Cada quien su temblor y su historia. Cada uno su diluvio y su fe. Cada quien su esperanza y sus miedos. Su reticencia y su tormenta. Su ambición de entender, su desconfianza. Cada quien su alegría y su mirada. Su pena y su espera. Sus deseos y su ahínco.
Ha entrado tanta agua bajo la puerta de palabras que van y vienen contando el cuento de cada día, que no puedo saber ya cuál importa más, qué es para quiénes.
Amanezco deshilvanando imágenes. ¿Quién no? Y ¡cómo no temer? Y ¿çómo ser valientes?
Un segundo después entra a lo que recuerdo el juego de mis nietos pequeños. Son dos. Con dos distintas risas. Entonces revive la mañana. Y no batallo para levantarme porque traerán a la visita del día su cauda de respuestas. ¿Voy a morirme? No ahora. ¿Voy a estar triste? Hoy no. ¿Tengo permiso para gastar el tiempo? Sí. ¿Escribiré otro libro? Claro, varios, todos los que puedas recordar o te imagines. Ríete abuela, que traemos la luna, cuando es preciso. Tarareo la música que Serrat le puse a la Nanas de la cebolla. Y sí, me pongo alas, me hago libre. Quiero pasar la tarde cantándoles. Que nada me perturbe, mucho menos la idea de que puede temblar a media noche. Menos aún, la de que rodas las noches tiembla.