Me ha costado creerlo, pero escribí un discurso para la conmemoración de los 475 años de la fundación de Puebla. Empieza siendo un elogio, caminaba por el desasosiego y llega al final con alguna esperanza. Catorce años después, releerlo me hace reconocer que la esperanza de entonces ha tenido muy pocas razones que celebrar. Aquí se lo dejo, en el 489 aniversario de su findación. Y ya ustedes dirán.

Que la belleza nos acompañe
Por Angeles Mastretta

¿La llamamos Puebla de los Angeles o Puebla de Zaragoza? No sé. Hasta en eso somos caprichosos y ambivalentes respecto de nuestra ciudad.
La llamamos según vamos queriendo.
Yo que soy más drásticamente laica y liberal que don Benito Juárez, creo que el general Zaragoza cumplió su deber con heroísmo y, por fascinante que me parezca la leyenda, no creo que los ángeles trazaran las calles de nuestra ciudad. Sin embargo, creo que primero en tiempo es primero en derecho y que esta ciudad se llamaba “Puebla de los Ángeles” cuando el benemérito Zaragoza nos hizo favor de defenderla, sin pedir nada a cambio, cumpliendo su deber sin la pretensión de ganarse un lugar en la lista de nombres encimados que llevan los lugares por los que pasa nuestra historia.
“Puebla de los Angeles” la llamaron quienes tuvieron la ilusión de fundarla, quienes bajo el espíritu aventurero y valiente del Renacimiento, creyeron en la belleza de este valle, en la docilidad de su agua, en la maravilla de sus montañas; quienes quisieron cobijar aquí sus vidas y las de sus hijos, su idea del mundo, su música, su sofisticado conocimiento arquitectónico, sus emociones y la herencia del mejor occidente que haya existido: el que aceptó y bendijo la mezcla de las razas más distintas como parte y esencia de la suya.
Así las cosas qué más da el apellido que le pongamos a nuestra ciudad, qué más da la filiación que le va y le viene según el ánimo de quienes la gobiernan y quienes la viven. Nuestra ciudad tiene un nombre sonoro, hecho con un diptongo, tres vocales y tres consonantes. Hermoso nombre: Puebla.
Qué más da si es de los ángeles, es de Zaragoza o es de cualquier otra leyenda a la que nuestro ánimo quiera acogerse. Lo importante es saber qué tanto nos da, qué tanto nos importa nuestra ciudad: Puebla.
Yo digo que tengo reverencia por este lugar.
Tanta pasión y reverencia como tienen ustedes y muchos otros.
Tengo también, como tantos, a la hora de la hora, a la hora de defenderla, a la hora de cuidar su calles y sus árboles, la paz entre su gente, el silencio de su noche y el aire limpio de sus madrugadas: tengo miedo, tengo flojera, tengo ausencia y dejadez y falta de tiempo y ganas de no pelearme y encierro en mis pequeñas cosas y olvido.
¿Razones para celebrar? ¿Qué celebramos?
“En 475 años hasta los ángeles cambiaron”, dice la invitación que nos trajo el día de hoy, aquí. Me pregunto si cambiaron para bien. Se los pregunto, creo que conviene preguntárnoslo.
Todo poblano debe considerarse bien nacido porque nació en esta ciudad azul, que un día fue clara y siempre es generosa, porque sigue abrigándonos a pesar de la terquedad con que nos empeñamos en lastimarla. No hemos cuidado bien lo nuestro. ¿Para qué presumimos?
Hace quién sabe cuánto tiempo que no tenemos vergüenza, ni suficiente amor como para no dividirnos entre ángeles y Zaragozas las culpas y los desastres, los bienes y parabienes que hacemos con la estirpe de nuestra ciudad. Y no conseguimos ponernos de acuerdo.
Desconozco si los fundadores estaban de acuerdo en todo lo que hacían, es probable que no, pero sé que lograron acordar lo que hemos olvidado nosotros: la gran idea renacentista de que en esta ciudad ni los extraños pudieran perderse porque su perfecta cuadrícula dividía las calles en las del norte, las del sur, las del este y las del oeste. Ahora hasta en eso tenemos un caos. Cada fraccionamiento es una encrucijada de nombres redondos y destinos indescifrables. Lo transitan autobuses, taxis y automóviles de cualquier ralea, en un desorden y haciendo un ruido que haría palidecer a cualquiera de los otros fundadores nuestros.
Las siete condiciones de la ciudad ideal de Platón estuvieron entre los sueños y en mucho de lo que hicieron realidad quienes fundaron Puebla.
También fue una idea sabia fundar la ciudad cerca del río. Casi todas las grandes ciudades giran en torno a la vida de un río. Imposible pensar en Roma sin el Tevere, en Paris sin el Sena, en Londres sin el Támesis, en Nueva York sin el Hudson, en Sevilla sin el Guadalquivir.
Nosotros, a falta de uno, teníamos dos ríos. ¿Qué hicimos? Entubamos el preclaro río San Francisco que pasaba aquí mismo: desde aquí podríamos estarlo viendo si no lo hubiéramos ensuciado hasta desecarlo; y hemos vuelto negras y pestilentes las aguas del río Atoyac. Algunas de nuestras catástrofes naturales, los ríos y arroyos retomando su cauce a la brava, las hemos provocado nosotros.
Hace no mucho, teníamos el agua de una presa llamada Valsequillo, que nuestros hijos no alcanzaron a conocer sino como algo negro que podríamos llamar hidrógeno, porque el oxígeno 2 lo perdió el lago por ahí de los años setenta del siglo pasado. Aniquilamos lo que otros construyeron con el esfuerzo y el estruendo y el costo de una obra mayor. Y así. El jardín de las Trinitarias lo convertimos en explanada y el arroyo de Xonaca en calle. Así. Por ejemplos, no iba yo iba a parar.
Ni modo, dirían muchos: las ciudades crecen, el mundo progresa, la libertad de empresa conlleva desastres. ¡Aleluya! Vamos a decir que sí. ¿Y qué más?
Igual que la anterior generación se permitió tirar edificios bellísimos como el Palacio de Micieses y parte de la casa del Deán para construir monstruos como el cine Reforma y el cine Coliseo, nuestra generación se ha permitido ver cómo en sus narices una zona destinada a reserva ecológica se convirtió en centro comercial. Ni modo. Ya pasó así. Ya vimos grandes películas en esos cines y fuimos felices bajo esos adefesios, ya compramos con toda placidez en las nuevas tiendas, y vivimos bien en los fraccionamientos construidos sobre la tierra que se expropió barata a unos campesinos a los que no se invitó al negocio.
Hay esperpentos por todas partes, construidos con toda clase de esfuerzos. Lo mismo por los defensores de los ángeles que por los fieles de Zaragoza. Ahí están por un lado la iglesia del Cielo en el cerro de la Paz y por el otro el monumento de los cañoncitos en el fuerte de Loreto. Ahí están los ángeles de fibra de vidrio que asustan en el nuevo túnel y las unidades habitacionales señoreando el cielo con todos los tinacos negros que es posible poner juntos.
Hemos hecho mil barbaridades, nos hemos peleado al grado de que en 1909 había en la ciudad noventa clubes antirreleccionistas y en 1910 no pudo salir de entre ellos un candidato a gobernador por el nuevo régimen.
Es probable que hayamos empezado desde antes: en el siglo diecisiete, un obispo hostilizó a las monjas que vivían encantadas en su conventos, sin que nadie las mangoneara, y no paró sino hasta rendirlas por hambre.
Y así. ¿Quién entregó a los hermanos Serdán? ¿Y quién a las monjas de Santa Mónica? ¿Quién ayudó a desbaratar el centro de la ciudad en los años cuarenta? ¿Y quién empezó la guerra entre la Universidad de Puebla y la otra mitad de Puebla, en los años sesentas? ¿Quiénes, con qué legitimidad, expropiaron los terrenos que están sobre esta avenida en lugar de invitar a sus dueños a unirse al proyecto? ¿Quiénes?
Nosotros: poblanos de un lado y poblanos del otro.
Cómo y cuánto nos hemos peleado. Cuánto y cómo hemos destruido. …Para saberlo.
Pero también, por fortuna, es hora de decirlo, para eso estamos aquí el día de hoy, aunque yo parezca una tlacuila enviada por algún diablo para dibujar sólo nuestros errores, también cuánto y cómo hemos conseguido acordar. Eso también lo sabemos. ¿Quién construyó la fachada de San Francisco? ¿Quién la plaza de Santo Domingo? ¿Quién la fuente de San Cristóbal? ¿Quién el mercado de la Victoria? ¿Quién la estación del ferrocarril? ¿Quién la plazuela de los Sapos y el auge de los bazares? ¿Quién las fábricas de hilados y tejidos? ¿Quién la Biblioteca Palafoxiana? ¿Quién las nuevas librerías? ¿Quién la laguna de San Baltasar?
¿Quién construyó el Carolino y quién lo recuperó y lo mantiene? ¿Quién el Teatro Principal? ¿Quién hace viva la vida en la avenida Reforma y en muchas y hasta en los nuevos ejes viales? ¿Quién arrulla con su fiebre a los volcanes y llena los nuevos cines y acoge a quienes llegan de otros sitios? Nosotros, también por fortuna, nosotros, poblanos de uno y otro lado. Poniéndonos de acuerdo, recordando nuestro origen y ocupándonos en mejorar nuestro destino. Creo que estamos a tiempo. Cuánto y cómo podemos reconstruir, recuperar, volver a fundar. Y cuánto nos falta por hacer.
Puebla ha sido elegida patrimonio de la humanidad. No sin razón. Esta ciudad es una maravilla y a pesar nuestro, pero también por causa nuestra está llena de maravillas.
Sí hay razones para celebrar la fundación de Puebla, la rara fundación de una ciudad que no atropelló las construcciones y los templos de otras culturas para cimentar su esperanza, la voluntariosa fundación de una ciudad que desde sus orígenes fue un crisol y hasta la fecha está empeñada en serlo.
Hay en el aire de este lugar, en las historias que habla su gente, en la intensidad con que llegan a quererla quienes viven aquí sin haber nacido aquí, una extraña mezcla de mundos extraordinarios que inevitablemente tiene que servir para volver a la idea creadora, vital, generosa y alegre con que se fundó esta ciudad.
Gente venida de todas partes ha dejado aquí a sus hijos y al tesoro que fueron su vidas y ha enriquecido este lugar nuestro sembrándole árboles para invocar su bosques, construyendo iglesias y campanarios, puentes, fábricas, caminos.
A pesar de nuestra mala fama, los poblanos tenemos una prodigiosa habilidad para integrar. Yo soy nieta de un emigrante y ¿cuántos aquí no lo somos? Hasta en la comida hemos demostrado nuestra enorme destreza para mezclar, integrar, crear alianzas.
No la desperdiciemos. Hagamos otra vez un acuerdo: esta ciudad no puede encaminarse sin remedio al desorden y la suciedad, a la devastación de su ambiente, la desaparición de sus parques, el descuido en sus necesidades de agua, el abandono de su gente más pobre en lugares a los que después resulte imposible llevar los servicios más elementales. No puede convertirse en el monstruo indomable que es ya la ciudad de México.
Puebla de los Ángeles, Puebla de Zaragoza, Puebla nuestra, merece que la tratemos con cuidado, merece que protejamos su centro histórico, su aire, la convivencia entre sus habitantes, sus parques, su agua, sus árboles. Merece que seamos capaces de vivirla con regocijo, puestos todos los días en la búsqueda del mismo afán con que fue creada: ser un lugar bello en el que vivir con belleza.
Hagamos pues que la belleza nos acompañe. Que la belleza nos acompañe no sólo a invocar nuestro pasado, sino a recrear y bendecir nuestro presente.