De entre lo poco o mucho que pueda hacer el gobierno que preside Andrés Manuel López Obrador para cambiar el país, hasta dejarlo del modo en que mejor le parezca, a mí, la verdad, lo que me da miedo es el renacimiento y la aprobación de la censura. Y de la censura sin disimulos, explícita, como la de antes. Como la de mucho antes.
Me entero, por una carta que los escritores David Huerta y Verónica Murguía tuvieron la sensata y ahora hay que decir valiente idea de mandar a La Jornada, de lo que yo no había oído decir al señor Marx Arriaga, a cargo de la Red Nacional de Bibliotecas, que serían sus planes para reanimarlas. Estos amigos del bien hacer, han mandado un mensaje prudente y generoso que aquí les dejo:

Esta semana, Marx Arriaga presentó sus planes para reanimar la Red Nacional de Bibliotecas. Informó que la última dotación de acervo se hizo en 2012 y agregó: “muchas veces con cierta carga ideológica, porque había textos de Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze”. Hemos leído los libros de esos dos autores y tenemos nuestra opinión sobre ellos; pero eso no es lo importante: lo importante son las insinuaciones sobre la supuesta inconveniencia de esa “carga ideológica” en algunos “textos”. Eso apunta directamente a las vocaciones centrales de los censores e inquisidores de cualquier tiempo y lugar: la persecución y represión del pensamiento libre, incluido, naturalmente, el pensamiento de quienes no piensan como los gobernantes. Qué bueno que se apoyen las publicaciones del Conafe; uno de nosotros, la abajo firmante, ha publicado allí. Pero resulta siniestra la vocación fascistoide de las declaraciones de Arriaga, un funcionario que traiciona la esencia del trabajo de un auténtico bibliotecario: velar por los libros y por el conocimiento, incluidos los “textos” con cuyas ideas no comulga.

Increíble el señor Marx. Y tan parecido a las monjas de los colegios antiguos, o a los gobiernos que persiguiendo a quienes creían en dios, hicieron que en Tabasco, para no nombrarlo, la gente dijera “adiú”, ese modismo tan grato ahora en el habla de aquel rumbo, para no decir “a-diós”.

Si no quieren, -han de creeer que para eso son autoridad y que para eso sirve el poder-, que no compren los libros. Pero que no juzguen en la plaza pública quien debe o no debe ser leído. Que no dirijan a su público a ni siquiera acercarse a los peligrosos libros con una “carga ideológica”
que les parece indebida.
Hay quien piensa que estas cosas hay que dejarlas pasar como declaraciones por las que no hay que preocuparse. Yo sí me preocupo. Y Espero que el Presidente y Esteban Moctezuma y la historiador Beatriz Gutiérrez,que bien saben lo que fue la censura en otros tiempos, se preocupen también. Esto sí que no puede pasar en nuestros país. Que quien gobierne decida lo que crea conveniente, aún si hay quienes piensan que su política económica o educativa no son las pertinentes, puede ser y está siendo. Pero que sea sin perseguir, ni acusar, ni censurar, ni lastimar el respeto a la libertad de pensamiento.
Por lo pronto, ya lo dijo el poeta: “No he de callar/ por más que con el dedo/ silencio avises/ o amenaces miedo.”