Otra vez tengo que regar las violetas. He dicho ya que los días del encierro se parecen, pero que cada uno trae sus sorpresas. Ahora una cucharada de cocoa con azúcar puesta en una tasa de agua caliente, después de comer, cuando el cielo se nubla por completo y el calor se ha vuelto una brisa húmeda. No faltará quien diga que no hay nada mejor que una brisa húmeda, a mí toda brisa debajo de 23 grado me lleva a buscar cuanto antes unos calcetines, unos zapatos y una taza de chocolate.
También en la mañana tuve una sorpresa, pero no placentera sino de preocupar. Don José el señor de la basura ya no vino. Mi tocaya y yo estamos haciéndonos cruces para adivinar qué será de él. Por lo pronto, la campana del camión en que llega, ahora sonó hasta las diez, y vino sin él.

Punto y aparte: COC, mi gran amiga desde la segunda infancia que es la universidad, está afligida porque con sus ahorros compró un pequeño departamento que era una ganga y que no está resultando tal. Ella piensa rentarlo y que la breve renta le pague la mitad de lo que gasta. Es de una frugalidad gozosa. El departamento en que vive desde hace más de 30 años mide 35 metros cuadrados. COC siempre ha dicho que no necesita más. Vive entre libros, de papel y de aire. Rodeada también de películas que su hermano Pedro le manda por dropbox. Y oye música, todo tipo de música cuando descansa de sus otros dos placeres. COC tiene el horario torcido. Como casi siempre ha trabajado desde su casa, vive como los demás creemos que es una novedad vivir. Normalmente se duerme por ahí de las tres y despierta por ahí de las doce. Yo ya casi alcanzo su horario. Duermo de una a nueve. O de dos a diez. Hablé con ella hace un rato y me contó la historia del departamento al que ahora, cuando esto acabe si es que acaba, tendrá que enmendarle la instalación de luz y la de agua. Me lo platica y yo pienso que tal decepción debe tenerla angustiada, pero ella ha decidido portarse como la sabia que es y llevar el pleito en paz. Está leyendo a Pérez Galdós, un señor al que yo tuve la honra de presentarle, a ella que siempre ha sabido de libros mucho más que yo. Y de series. Es como Ricardo Bada, le gustan las policíacas de los países escandinavos. Yo me niego a verlas, además de porque no me gustan las policíacas, porque no quiero estropear mi idea de los países escandinavos. A COC la quiero de toda la vida, pero ahora la quise más, por aleccionarme con uno de los múltiples dichos de su abuela: “el dinero va y viene, la vida sólo va.”

Dos puntos: Recomiendan no ver mucho las noticias en torno al Covid, pero es que comparadas con las de la situación económica o legal por las que pasa nuestro país, dan más o menos lo mismo. Todas son de preocupar. Diría mi hermana, la primera etapa del desencanto es la negación. Yo digo que esa etapa la abandoné hace rato. De todos modos, cuando puedo, ¿Por qué no? Voy encontrando maneras de negar sin que se note.

Punto y muy aparte: Ayer, el director editorial de Nexos, el siempre docto y discreto Luis Miguel Aguilar, les explicó a unos jóvenes bien queridos lo que era un disco de vinil o de acetato. Creo que su voluntad didáctica exageró un poco con tal explicación, pero no sé. La gente joven sabe tanto y tan no tanto. Les dijo que a la raya que en el acetato dividía una canción de otra, le llamábamos surco. Y les contó que en 1972 Juan Manuel Serrat nos entregó un disco homenaje a la poesía de Miguel Hernández.
Hasta ahí, yo todo lo supe, pero el poeta Luis Miguel Aguilar siempre saca varias cartas de su manga. A mí la que más me gustó fue una relacionada con la Elegía para Ramón Sijé. Nada sabía yo de unos detalles que doblan la fuerza del poema que Juan Ramón Jiménez consideró excepcional. Y con razón. Vengan muchos de ustedes a saber, como yo, que Ramón Sijé era también poeta y su amistad con Miguel Hernández empezó desde que eran chicos. Jóvenes que en pueblo hacía una revista o una hoja que se llamaba en vez de la cresta del gallo: “La crisis del gallo”. Luego nos enteramos, por Luis, que uno se fue a Madrid y se volvió de izquierda, creo que comunista, y el otro simpatizó con la derecha y el movimiento falangista de Primo de Rivera.
Cuando Ramón Sijé murió, y MH escribió su Elegía, ya no congeniaban por razón de sus ideas políticas. Distancias provocadas por litigios que siempre son una sin razón, pero que en esos tiempos, como muchas veces en estos, eran irreconciliables. Qué tristeza.
Y qué de poema: Elegía. Oiga una voz decir el principio: En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo, Ramón Sijé, a quien tanto quería.