En 1971, tras varios intentos de encontrar una carrera universitaria que al mismo tiempo fuera una pasión y un destino, entré a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, a estudiar lo que entonces se llamaba Ciencias de la Comunicación. ¿Qué iba yo a aprender ahí? No tenía mucha idea. Pero algo tenían que enseñar en ese lugar pequeño al que rodeaba una inmensidad.

La primera clase estaba citada en el salón uno, que era el más grande y tenía los pupitres puestos en escalones como un auditorio. La materia a estudiar se llamaba Teoría de la Comunicación. ¿Qué cabía bajo semejante nombre? No lo sabíamos la mañana en que conocimos al maestro Froylán López Narváez. Lo supimos muy pronto y para nuestra fortuna: cabía de todo. Unos veinte, de entre esos muchachos, elegimos ser sus alumnos por varios semestres. ¿Por qué? Pues porque el profesor estaba lleno de ideas provocadoras y de unos conocimientos rarísimos y desafiantes. Cosas cruciales que entre más rápido pueda uno responder, mejor.

Parece que lo oigo: “Vamos a ver, señoritas y señores ¿tienen ustedes idea de por qué están aquí? ¿De qué se tratan sus vidas? ¿A dónde quieren ir con ellas? Pregúntenselo bien, porque aquí no se viene a ocupar un asiento para salir con la misma cara con que se entra.”

Sí, así era, nos trataba como lo que éramos, unos ignorantes ávidos: “¿Quién aquí lee varios periódicos al día?” Nadie levantó la mano. “¿Quién lee dos?” Nadie levantó la mano. “¿Quién lee uno?” Algunos levantaron la mano. Yo no. Y muchos tampoco. Había que pararse frente al quiosco y leer las ocho columnas. No teníamos para comprar varios periódicos. Y a mi casa de huéspedes no llegaba ninguno. “Vayan a la hemeroteca que para eso existe. Y aprendan a elegir lo que les parece verdad y lo que no”.

Ahora el mundo es una hemeroteca, a veces una hemeroteca insufrible. Ahora los maestros también tendrán que enseñarles a sus alumnos a discernir. ¿Qué es cierto?

De entre los veinte que nos reunimos, ahora, una vez al año, no sé cuántos no se sintieron regañados. “¿Y ustedes quieren ser periodistas?”, dijo. “Así no van a llegar ni a huesos.”
¿Qué será ser hueso? me pregunté. Quizás muchos jóvenes se lo pregunten ahora. Yo no había estado nunca en la redacción de un diario. No sé cómo son ahora, pero entonces eran unos galerones llenos de escritorios desvencijados y máquinas que hacían ruido de trenes mientras las tecleaban muchos hombres y a veces algunas mujeres, a toda velocidad. Iban saliendo las primeras cuartillas y quienes estaban concentrados en sus textos al terminar una gritaban ¡hueso!, para no levantarse de su asiento y perderle el ritmo a la nota. Entonces, como quien levanta las pelotas que salen fuera de la cancha de tenis, un muchacho recogía la cuartilla de la mano extendida del reportero y la llevaba al escritorio de la mesa de redacción. Esos muchachos se llamaban huesos. Hoy son una tecla.

No era fácil entender la ironía de un maestro al que veíamos mucho mayor que nosotros, pero entendimos que su deseo de provocar era un refinamiento. Ahora, a los setenta, se siente que alguien diez o doce años mayor que nosotros no nos lleva tantos, entonces, para unos jóvenes de diecinueve años, una persona de 32, era mucho mayor. Y sabía de todo y de todo contaba porque era antes que nada un gran lector y un lector contagioso. De lo que iba leyendo nos iba contando, viniera al caso o no. Siempre venía al caso, lo que supiera lo queríamos aprender. No les hablábamos de tú a los profesores, ni nos metíamos en su vida.

Sin embargo, el profesor López Narváez sí se metió en las nuestras. Y las cambió.

A propósito de las ciencias de la comunicación, un día nos enseñaba filosofía y nos hacía leer los arduos textos del profesor Nicol y otro día de sicoanálisis, y otros de la patria encendida o un poeta. Navegaba. Al parecer no iba al punto, pero la suma de sus conocimientos y su pasión por enseñar fue mucho más importante. “Los libros no son juguetes, pero quienes leen aprenden a jugar”. Y tenía razón. Cuánta razón. La vida suya, entonces, una tercera parte de la nuestra, fue entrando en sus alumnos, los que quisimos entenderle. Y nos marcó. Porque es maestro el que enseña a aprender.

Que “la rumba es cultura”, esto que ahora parece una obviedad, nos lo enseñó una noche, en la que como parte de nuestra educación, nos llevó a un bar perdido en el centro de la ciudad, entonces del todo frecuentado por trabajadores de edad mediana e ingresos menos que medianos, dispuestos a gastar para sentarse a oír música, en vivo. Música que así de cerca, así de espontánea, así de fresca, yo no había oído nunca. Y muchos de los demás, tampoco. El Bar León. Se oye de tal modo lejano. “¿Usted señorita, no se distraiga, ¿en qué está pensando?” Y ni para decirle. Entonces, para mí, todo estaba por pensarse.

No sé lo que habrá sido para nuestro maestro Froylán darles clases a jóvenes que creen saberlo todo. Pero qué paciencia habrá tenido. No todos sus alumnos lo entendieron. Muchos lo veían raro. Y algunos lo veían de otra parte. ¿De dónde salía ese señor con esas ínfulas, que tenía un coche desvencijado, seis hijos, pocos diplomas? Y ¿por qué una columna en el Excélsior de Scherer, tres veces a la semana?

Por algo sería. Quienes eso entendimos, mejoramos con su vida, la nuestra.

Que una parte esencial del trabajo es el trabajo en sí, también lo aprendimos con él. ¿Qué más? De honradez, de congruencia, de insensata obsesión por el país y la justicia, de generosidad, también aprendimos con él.

—Profesor estoy tristísima— le dije un día tras la muerte de mi padre—. Ya no puedo creer en Dios.

—No se preocupe— me contestó—. Dios cree en usted.

¿Cómo no lo vamos a querer? Si nos ganó para siempre. Hablo por mí, profesor, y por su grupo de 1971 a 1974. Gracias por todo.