Punto y aparte: Subí luego a responder una entrevista por Zoom. Todo fuera como platicar. Y esto de practicar la modernidad me hizo sentir cepillo de dientes de tres colores.
Punto final: Después de comer, conseguí cierta naturalidad. ¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón. Y tantán. Como si hubiera yo escalado el Everest. ¿Por qué me costaría tanto trabajo? Mandé mi deber. “Bien muchacha, gracias”, dijo Daniel, el cantante. “Ahora, hazme otra favor: igualito, pero filmado, mándamelo mañana.”
Signo de interrogación: ¿Qué? Uno de mayo: Hoy es mañana.
Día del trabajo: motivo suficiente para no dar golpe. Ahora, a quienes tuvieron la bondad de acompañarme hasta aquí, les dejo un beso. Grande.