Ibamos de una boca a la otra primero con temor y después con euforia, como si el mundo apenas hubiera nacido. Y en nuestra actitud no sólo había emoción, sino incluso fervor y reverencia ante lo inaudito. Como no estábamos educadas sino en el la idea del sexo por amor, tendíamos a enamorarnos en segundos del hombre con el que lo hacíamos, y de ahí que padeciéramos con frecuencia la mirada indiferente y el olvido de hombres que aprendieron desde casi niños a dividir sexo de amor y a sólo juntarlos ocasionalmente, cuando pensaban en casarse o los partía el rayo inevitable del enamoramiento.
Eramos inciertas y febriles como el mes de marzo. Y no teníamos miedo. ¿A qué íbamos a temerle? Todo estaba perdido. O mejor aún, todo podía ganarse: la libertad, la justicia, el amor, la inteligencia. Teníamos veinte años, que era como tener el mundo y abrazarlo. Casi todas estábamos enamoradas de un imposible. Sin embargo, entre encuentro y encuentro con sus ojos escasos, hacíamos el amor, o lo intentábamos en busca de sosiego, con quien más rápido y menos mal nos lo pidiera.
Habíamos dado con el amor libre como quien da con un río. Y parecía cosa de navegarlo con quien fuera, porque lo otro hubiera sido dejarlo ir, y dejarlo ir era morirse antes de tiempo.
¿ Y quién quería morirse en esos años?