Cada sábado por la noche, a veces el domingo, llega hasta mi buzón el diario de un escritor al que le gusta declarar que no lo es. Lo cito con frecuencia porque lo admiro mucho, pero nunca he puesto aquí el enlace a su blog. Juro que no es por envidia, aunque que leerlo siempre da envidia de la buena, no pesar por el bien ajeno, sino alegría de compartirlo.

http://www.fronterad.com/index.php?q=bitacoras/ricardobada/mi-diario-semana-29-2018

Después de leerlo, ahora, le he escrito esto que aquí dejo, sólo como testimonio de que lo que él escribe siempre convoca a evocar por nuestra cuenta. Ël escribe que leyó a Flaubert, yo hice mi propio viaje, que siempre es confuso y no sólo pensé en Stendhal, sino que leí Stendhal. Y le comenté su envío de hoy con esta historia que claramente no pasa por “La tentación de San Antonio”.

Querido Ricardo: Vas de bien en mejor. Me muero de la envidia. Y tienes razón, ¡qué fantástico Stendhal! Y cuánto lo queremos como al más bien amado de los escritores franceses. Y mira a lo que me atrevo. Lo que es querer a los que están lejos y cerca. La primera vez que fui a Milán, cuando salió Arráncame la vida en italiano, fuimos a cenar con una mujer encantadora llamada Julia, a quien Inge Feltrinelli puso a cuidarnos. Yo iba con mi hermana, y Julia me llamó para preguntarme si no me importaba que fuera con nosotros un sicólogo norteamericano que había escrito un libro sobre la inteligencia. Temía que no fuera divertido. Por supuesto dije que no sólo no me importunaba que viniera con nosotros, sino que me daría gusto conocerlo. Supe bien, sin saber. ¿Quién era? Nada menos que Howard Gardner, el autor del célebre libro sobre la inteligencias múltiples. Y de ahí para adelante un reconocido sabio que ha trabajado toda su vida para conocer y contar las formas de las varias inteligencias. Ya entonces era el director en Harvard del Projec Zero, el centro de estudios sobre el cerebro. El caso es que fuimos a cenar. Howard debe ser cinco años mayor que yo. Es el hombre más disciplinado que conozco y uno de mis más querido amigos. Nos hemos visto cuatro días en la vida. Pero nos escribimos en mi deficiente inglés y su nulo español, desde hace treinta años. ¿Por qué te traigo hasta aquí? Pues por Stendhal. Resulta que al volver de la cena, pasamos frente a una casa sobre cuya pared izquierda había una placa diciendo que ahí había vivido mi héroe. Para su sorpresa, no lo pude, ni lo quise remediar, puse las dos manos sobre la placa de porcelana, ¿era de porcelana? juraría que sí, y dije en voz muy alta, “Stendhal, por favor, ¡ilumíname!
Mientras esto sucedía, Julia le explicó a Howard de que trataba lo que yo estaba haciendo. Pobre Howard. Se hizo al ánimo de tratar con nosotros por tres días. Estábamos en el mismo hotel, y a él lo habían puesto en un cuarto que parecía celda monacal. Mi hermana y yo teníamos uno más grande. O menos chico. Lo recuerdo pasando por nosotros que para variar no estábamos listas. Lo invitamos a entrar a un espacio con dos maletas abiertas en el suelo y la ropa volando. Se divertía. Ahora que conozco su mente ordenada, entiendo por qué. Tiene muchos libros: uno se llama “Discipline minds”. No pudo usarnos de ejemplo. No sé si a Stendhal. Pero hay otro “Creative minds”. Ahí sí debió usarlo como ejemplo. Recuerdo que puso a Freud y a Yo Yo Ma.
Voy a leer otra vez los diarios y las cartas de S. Te quiero Ricardo, gracias por convocarme a la fiesta de tus asociaciones. ¡Qué historia!, como al pasar, la de la mujer feliz que se suicidó. Y el poema del suicida. Te lo dije la semana pasada: Todo lo que escribes es de una coherencia narrativa y de un acierto literario que fascina.