Sigo divagando con ustedes.

Tengo que escribir el Puerto Libre mensual, y me pregunto si debería yo contar ahí un atisbo de la novela que me persigue a pesar de que quienes más quiero dicen que no será lo mío, que llevo imaginándolo sólo para darme cuenta de que no va a ningún lado, para seguir di-vagando.

Pero todo buen lector sabe que la literatura ambiciona lo inaccesible, nos ofrece como cierto lo increíble, lo inusitado. Aunque se parezca a la realidad. La literatura es muchas veces lo que más hemos creído en nuestras vidas. Porque nada es más cierto que aquello que se nos ofrece como una quimera que fue posible.

Yo escribo, imagino la quimera, para hacer felices a otros, para reconstruir la realidad, para convertirla en algo menos inasible y ruin de lo que es. Mentimos para creer en que todo lo que imaginamos sucedió ya en un lugar impreciso, entrañable y luminoso.

Los escritores desvariamos. Porque sin balbuceos, sin atisbos, sin equívocos, no hay literatura posible.

Los escritores coincidimos. Porque alguien ya dijo lo mismo ayer o antier, porque todos tenemos pasiones, desconsuelo y esperanza de maneras más o menos parecidas y sin duda sólo nuestras.

Los escritores fantaseamos. Porque hemos adivinado el odio y la dicha en seres nunca vistos y estamos seguros de conocer los devaríos ajenos con más precisión que los nuestros.

Así que díganme ustedes, ¿pueden cuatro mujeres, de noventa, setenta, cincuenta y treinta años, vivir en el mismo edificio y compartir algo mas que su género? ¿Incluso algo más que su feminismo? ¿Algo más que los cuatro pisos de su edificio frente al Parque México? ¿Les gustaría tratar con una feminista de setenta años y una mujer de treinta que la desafía porque sus tesis han pasado de moda? ¿Les gustaría una mujer de cincuenta años que vive de sembrar y exportar garbanzos?

Es sábado. Y paso un auto rumiando. Si fuera martes pasaría escandalizando. Entre la rumia y el escándalo ¿pueden pasar sólo tres días?