Hace rato que empezó a llover, ahora mismo está granizando. Aunque habrá quien no lo crea, ha sido día lleno de prodigios. Y todos, dentro de la casa. Empezó con la luz tras las persianas disimulando un sol ya muy despierto.

La luz de las nueve de la madrugada. Y a bañarnos con siete estropajos. No sé para cuidarnos de qué, porque llevamos siete días apertrechados. Ni a la farmacia. Apenas ayer vino Superama con el que con que de que faltaba la mitad de lo que pedí. Al rato llamó una señorita muy educada para decir que siempre sí había aceite de oliva, pero que uno calificado de verde oro y que costaba más. Lo pedí. Llegó una botella grande, como antigua. En efecto con un aceite verde oro. ¿Qué más podía yo pedir? No hubo la mantequilla. Ni modo. No hubo cloro, no importa. No hubo, ¿qué? No importó. Nos fuimos a ver la tele y a dormir con nuestra cena tradicional. Tortillas con aceite español. Y muchas malas noticias. Ni siquiera las mencionaré. Sólo hay una que hasta ahora recuerdo, pero dije que no mencionaría ninguna. Ya ustedes las saben. Pero eso fue ayer. Ahora el desayuno quedó muy rico y el jugo de zanahoria que sale de un exprimidor viejo y ruidoso, también. El olor de café que bebe mi cónyuge como un conjuro me despertó a la dicha del silencio. Yo lo tengo prohibido, pero el aroma acompaña siempre la inocente delicia del té con pan tostado. Y la conversación.

Cada detalle se vuelve esencial cuando no le entra el ruido. Hablamos de política y políticos, pero como quien habla de algo que pasa en Marte.

Luego, mientras oigo Esta boca es mía, el disco de Joaquín Sabina en el que está esa canción que anoche nos recomendó Daniel por el chat de hermanos, —y me voy riendo con las ocurrencias de este pirata con pata de palo al que se le ocurren toda clase de rimas extraordinarias—, tiendo la cama que se ha vuelto tan fácil de arreglar desde que se inventaron los muchos cojines y el aparente desorden de uno de los mejores sitios de esta casa.

Después empieza el jolgorio de los correos y los periódicos por internet, del largo chat con mis varios mundos, del Twitter. Y Mozart dándole vueltas al piano con el que tantas maravillas hizo. Doy una pasadita por Sor Juana, como quien le pone azúcar al mediodía. El tomo I de las Obras completas, está en mi escritorio incluso cuando quito todo lo demás para que parezca que tengo orden en la cabeza. Se ha ido poniendo amarillo.Me regalo cuatro versos: una delicia.

Por fin, después de varios pretextos, empiezo a pensar que tengo que pensar en escribir el libro con la serpentina de Puebla. Así le llamamos, mis tres enterados y yo, a la retahíla de historias que salen una detrás de otra cuando aparece la más mínima sugerencia de aquel mundo. Por ejemplo: el gobernador Barbosa que, como casi todos, no sabe cómo tratar con el lío del famoso coranavirus, no tuvo mejor idea que hacerse el que encontró que una familia de apellido chipileño llevó a Puebla el Covid-19. Yo no conozco a los que ahora llevan ese apellido pero quizás estos contagiados por el infortunio de esquiar en nieve sean los hijos y los nietos de los de mis épocas. Ellos, como dice mi hermana, “eran” chipileños. Cuando se fueron a Puebla se volvieron poblanos, de la capital, y les dio por esquiar. Igual y nacen con nostalgia de los Apeninos.

¿Qué les digo? Detrás de los chipileños viene el recuerdo de mi papá llevándonos a visitar a una monjitas que hablaban un dialecto del italiano que ya no se habla ni en el Veneto. Abríamos las puertas del coche y se llenaba de moscas. Chipilo era una colección de establos en los que vivían unos rubios preciosos. Niñas y niños corriendo en el atrio de una pequeña iglesia, junto al cerrito en escalones que es el cementerio. Comprábamos quesos y volvíamos con los vidrios abiertos para que el aire ahuyentara a las moscas. Cinco niños y dos papás en un Fiat. No sé cómo se hacían esos milagros. Sin duda porque nadie usaba cinturón de seguridad y a los niños no nos importaba ir apretados. Y si nos importaba, ni quién nos preguntara nuestra opinión. Una infancia feliz, entre otras cosas, porque no había mucho qué decidir. Una paleta helada y en la tarde un Sidral. Así algunos domingos nuestros y los de mi mamá, que tenía como treinta y dos años y ni de chiste hubiera dicho, —como una de las gripientas entrevistadas en los muchos canales de video que ahora tiene la vida—, que se aburría. Mi papá no quería más que esa paz boba. Y con razón. Ya de guerras había tenido suficiente. Total, Puebla. Eran guapísimas las chipileñas y cuando se casaban con poblanos pasaban a mejorar la especie de algunos, a pesar de que la ciudad se estremeciera con el desacato que era llevar campesinas a las mesas de mantel largo. Pero como tenían ojos azules, melenas clara y piernas largas, ni quien menospreciara tales bellezas. Pasaba lo mismo, aunque con menos frecuencia, con los hombres de Chipilo. Si alguno de esos campesinos casaba con niña bien, era porque el establo de su padre había dado para poner una tienda de muebles en la calle 5 de mayo. Mismo cinco de mayo cuyos festejos se han postergado este año por esto del virus que según el gobernador llevaron a la ciudad los bisnietos de los primeros chipileños. Y así. Así es la serpentina que no escribo. Porque tendría que describir a cada personaje y detenerme en sus bocas y sus pies para contar un libro que se pueda empastar y llamarse novela. 

Mejor veré si Ricardo Bada sugirió tiene algo para entretener el ocio que nunca tengo. Ha escrito Mercedes Casanovas que le dieron a su agencia el premio de la Feria de Londres. Aunque la feria se haya suspendido por causa del célebre virus que ya no quiero mencionar para no aburrirlos.

También escribió Lijiana Arsokova, la encantadora y sabia maestra que enseña el idioma chino en el Colegio de México, para avisarme que no vendrá Liu Zhenyun, el escritor de La palabra que vale por diez mil y todos los libros que quieran ustedes imaginar. No pretendo inventarles nada para impresionarlos. Yo no sabía quién es este fantástico personaje que lo mismo ha sido guionista de cine que escritor de culto y best seller al que yo no tenía el privilegio de conocer, sino hasta que ella me invitó a presentarlo. Una vergüenza. Me ha dicho que el libro Yo no soy una mujerzuela vendió 40 millones de ejemplares. Ya luego vi que en inglés le pusieron I am not Madame Bovary, pero en realidad no sé cómo le pondrían en chino. No he llegado a ese libro porque estoy detenida en el viaje que hace un padrastro en busca de su hijastra con la que necesita hablar. Qué tamaño de escritor y yo en la luna. Es nueve años menor que yo. Digamos: menos mayor que yo. No sé cuántas vidas voy a necesitar para leerlo. Pero antes de que vuelva, que volverá cuando pase todo esto de lo que culpan a los chinos, tendré leído lo suficiente para hacerle la reverencia que se merece.

Luego he visto los chats. Digamos mejor que he pasado ahí varios ratos. Los chistes de ociosos y bebedores han ganado la competencia de hoy. El mensaje de mi ahijada Mercedes Aguilar a sus papás, doctora apasionada haciendo su especialidad en un hospital, para explicarles la razón por la cual no podrá volver a vivir con ellos en un rato, que adivinar cuánto durará, la mejor prosa. Y el enlace a la crónica del New York Times sobre Trump hablando del valor con el que ha enfrentado una epidemia de la que casi apenas acaba de enterarse, algo para reírse un rato largo. Buenísimo. Por el mismo fantasioso chat llegó la noticia de que la mamá de Paolo Giubellino, ha puesto su bicicleta viendo al paisaje para hacer ejercicio, mientras dura el encierro, a los noventa y cinco años. Como los físicos no se dan aire como los futbolistas, los cantantes y hasta los escritores, recuerdo aquí que Paolo es uno de los grandes físicos del mundo, entregado a entender las colisiones de la alta energía nuclear, un sabio sencillo al que como a las mejores personas le preocupan su mamá y su hijo. Es amigo de Verónica mi hermana, así, pegado, como decía Germán Dehesa que le digo, y le ha escrito para contarle que al fin ha podido volver a Italia porque el pico de la crisis lo pescó fuera y costó mucho salir de un país sitiado para pasar a otro.

¿Qué más? Catalina, luz de bengala, leyó que el virus no viene en la comida, así que mandará pedir mi pan de nuez. Vinieron los niños con su mamá. Brincaron en la cama elástica y corrieron por el jardín sin hacerme mucho caso cuando salí a saludarlos desde mi azotea. “Si ésta no va a venir a jugar que no nos quite el tiempo pretendiendo una conversación”, supongo que pensarían.

Después de comer regué todas las macetas de mi abigarrado patio, sólo para que al poco rato empezara la lluvia. Y ahora que esto les cuento estoy cayendo en la cuenta de que a pesar de que pasó por mi escritorio una hormiga negra y mucho más chica que la punta de un lápiz, la comezón que he estado sintiendo más bien se ha de deber al pescado ahumado que comí al mediodía. Porque tendría que estar sentada en un hormiguero para quererme rascar desde la orilla de los ojos hasta la punta de los pies. Como si tuviera por dentro burbujas de agua mineral. Dispersas comezones. He decido tomar un anti alérgico. Tardé en la decisión porque dicen que baja las defensas lo que contiene cortisona y como al siglo XXI le ha dado por detestar la cortisona tanto como se le amó en el pasado, quise ser precavida. Pero entre morir de una cosa y morir de otra, mejor de la que me queda más lejos.

En fin, ya estoy lista para bailar media hora, cosa que recomiendan para “sobrellevar” el encierro contra el que yo no tengo nada. He dicho que he ido de una diversión a otra. Ahora bajaré a ver la película de Arturo Ripstein con guión de Paz Alicia García Diego. Se llama “El diablo entre las piernas”. Dicen ellos que todos los amigos que la han visto les han quitado el habla. Yo no lo haré.

Por lo pronto, música para hoy: Ojalá que llueva café del cielo.

Y, espero que, hasta mañana.