Este recuerdo es completo para la Catalina de ahora, con mi devoción de siempre.

Por muchas bocas me llega el cuento de que la serie de Netflix sobre Luis Miguel, el cantante, es su placer culpable o su deber profesional. Y que se divierten mucho. Oyendo estas historias me acordé de algo que escribí hace tanto como treinta años, en principio para una revista de música Pop en Argentina. ¿Qué podía yo decir de Luis Miguel sino esto que aquí les dejo y que me ha dado tanta nostalgia como a otros la serie de Netflix?

Mi hija Catalina tiene trece años y una envidiable inquietud en los ojos con que lo mira todo siempre como por primera vez. Hace poco, ella y su amiga Lumi visitaron mi oficina y mientras yo intentaba escribir, las dos se dedicaron a fisgonear por los rincones. Afanaban en silencio de un lado a otro, murmurando de vez en cuando un comentario. De pronto, Lumi se detuvo ante el marco que guarda la foto de Julio Cortázar y frente a los ojos inteligentes del escritor que nos re-enseñó la literatura en los años setenta preguntó:
–¿Quién es ?
–Es un hombre al que mi mamá admira mucho. Y como si lo supiera todo agregó: –Es como Luis Miguel para nosotros.

cortazar
Lumi miró un segundo más los labios de Julio Cortázar sujetando un cigarro, su cabeza juvenil, la intensa arruga entre las cejas, la mirada como una pregunta.
–Está guapo–dijo. Y Catalina asintió para mi tranquilidad y estupefacción.
Siempre que alguien me parece guapo a ella le parece viejo y nadie que no tenga cara de niño con desafíos pasa por el tamiz con que elige sus adicciones. ¿Qué tendrían en común Luis Miguel el cantante y Julio Cortázar el escritor? ¿Qué tanto sé yo de Luis Miguel como para disertar en torno al fenómeno de adicción y temblores que convoca su paso, su voz? Acepté escribir algo sobre el asunto porque me lo pidió el hijo de un amigo y no pude negarme, pero yo fui adicta a otras voces y no estoy en edad de prendarme del paso efímero y encantador de un adolescente que conmueve multitudes. Sin embargo me gusta Luis Miguel y le agradezco su voz cantando boleros, porque gracias a él puedo viajar en auto con mi hija sin litigios en torno a cuál música debe sonar en el auto. Fuera de los Beatles, en los que todo mundo coincide, entre lo que para mí carece de armonía y lo que para ella es música pop y lo que para mí es música y para ella vejez está siempre Luis Miguel como un acuerdo. Luis Miguel el famoso, el acosado, el niño con un espacio entre los dientes de en medio, como un guiño que lo hace más simpático, canta boleros tan bien como Malena cantó tangos y nos pone a jugar cada cual en cada una, pero juntas.
–Este Luis Miguel es un cronopio–dije cuando volvíamos a la casa escuchándolo cantar.
–Quiero ir a verlo al auditorio–dijo Catalina.
–Ya fuimos dos veces y la última tú y tus amigas gritaron hasta quedarse mudas.Sólo les ganó la cincuentona esa que le gritaba “papacito estás para chuparte” incluso interrumpiendo las canciones más suaves.
–Es el chiste–dijo divertida. Y sonó como para creerle.–¿Qué es uno cronopio?–preguntó.
–¿Un cronopio?–dije. –Es muy complicado de explicar. Yo diría que lo contrario de un fama.
–Luis Miguel es famoso.
–Sí, pero uno sabe que a ratos siente piedad por sí mismo. Sabe que igual aparece en una revista reluciente, como si sostuviera el sol, que tirado al borde de una playa, borracho de tres días y tres noches de pena.
–¿Y por eso se llama cronopio?
–Por eso y otras cosas como invitar a Manzanero para que le diga cómo hacer bien un disco y rogarle “no te vayas” cuando él quiere salir del escenario para dejarlo a solas con el horror de su fama. Los cronopios le tiene miedo a la fama, la padecen.
–Por eso cae bien Luis Miguel. ¿No?–me pregunta extendiendo el brazo para subir el volumen cuando escucha el principio de “No sé tú”.
–Los cronopios caen bien.
–¿Quién inventó los cronopios?
–Cortázar. Mi Luis Miguel particular, según tú.
–¿Era escritor el guapo de tu oficina?
–Era el escritor más querido. Tanto que hasta los escritores de su generación lo querían más que a ningún otro. No sabía provocar envidia.
–¿Y qué decía de los cronopios?
–Nunca hizo una definición de cronopio. Escribió un libro que se llama Historias de Cronopios y de Famas en el que cuenta qué les pasa a unos y a otros. De lo que les pasa, y de cómo viven, uno deriva quienes son.
–¿Dice cómo cantan los cronopios?
–Sí. Dice que cuando un cronopio canta se entusiasma de tal manera que con frecuencia se deja atropellar por camiones y ciclistas, se cae por la ventana, y pierde lo que llevaba en los bolsillos y hasta la cuenta de los días.
–Eso no lo hace Luis Miguel.
–¿Quieres más tropiezos que tú y tus amigas y las diez mil gritonas que van al auditorio?–le pregunto y acepta la comparación con una de esas risas tolerantes que usa para hacerme sentir que es menos adolescente que yo.–Los famas no cantan por gusto. Y Luis Miguel canta con un gusto que no puede ser fingido.
–¿Qué más hacen los cronopios?
–Hacen cosas fantásticas. Por ejemplo pierden las llaves cuando quieren salir a la calle, saben que las dejaron en la mesita de noche y que la mesita de noche está en la recámara y que la recámara está en la casa y que la casa está en la calle y que por eso no pueden dar con la llave porque para dar con la casa hay que salir a la calle.
–Esos están como tú.
–Favor que me haces, hija.
–Estoy trabajando para que me lleves al auditorio. No seas mala, es una vez al año.
–Sale carísimo.
–¿Ese comentario lo haría un cronopio?–dice y enseguida me invade la maravilla como si yo fuera un cronopio de esos que cuando tienen hijos encuentran en ellos “el pararrayos de la hermosura y creen que por sus venas corre la química completa con aquí y allá islas de bellas artes y poesía y urbanismo”.
Por supuesto que iré al Auditorio Nacional en calidad de camión a pedirle a Luis Miguel que cante sin importarle de qué modo lo atropellan sus fans.
–¿Me prestas el libro de Cortázar sobre los cronopios?–pide Catalina. Y claro que se lo presto. Por ahí busco Rayuela. La mañana me dejó nostálgica del Cortázar que leí y subrayé en los sententa con la fe y la soltura de quien ha dado con algo que le urgía. El libro está tan viejo y amarillento como si hubiera sido de mi abuela. En un acto de amor lo mandé a empastar hace un tiempo, pero eso que le quitó su condición de baraja, lo volvió tieso y estrecho. Lo abro donde sea, caigo en la página 538 y doy con un párrafo que subrayé con un plumón morado: Empieza diciendo: “Sigo tan sediento de absoluto como cuando tenía veinte años, pero la delicada crispación, la delicia ácida y mordiente del acto creador o de la simple contemplación de la belleza no me parecen ya un premio, un acceso a una realidad absoluta y satisfactoria. Sólo hay una belleza que todavía puede darme ese acceso: aquella que es un fin y no un medio y que lo es porque su creador ha identificado en sí mismo su sentido de la condición humana con su sentido de la condición artística. En cambio el plano meramente estético me parece eso: meramente. No puedo explicarme mejor”.
Cierro el libro asustada. ¡­Qué desafío! Morelli es el invento más terrible de Cortázar. Que temerario de mi parte subrayar ese párrafo a los veinte años. ­¡Qué ambicioso proponerse tal cosa! ¿O será que simplemente no hay que proponerse tal cosa? Yo me conformaría con dejarme tomar en serio por el sentido de la condición humana. Ya es bastante, ya es más que bastante.
–Mira que guapo salió aquí Luis Miguel–dice Catalina mostrándome al muchacho vestido de blanco con el pelo sobre la frente y en la expresión un desafío.
–Es mejor cuando no sale divino–opino volviendo a mi libro. Al rato ella regresa con el libro que le presté y se acomoda en la cama para leerlo junto a mí. A veces interrumpe para reírse y tachar a Cortázar de loco, cuando al cabo de una hora lo cierra y se levanta me dice:
–Yo creo que Luis Miguel sí es cronopio.
–Sí.–le contesto. Tiene cara de que deja sus recuerdos sueltos por la casa.