Mis muertos, como los de cada quien, van conmigo a todas partes. Algunos días los siento mirando sobre mi hombro. Desde ahí aprueban o dirimen. Hace poco pude oír sus voces entre la mía que a su vez hablaba, de ellos y la felicidad, a la paciente luz de una asamblea. Creo que los muertos no se aburren, pero yo tenía miedo de aburrir a los embajadores.
Mis muertos, como los de cualquiera, andan diciendo cosas que sacan de la nada. Y escuchan de otro modo. Cuando digo alegría se quedan quietos, si oyen clavel vuelven a estremecerse de nostalgia. Ese día, en el Salón de las Américas, me empujaron desde lejos. Como si dijeran no vengas con que no sabes cómo hacerlo, porque esto es jugando, para temblar no te educamos.
La muerte de los otros provoca un temblor tal, que educa en la certeza de que es imposible morirse de miedo.
Anda a jugar que de la muerte sólo sabes lo que inventas, porque la muerte es un invento de los vivos. Anda ve, di una fábula, revive una quimera, adivina un ensalmo.
Mis muertos son volubles, a veces se me esconden y otras se paran en mi cabeza, como la llama del Espíritu Santo, con la pretensión de iluminarme aunque no lo consigan. De repente, si la imperiosa luna trae con ella sus nombres, les pido que aprieten mi corazón para consolarlo porque no están.
Cuando murió mi padre, él fue el único muerto de aquel año. Así era entonces. Casi nadie moría. De ahí nuestro arrebato. De ahí que Dios y el azar sean uno mismo y por lo mismo nadie.
Dos años antes murió la hermana de mi madre, que era tan joven como yo fui hace mucho y tan alegre como debiéramos ser todos. Ella regresa siempre que voy al mar.
Al poco tiempo murió la hermana de mi abuela, una especie ya entonces en extinción, que vivió hasta el último día entre lo inverosímil y la catedral. Ya lo dije otras veces, porque uno no hace sino repetirse, ella viene cuando me urge una película de llorar.
Luego murió mi prima Tere, que tenía veintiocho años y era casi una niña con seis hijos. Pálida y ferviente, todavía viene cuando una de sus niñas aparece en mi buzón con el nombre que ella le dejó bordado en un cojín.
Al final de ese círculo, mi abuelo Sergio se durmió de repente, engañándonos. Así fue siempre. Él y mi padre son mis dos muertos más queridos. He hablado mucho de esas cicatrices. Con ellos terminó la rueda de santos que perdí entonces. Con ellos el estupor indómito que da la muerte cuando la vemos por primera vez.
La más querida de mis muertas es mi madre, sólo que ella todavía no lo sabe, porque no he podido hablarle, se niega a ser fantasma o fantasía, así que sigue siendo la muerte misma metida en mis costillas. Seis meses antes de perderla nos dijeron que lo mismo podía vivir dos que diez días. A veces, cuando estaba durmiendo, imaginé que ya se había ido de su cuerpo el ángel que nos da cuerda por dentro, pero ella volvía a abrir los ojos que se le fueron haciendo transparentes y pedía agua, o unas calabacitas a fuego lento. No se irá nunca, pensamos, mientras se estaba yendo. Tenía pasión por los árboles. Y culto por sus hijos. No se quería morir para no darnos esa pena. Nadie que yo conozca se ha negado con tantas fuerzas a la muerte. Ni Maicha, señora de los leones, ni tía Luisa, ni Mayu, ni Sabines que quisieron vivir más que a sus vidas. Ni siquiera Doña Emma, que peleó como brava contra la enfermedad y en contra nuestra, que no queríamos que fuera a ningún lado, con su conversación iluminada y sus dedos heroicos. Sólo Luisa la niña batalló más, pero no pudo más. Era de otro planeta, allá ha de estar, porque su hermano pierde la cabeza siempre que sale la primera estrella. Ha de andar como Eduardo, mi ahijado, cuya risa era un lujo de tal suerte, que a veces se detiene en el aire y desde ahí convoca un puño de diamantes.
Los voy nombrando y pesan en mis hombros. Pesan sobre mis ojos y en mis manos. Cinthia y el horizonte en que bailaba, Pablo tocando una guitarra cerca de los sauces. Mata y Vives, como un espejo, acompañándome a penar un solo imposible bajo sus nombres arrancados. Y Soumy hundiéndose en el todo de tantos, con una suavidad que quita cualquier miedo.
Voy pudiendo nombrarlos, pero con sentirlos me sobraría. Tengo una carta que mandó Julia Guzmán hace treinta y cinco años, la encontré ahora, sobreviviendo a los varios incendios que han dejado mis cambios de estudio. Ella era escritora en un tiempo en que serlo parecía un remilgo a la dorada profesión de esposa. Augura ahí que yo sería lo que ella. Por darle la razón creí eso un tiempo. Ahora escribo sin más y la recuerdo, con sus lentes colgando de unos hilos, con sus ojos colgando de un abismo. Vi a Pastor su marido, ateo como los de antes, con un tiro en la sien y un recado también como los de antes: que no se culpe a nadie de mi muerte. Aún enhebro un enojo, cuando se me aparece su estampa derrotada.
Una parte de mis muertos casi no me supo. Yo sé mucho más de ellos. Mis abuelos paternos me vieron unos años, esos en los que fui un escarabajo rubio que apenas sabía hablar. Mi abuela Ana, cuando estoy memoriosa, me ve creerme culpable porque el día que murió sentí alegría: no iríamos al colegio. Sin embargo tengo tatuada en alguna sinapsis la voz más triste que he oído en mi vida, diciendo que había muerto la abuelita. Mi papá volvió a Italia contra la voluntad de su madre que vio venir la guerra con tanta pena como euforia le daba a su marido. Porque ahora que ando en sus cartas, no lo puedo creer pero el abuelo quería la guerra y gozaba el orgullo de darle un hijo a su patria que para mi fortuna no se lo quitó. Hubiera yo podido ser la hija de otro hombre, pero entonces no habría sido yo.
Qué estupidez estás diciendo, opinan en mi oído los espíritus. Si retornara el viento, desea un novio que no tuve porque él era tan viejo como joven fue cuando escribió su Inútil divagación sobre el retorno: Leduc. Vuelve alguna tarde a preguntarme cómo es que ya no me gustan los toros, vuelve para hacerme reír. El mismo año que el suyo, murió Ignacio Cardenal. Generoso editor de ojos oscuros, llevó a Madrid mi primer libro y trajo a México, al traerse, mi primer amigo español.
Y el niño que perdí ¿habrá sido niña? Ni una cosa ni la otra. Era un atisbo. Sin embargo dos células regresan y se cuelan diciendo que mis hijos hubieran sido ser tres. Ya lo sé. Estoy atada a un atavismo. No hay muerte ahí donde no hubo conciencia de la vida. Pero hay vida en una gota de agua aunque ella no sepa que está viva.
Mis muertos. No he dicho a Manuel Buendía, asesinado a los pies de su oficina justo porque sí vio venir el narcotráfico. No hay un disparo ahora que no me traiga el suyo. Y fui a su entierro embarazada de mi hija, que tiene veintiséis años. Vieja guerra la nuestra.
¿Quién me falta? Casi todos los de ahora, pero a ellos no los iré nombrando porque aún están cerca, son de los que no me hablan. En los de antes: Mané. Era la madre de mi madre y entendía como nadie la dicha que le cabe a una ficción. Vivió en una: su marido era un sol, sus hijos las estrellas, su jardín paraíso, su parálisis no conoció una queja. Ella es la responsable del gusto familiar por el azúcar y el pan. Grandes supuestos males de nuestra época. Pura fortuna de la suya. De ella que, como el trigo, no conoció ni odio, ni orgías.
¿Quién me falta? Estos años sin ira y sin dios contra el que ir, se me han muerto tantos bien amados como vivos tengo. Es noviembre y andan todos aquí, han venido a comer, en los altares. Muertos de todos nuestros días, de toda urgencia. Que no se vayan lejos, que se quede noviembre entre nosotros. Noviembre, el mes que los revive a todos.