Miren ustedes, encontré lo que escribí en agosto del 2000 tras la elección de Vicente Fox. Quizás compartan conmigo lo que estoy pensando.

Tras una larga caminata por Venecia, nos detenemos en el puente del Rialto a mirarla brillar abajo. Yo la contemplo como una maravilla inolvidable, como el sueño al que acudo cuando no encuentro paz, como la perfecta metáfora de las mil fantasías que los humanos hemos sido capaces de sembrar en nuestro planeta. Y la idolatro de manera irracional, delirante, como todos los que idolatran. A mi alrededor, los cuatro hijos con quienes he tenido la fortuna de viajar y que me convierten en la madre más presuntuosa de cuantas cruzan la Italia con familias sin más de un hijo, en que se ha convertido la patria del abuelo, me miran entre conmovidos y mordaces.
–A mí esta ciudad me provoca desconfianza–dice Mateo. Es demasiado perfecta, parece un exámen copiado con errores a propósito.
Yo lo escucho con una idolatría superior a la que tengo por Venecia y me rió de él y de mí frente a la videocámara con la que Catalina registra cuanto puede: un balcón, mil palomas, la luna entre las nubes, los ojos de sus primos, las frases burlonas de Arturo, la mirada con que Daniela sedujo a un violinista en el centro de la plaza San Marcos.
Casi al día siguiente volvimos a México para participar en las eleccciones más esperadas de cuantas me han tocado vivir en cincuenta años años. Las elecciones en que de manera, para mí gusto, menos sorprendente de lo que puede resultar Venecia, pero de cualquier modo para muchos más sorprendente incluso que las pirámides egipcias, un candidato de oposición al PRI ganó la presidencia de la república. Cosa que según los expertos entre los que no me cuento, nos otorgó de un día para otro el rango de país democrático, nos puso en el umbral de un nuevo régimen, nos colocó como por arte de magia frente a lo que a muchos les parecía imposible.
Y henos aquí en la nueva época, algunos a punto de empezar a empalagarnos con las hipercantadas delicias de la alternancia y el nuevo régimen. Porque si hay quienes encuentran empalagosa a la dulce Venecia y el modo en que me asombra, habemos quienes estamos a un instante de saciarnos con el éxtasis de quienes imaginan que el mundo se ha pintado de oro molido.
La naciente alborada democrática, misma que en mi opinión venía naciendo hace rato, trae consuelo para tantas imaginaciones ansiosas de un destino superior, que me asusta el posible desencanto de quienes en actitud de enamorados se han entregado a las dichas de la alternancia como bien supremo. Al mismo tiempo me alegra la fe enaltecida de mi madre y su esperanza en una vida mejor para tantos que no la tienen. La ví, desde mi escepticismo por su causa como remedio para todos los males de la patria y al mismo tiempo desde mi pasión por su persona, trabajar en la campaña de Vicente Fox como si tuviera los veinte años de otros, como si su edad fuera sólo una marca del tiempo en su acta de nacimiento, pero de ningún modo en su cabeza o sus talones. Vino por fin desde Puebla al cierre de la campaña foxista en el zócalo, y tras el viaje aguantó los discursos, las aglomeraciones y el griterío de estos eventos como si la acompañara el ánimo enaltecido de un adolescente esperando entrar a la discoteca, cosa para la que, saben bien ellos, se necesita tanta tenacidad como la que pusieron muchos para conseguir que su candidato ganara la presidencia. Al volver le comentó a mi hermana, conmovida como frente a un milagro, que cerca de ella estuvo siempre de pie un viejito de setenta y seis años. Mi hermana, que no se caracteriza por sus silencios oportunos, le contestó: “Mamá, el viejito ha de estar en su casa contando la misma historia. Tú también tienes setenta y seis años.” A lo que ella respondió apacible: “Sí. Pero yo me recargué en unos tubos”.
Euforias bien correspondidas por los resultados electorales como las de mi madre, seguramente hay muchas por todo el país. Del mismo modo en que también las hay como la de la madre de una amiga que irrumpió a las ocho y cuarto de la noche en la recámara en que la hija y la nieta veían una película, hartas ya del festival político del día, y les espetó sin más: “¡Ha sucedido una desgracia terrible!” Hija y nieta se levantaron corriendo en busca de la explosión del viejo tanque de gas cuyo cambio posponen todos los meses. Y ella las dejó en su sitio al decirles: “Es peor que eso. Perdió el PRI.”
No han faltado tampoco los decepcionados con el hecho de que cuando al fin se consiguió un triunfo de la oposición, éste no fue para Cuauhtémoc Cárdenas, quien, como todos sabemos, lleva sexenios de pugnar por él. Somos menos, los que votamos por Rincón Gallardo en espera de que nuestro país tenga un partido que coincida con nuestras nuestra certeza de que México necesita una opción política con propuestas inteligentes para la vida pública y las libertades privadas.
Sin embargo, todos, desde los más atribulados priístas hasta los más extasiados foxistas, pasando incluso por los escépticos que sólo desean que la vida resulte impasible, inmutable y eterna como el fondo del mar, compartimos una tranquilidad escencial. Hemos conseguido creer y que otros crean, que en nuestro país son posibles las elecciones respetadas y democráticas. No me parece un logro menor, aunque tampoco me haga sentir transportada de júbilo alternante, ni plena como si acabara de hacer el amor por primera vez con el hombre mezcla de poeta, sabio y memorioso lector del Kamasutra que está en los sueños de toda mujer urgida de alimentar sus fantasías, como toda mujer que se respete.
Yo, lo escribí varias veces, tenía confianza en que el IFE haría una elección bien hecha y también la tenía en que si el PRI no ganaba, los prístas y el presidente Zedillo, aceptarían el veredicto del IFE, cosa que para sorpresa de muchos, sucedió el mismo domingo dos de julio con una naturalidad y una elegancia que parecían suecas. La verdad es que desconfiaba más de la capacidad para aceptar derrota alguna, si el derrotado era Vicente Fox y sus militantes del cambio. De ahí que me alegre tanto que no haya sido necesario que tales huestes salieran a las calles a expresar su descontento y su incredulidad. Así las cosas, bendito sea el bienamado arribo de la credibilidad electoral. Ya el futuro dirá que tantas luces, progreso, honradez y buen juicio nos trae, por lo pronto ilumina nuestras emociones y con eso parece que nos bastará por un tiempo.
Sin embargo, hay a quienes les sucede con toda esta situación lo que a mi hijo Mateo con Venecia. Creen que es un exámen copiado con errores a propósito, y desconfían del éxtasis en que están quienes desde la punta del Rialto electoral idolatran las bellezas de la alternancia con la misma entrega arrebatada que otros ponemos en contemplar los brillos del sol entibiando las aguas del Gran Canal.
Salve a la gran Venecia. Salve a nuestra señora de la democracia. Pero benditos sean también quienes siembran la duda en mitad de nuestros sueños y nos llaman a recordar que la hermosa vida no culmina ni en una ni en la otra.