Hay épocas que nos llevan a la infancia. Meses en que la juventud, o su memoria, toman todos los días y nos alzan en vilo. Ésta, la del virus inexpugnable, me lleva sin remilgos a cuando aún estaban vivos mis primeros muertos, y su presencia —como la eternidad— era un cobijo imposible de apreciar.

Ahora yo estoy entre los viejos. No sé cómo pasó todo tan rápido. Mis hermanos están entre los viejos. Casi todos mis amigos, hasta la ropa de ayer parece vieja. Hay que quitársela, echarla en agua, aborrecerla. Estos tiempos de sosiego que nos hacen temblar, serán recordados por mis nietos como los meses en que a la abu Geles le salieron ronchas y por eso no podía acercárseles.

Ayer me las pinté en el brazo, para enseñárselas desde mi azotea, mientras los veía jugar de lejos. Unas pintas de tubo de labios rojo, porque no puedo explicarles de otro modo que los niños pueden ser peligrosos para sus abuelos. Por fortuna este mal del coronavirus tiene un bien mayor. A los niños no les hace nada.

Musica para hoy: “Sempre libera”.

Y mañana veremos.