Vino a entrevistarme una amiga ardiente. No es que la tele reviva, sino que tuve que revivir para la tele, porque ya le debía muchas semanas de atraso. Así que casi tras una trinchera de medicinas, estuve lista, vestida y alborotada, tempranísimo: ¡a las doce del mediodía! El programa se llama “Nosotras” y pasará en el Canal Once, por ahí de marzo. Mi amiga se llama Silvia Hernández y de sus méritos he de contar otro día.

Punto y seguido: Nada más fácil, ni más arduo, que hablar de la propia vida. Pero si lo llevan a uno de la mano, hacia cosas que no recuerda siempre y que acuden de pronto convocadas por quién sabe qué magia y como respuestas a alguien que no hemos visto hace mucho, pero que desde siempre es cercana, resulta hasta emocionante. Hoy, así me pasó. El equipo del canal estaba formado por nueve jóvenes que nos oían con tal interés, hablando de lo que en sus ojos vi que resultaba un mundo raro, que fui recuperando atisbos y contándolos como al pasar, pero divertida con que a alguien le parecieran nuevos.
Y sí, hay cosas de entonces que ahora son imposibles. Viajar a la universidad, en el sur, y de ahí al trabajo, en el centro, pidiendo aventón y subiéndose a autos desconocidos, era tan común y me ayudó tanto a vivir en la supuestamente arisca ciudad de México, que contarlo me alegró como si lo viviera de nuevo. Y recordar que llegué de Puebla a estudiar a una universidad simplona y protegida de la que me escapé para entrar a la deslumbrante, inmensa y al mismo tiempo acogedora y generosa UNAM, me conmovió como casi nunca.

Punto: Qué alegría fue recordar ese desafío. La primera vez que la vi, inaudita y luminosa, llena de vidas y de cambios, me entró al alma por los ojos. De ahí era yo y de ninguna otra parte. De la Universidad Autónoma de México. Ahí, al estadio, fui a hacer el examen de admisión sin más instrumento que un lápiz y mi certeza, salida de quién sabe dónde, de que podría entrar a estudiar periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Visto, desde ahora, 1971 me permitió el sueño y lo tuve a mi alcance. Ya no sé qué hubiera sido de mí si el examen hubiera yo tenido que hacerlo en este tiempo, cuando todo se ha vuelto más arduo y hay menos lugar para las fantasías que tocan tierra, pero entonces por doscientos pesos al año, en lugar de cuatrocientos al mes, les di a mis padres una congoja y entré al paraíso. La UNAM me rescató de un medio que atosigaba y me abrió a las emociones y la inteligencia aprendidas desde mil lados distintos. No tengo, ni tendré nunca cómo agradecer esa fortuna. La sorpresa de ese caleidoscopio no se paga con nada.
Dos meses después de ese descubrimiento murió mi padre y, yo, durante años, creí que por la aflicción que le provocó la pura idea de que su hija, con epilepsia, sobre cuidada, quedara a merced de esa inmensidad llena de riesgos. Siempre voy a lamentar que no haya vivido para ver lo crucial que fue mi necedad. Hace ya mucho tiempo sé que mi papá murió porque así lo decretaron su cuerpo y la madre naturaleza. No yo. Pero ese otro cantar, mejor dicho, otro penar.
Punto y aparte: Ahora he vuelto a la memoria de aquella FCPyS, que era pequeña y tenía un jardín en medio, una cafetería diminuta atendida por un hombre que se multiplicaba por mil, bajito y con una servilleta al hombro, llamado Tacho, al que era tan fácil querer y admirar como quisimos y admiramos a nuestros profesores. Qué profesores tuvimos, a qué lugares nos llevaron sus historias. Nuestra carrera se trataba de todo. Había que aprender un atisbo de todo. De filosofía, de literatura, de historia, de lo que se ofreciera. Había un curso, en primer semestre, que se titulaba “Sociedad y política del México actual”. Díganme ustedes si semejante título no lo abarcaba todo. Díganme ustedes qué tendría que enseñar un maestro, ahora, para cumplir con tal ambición. Y todo era así de generoso: Periodismo y literatura. ¿Qué amplitud de conocimientos había que hallar ahí en cuatro meses? Bueno, pues ahí cupieron Tolstoi y Flaubert, Stendhal y Rulfo. Nombro a algunos de mis maestros para ver si al hacerlo convoca algún hechizo. Recorro sus apellidos, digo dos. Froylán López Narváez nos enseñó a resolver acertijos, Gustavo Saénz me descubrió una vocación y me dio un trabajo. A cambio de nada, de oírlos con curiosidad, ellos me fueron poniendo cerca sus propias mil maravillas.
Punto Final: Era una gloria esa universidad. Lo que tantos encontramos ahí, quisiéramos que muchos, miles, millones sigan encontrando. Verla en riesgo, como ahora, nos pone a temblar. Y nos da una tristeza que no sirve de nada y una sensación de impotencia que paraliza. ¿Qué podemos hacer?
Punto Final: ¿Cómo llegué aquí con esta pregunta? Como siempre, dando vueltas hasta llegar a lo importante. A lo urgente.