Hace años, el diario alemán Die Welt me pidió que escribiera un texto haciendo una reflexión en torno a la literatura y el hecho de escribir siendo mujer.

Ahora, sobre la mesa de juntas de la revista nexos, Kathya Millares tenía una libro titulado Cómo acabar con la escritura de mujeres. Me hizo recordar que yo antes pensaba mucho en el asunto. Y reconocer que en estos tiempos me importa menos desde qué genero escribo. Será porque tantas veces he respondido a esa pregunta. No sé.
Cuando yo empecé a escribir las mujeres escritoras éramos una especie escasa. Pero hemos de aceptar que los hombres escritores también lo eran. Vivir de escribir era un lujo muy poco frecuente. Rulfo nunca vivió de escribir.

Ilustración: Raquel Moreno

Hoy las mujeres escritoras recibimos atención, nos hacemos de lectores, casi siempre lectoras, damos conferencias sobre nuestros modos de pensar y escribir, vendemos tanto como los hombres y a veces más.

No me toca ser quien critica o lamenta una situación que favorece a mi de continuo desfavorecido sexo. He sentido mil veces la mirada de un hombre preguntándose —¿Qué hace aquí ésta?: Las mujeres a su chiquero, a hablar de sí mismas entre sí mismas, para sí mismas, desde sí mismas.

Por eso creo que no están las cosas todavía como para despreciar lo que la fortuna ha puesto en nuestras vidas a cambio de lo que desde hace quién sabe cuántos siglos le ha negado la sociedad a nuestro género, de lo que aún le regatea cada mañana a nuestra libertad, nuestros placeres, nuestro derecho a maldecir y nuestra euforia.

—¿Qué tienen las mujeres que decir? —preguntaban afirmando quienes nos favorecían con pensar en nosotras.

—Las mujeres tenemos poco que decir— confirmaban quienes quisieron educarnos en el silencio y la abnegación como primeras virtudes.

Las mujeres, se rumoraba, que se vayan a llorar al baño de su casa, en la iglesia, en el teléfono, prendidas a la música más triste invadiendo su cuerpo como un fuego destinado a consumirse sin deslumbrar a nadie.

Sin embargo, de pronto, a quienes esperábamos la misma indiferencia que tanto lastimó a las mujeres de generaciones anteriores nos ha tocado en suerte, aunque sobran quienes piensan que vamos muy atrás, ser tomadas en cuenta. Y nos hemos puesto a hablar de la vida y sus enceres regidas por el mismo placer de narrar que antes tocó a muchas a otras, pero sin la pesada certidumbre de estar haciendo algo inútil, peor aún, vergonzoso, que tanto padecieron otras escritoras.

Por eso, creo yo que las mujeres de estos días tenemos que afianzar nuestra certidumbre de que la pasión central de nuestra vida profesional está en el acto de escribir, y no en el de tener éxito. Escribir con la misma incertidumbre, con el mismo pavor cada mañana, con la eterna mordida en el estómago, con las historias de cada día como el primer deber y el mejor estímulo.

Música para hoy: Lágrimas de mármol

Tema de hoy: El mi-tu