Voy a abreviarles el cómo encontré qué papeles había que llevar a la cita para conseguir el pasaporte. Ya con lo que les conté en la entrada anterior tuvieron suficiente de trámites.

Caminito de la escuela
El señor de la casa y la directora de cine, (léase el escritor y mi hija) se levantaron de la mesa del desayuno con tal compasión por el estado inerme de la señora de la casa, (léase la escritora en pos de un pasaporte), que poco les faltó para prenderme en el saco un letrerito con mi nombre y mi dirección para que me devolviera, con bien, quien a bien tuviera encontrarme.

De senectude
A la aventura salimos don Gerardo, el conductor de mi carroza y la trémula yo. De verdad no sé por qué les temo tanto a los trámites, pero pongamos el asunto entre lo que ya no superé. Bastantes miedos he dejado atrás como para preocuparme por éste último. Ya he dicho como mi clásico: el dolor y la muerte ineluctable son asuntos de farmacia y notaría. He de pensar entonces que temer los trámites es más una neurosis, una fobia, que un miedo. De todos modos, contagio. Porque don Gerardo estaba nervioso. Tal vez también la camioneta, pero la verdad es que ella tiene 15 años y ya tiembla “de su de por sí”.
_Siento como que algo me falta_, dije.
_¿Quiere que regresemos? Venimos con mucho tiempo de anticipación_ dijo el intrépido conductor. ¿Cómo no va a ser intrépido quien maneja en esta ciudad con una señora que no para de decir: “Mire usted, venden ésa casa. Mire usted, no la han vendido. A ver, por favor vaya más despacio, voy a apuntar en el teléfono”. Nunca me pregunta si quiero comprar un inmueble, sabe de sobra que no porque hemos paseado juntos la ciudad cinco años y son los mismos que llevo leyendo todos los letreros de “Se vende” y “Se renta”, como quien lee cada una de las novelas que no ha de escribir. Sabe que además de cantante, alguna vez he pensado que hubiera querido ser una buena buscadora de bienes raíces. Más fácil que cantar. ¿A donde voy con esta digresión? A ninguna parte, a contarles que revisé mis papelitos otra vez y dije: no hay que regresar, no se preocupe usted.

Conciencia y corazón
Con esa tranquilidad en el espíritu, don Gerardo, se enfrentó a la puerta del estacionamiento de la Delegación Miguel Hidalgo.
_¿Trae la hoja con la confirmación de su cita?-dijo la muchacha policía. Porque si no, no puede pasar.
Claro que no la llevaba yo. Y sí, -increíble-, tuvimos tiempo de volver a buscarla por toda la casa. La directora me la había impreso, me la dio y quién sabe en dónde estaría. Pero -increíble- apareció.
La Delegación Miguel Hidalgo está en lo que alguna vez fue como la casa de una hacienda. Voy a indagar los orígenes del edificio por si a alguien le interesan. De momento lo que es importante es decir que es un edificio antiguo, con dos pisos, dos patios y muchos recovecos. En uno de tantos están los dos cuartos que ocupa la representación de la tan nombrada Secretaría de Relaciones Exteriores para recibir, atender, desatender, regañar, comprender y lo que se necesite para conceder pasaportes. Mi cita era a las doce y media. Al llegar me quedó claro que no sólo era la mía. Una señorita, siempre llamamos señorita a las mujeres de cualquier edad que trabajan recibiendo gente, da la bienvenida pidiendo otras vez la hoja de citas. Algo apunta en cada hoja y cada quien retoma su destino a lo que sigue.
_¿Doce y media? Allá está la fila, dijo. ¿Trae sus copias del pasaporte?
Las llevaba porque fui a sacarlas a una tiendita cercana, muy bien puesta, dedicada al negocio de sacar fotos y fotocopias de última hora. Mientras esperaba, la verdad no mucho tiempo, vi varias personas salir rumbo a la misma tienda. Tenían que cruzar corriendo por un patio, otro y otro, para luego enterarse de que ya no se necesitan fotos, sólo fotocopias. Cuando lo supe recomendé a la niña de la tienda que ampliara el negocio a la venta de agua. Como no iban conmigo mis hijos, me ahorré: “el mamá no seas metiche”.

Alma de mi alma
En la fila, antes de mí, había una mujer joven con su hija. Corrijo, antes de mí había mucha otra gente, justo delante de mí había una mujer joven, de pelito corto y mejillas rojas, junto a una hija adolescente peinada con el cabello largo y trenzado en forma de diadema.
Otra digresión: han vuelto a estar de moda las trenzas. Supongo que todo viene del famoso “Game of Thrones”. Regreso.
Ya no hay que llevar fotos, pero hay que ir dispuestos a ser retratados. Tengo la certeza de que todo el mundo les teme a las fotos, de frente, que van a quedarse tatuadas en un documento. Ahí sí tenía razón una de mis abuelas: roban el alma. Y si el alma va mal peinada o mal dormida no logrará olvidarlo en años.
-Vengo preocupada- me dijo la mujer cuando le di los buenos días.
-¿Por qué?- le pregunté comedida y feliz de encontrar una voz humana en mitad de tanta gente. Porque la gente de las filas no es humana, es gente en la fila.
-Es que pagué en el OXXO y no sé si lo acepten.
Me enseñó una tira de papel como la de cualquier expendio. Yo le enseñé la impresión de mi depósito por internet. Se veía más seguro, pero van ustedes a saber. Pasamos.
_¿El pasaporte es para una menor?_ le preguntó a la señora el dueño de la autoridad al recibir sus papeles en el primer retén.
_Sí-, dijo mi amiga, porque ya para entonces éramos amigas. Compartíamos dudas y temores. Ya sabía yo que la señora joven era viuda, que la niña tenía trece años, y que estaban en la Miguel Hidalgo porque ahí las mandaron desde la Venustiano Carranza.
_¿Trae el acta de nacimiento?
_¿No?¿Sólo trae el pasaporte vencido?
-Y el acta de defunción de mi esposo-dijo ella con una tristeza como para partir el ánimo de cualquiera. Sin duda el mío, pero no el del funcionario.
_¿Y esto qué es? Esto no le sirve, señora- dijo el hombre mirando la tira de papel de OXXO. Este nos es comprobante. Ahí no se puede pagar. ¿Le dijeron a usted que sí? Le robaron. No se aceptan esos pagos. Es en bancos, pero no en esos bancos. Yo le recomiendo que levante la denuncia, porque abusan. ¿Cómo va usted a creer que esto es un pago?
La mamá y la hija se miraron. Te lo dije, dijeron al mismo tiempo.
Y entonces apareció el muchacho con el pelo pintado de rubio. Clarito se veía que estaba un piso arriba en autoridad.
_¿Qué le pasa a la señora?
La pregunta parecía tabla de salvación. Y ayudó un poco. Como gran cortesía le abrieron a mi amiga su cita para el lunes a las ocho en punto. Con los papeles completos y el pago en banco. Nos dimos un abrazo. Y otra a la niña. SE fueron tristeando.

La media vuelta
Y me tocó pasar.
La primera revisión, con éxito. Luego a las espera. La segunda un desfalco. Luego a la espera. La tercera un fracaso. Que el pago no pasó. Que el sistema no lo registró. Que volviera yo a hacer mi cita y que pagara otra vez y que ellos me darían un oficio para que yo lo presentara en Hacienda y reclamara.
No perdí la sonrisa. La había salvado ya desde antes, cuando en la segunda revisión la señorita me explicó que por mi edad debí pagar menos, preguntó mi profesión, preguntó que si todavía trabajaba, que quién viajaría conmigo, que si yo escribía libros, que qué libros escribía. Ya si en tal asalto a mi doble vanidad no perdí la sonrisa, de qué iba a soltarla frente a otro imposible. Si el pago no entró al sistema, pues no entró al sistema y el sistema es un escéptico al que bien a bien nuestra existencia le viendo valiendo un comino.
_Pague en un banco, no por internet, no es seguro. Y haga otra cita.
-¿Qué le pasa a la señora?_ preguntó la autoridad pintada de rubio.
_Es la que me rechazaste por el pago que no pasó.
-Ah. Mire señora. No va usted a volver a llamar para la cita, con esta misma, ahorita se la acredito, pero venga con todo el lunes a las ocho de mañana.
_Imposible-dije. Yo a las ocho de la mañana no salgo de mi casa. Salgo a las ocho y media, a caminar. Trámites y quehaceres públicos después de las once.
-¡¿Qué?! Pero señora, ¿va usted a desperdiciar la oportunidad?
-Claro que la voy a desperdiciar. A las ocho de la mañana, sólo saludo al sol. Y a veces hasta para eso se me hace tarde.
No en balde me dijeron viejita, pensé. Sentí. Siento. A las ocho, me niego y me reniego.

Pequeño tiburón
Quizás menos movido por la compasión que por la prisa, la autoridad sonriente reprogramó (¡qué palabra!) mi cita para las doce del lunes 30.
Nos dijimos adiós, ni modo, qué remedio, a la reja con todo y chivas.
Camino a la salida pasé junto a los papás de una niña a la que en un ratito de su aburrimiento y el de todos, le quise prestar mi celular con el “Baby Shark” que les gusta a mis nietos. Estaba de mal humor. No era para menos. Llevaba más tiempo que yo esperando quién sabe qué.
_¿Se arregló su asunto?_preguntó el papá que según me había contado al bajar la escalera de su casa había caído sobre un pie con su cien kilos encima. Que conste que lo de los kilos me lo dijo él. Son cosas que hace las personas, cuando dejan de ser gente en la fila: cuentan. Él, su caída, la esposa, su preocupación porque la niña no iba bien peinada para la foto.
_No se pudo_ les dije.
_¿Y no está enojada?
_Sí, pero no. Si vivo los mismos años que vivió mi mamá, me quedan quince de vida. No me voy a arruinar ni un día por culpa de un trámite fallido. A ver qué pasa el lunes.
Salí al sol de las dos y media de la tarde preguntándome cómo hacer para evitar que toda mi familia dijera al unísono: Esas cosas sólo te pasan a ti. Encontré también que Héctor y un amigo habían pagado, otra vez, ya en el banco y que ese problema estaba ya resuelto. ¿Qué más?

A su deleite consagro
Resultó inevitable: el retitín de “esas cosas sólo te pasan a ti”, cayó sobre mí el sábado y el domingo. Dejé que todo el que quiso se deleitara con mis desatinos. Pero no me importó porque también cayó una compasión risueña y una inteligente y rica plática a la hora de comer el sábado. Cayó la lluvia y la tele y un libro de Elena Ferrante hablando de literatura, intimidad y vida cotidiana que me tiene sorprendida. Y cayó el domingo largo, bajo el árbol del patio, con los niños grandes y los niños chicos haciendo un alboroto de pájaros hasta las nueve de la noche.

Santo lunes
Dijo Borges que no se puede hacer literatura con la felicidad. Así que ni lo intento. El lunes, como toda gente necia, volví al lugar del crimen. Y encontré, además de la fila y el calor de muchos, un ángel de la guarda amigo. No hay como la mirada de alguien más sobre la vida ajena. Entregué mis papeles, me robaron el alma despeinada y, dirían los españoles, “me hice con” un pasaporte. Gracias por acompañarme en el trajín ya historia.