A Leonor no le gustaban los elogios. La volvían vulnerable, a ella que fue en sí misma la templanza y la valentía. Era difícil resistirse al deseo de contar cuán brava fue durante años para seguir viva como si una vez y otra no la sitiara un mal implacable, por eso yo he pasado años diciéndoselo en un renglón o dos, en mitad de una conversación sobre montañas, como al pasar.
Un día le dije volcán, otro luz de bengala, otro luciérnaga, otros terca, muchos audaz, apasionada, intrépida, incansable, ávida de absoluto. Trabajadora. Vehemente, alegre, alegre. Cómo podía ser alegre Leonor. Tanto hizo por seguir viva que acabó consolándonos de su muerte. Qué privilegiados somos quienes pudimos quererla tanto.