Hoy, tres de junio, se cumplen quince años de que, por tonta, no me lo digan, ni me regañen, que en en el pecado llevo la penitencia, perdí a mi primer perro. Desde entonces, toda pérdida me lo recuerda y cada vez que lo recuerdo lo acompañan otras pérdidas. Aquí les dejo esta memoria. con el deseo de que los acompañe.

Hace poco, un mal día, perdí a mi perro. Quizás es un equívoco llamarlo mío, porque él nunca fue de nadie. Según dicen los expertos, son los perros quienes nos consideran suyos. Por eso los entristece nuestra ausencia, son ellos quienes nos pierden a nosotros. No sé, el mío había conseguido embaucarme con su amor delirante y su ciega lealtad al ir y desandar de mis pasos.
Lo quisieron mis hijos hace nueve años. Por entonces uno tenía doce y la otra diez. Cuando me resistí a aceptarlo me entregaron todas las promesas del caso: ellos se encargarían de recoger el diario testimonio de su buena digestión, de dormir con él, llamar al veterinario si se enfermaba, rascarle la panza y hablarle al oído como sólo se les habla a los bienaventurados.
Pero mis hijos estaban en la edad de las promesas incumplidas y al poco tiempo yo quedé a cargo del cachorro. Empezó a ir conmigo a la caminata de las mañanas y a dormir largas siestas en mi estudio, acompañando la lentitud y el desorden en que escribo con el compás de su sueño armonioso y tibio. Nos hicimos de tal manera cómplices que una de las veces en que se enamoró, leí a Quevedo cerca de su oído durante toda la semana que tardaron sus penas. Ni entonces conseguí imaginar que podría perderlo por causa de una hembra que lo mal encauzara. Pero ahora no se me ocurre otra cosa para encontrar consuelo que imaginármelo lleno de amores cumplidos reproduciendo su alegría en casa de alguien que se lo robó para usarlo como un apasionado semental. Porque en eso sí era de la familia, le daba por los amores con tal intensidad que perdía cualquier otro interés por el mundo si quedaba a la deriva de su fantasía y su fervor. Yo lo había acostumbrado a ir conmigo al bosque como se le diera la gana, pero sin correa ni más obligación que la de mostrarse dichoso y libre igual que debería ser todo el mundo.
Durante años hicimos el mismo camino casi todos los días. Mis amigos se acostumbraron a oírme llamándolo cuando se atrasaba y a verlo aparecer y desaparecer a su antojo sin extraviarse más que a ratos. Por eso es que la mañana en que lo perdí de vista y el mes que tardé en aceptar que lo había perdido del todo, se me hicieron tan largos e inauditos. Durante semanas lo busqué hasta colmar a los demás, lamenté su ausencia hasta que de tanto nombrarlo quienes me quieren empezaron a levantarse de la mesa cuando la evocación se prolongaba. Y dado que uno puede aceptar todo antes que hacerse al ánimo de perder a todos sus cariños al mismo tiempo, evité las remembranzas en voz alta y me propuse mandar al perro de Quevedo al arcón en que se guarda la nostalgia de las cosas y los seres prohibidos al recuerdo público.
No es asunto de todos reconocer una pena en todas nuestras penas. Lo que para unos es trivial a otros les resulta entrañable y no hay mejor manera de echar a correr al prójimo que añorar en voz alta la huella de lo que hemos perdido.
Llegada cierta edad, a la que por cierto he llegado hace rato, uno empieza a estar hecho de lo que ha ido ganándole a la vida y de lo que ha ido perdiendo en el camino. Y tanto pesa uno como lo otro, y así como la suma de lo que tenemos está hecha con una mezcla de nimiedades y tesoros, la suma de las pérdidas también se trama con las mermas mayores y las de apariencia insignificante. Y se trama de tal modo que a veces nos estremece la evocación de cualquier nimiedad a cambio de las mil y dos noches que nos hemos prohibido llorar lo crucial.
Yo pierdo tantas cosas cada día, y tantas vuelvo a encontrar y a perder al día siguiente, que quienes viven conmigo se divierten apostando qué de todo lo que nombro aparecerá pronto y qué desaparecerá en definitiva. Antes de salir a la calle siempre pierdo los lentes de sol o el teléfono, la libreta con direcciones o la única pluma que no tiene mordido un cabo.
Casi siempre pérdidas indecisas, sólo de vez en cuando pérdidas decisivas. De cualquier modo la suma de unas y otras van haciéndonos vulnerables o heroicos.
Hay pérdidas que nos marcan para siempre y no me refiero a minucias como el himen, sobre cuya desaparición oí hablar como quien habla de una catástrofe durante los varios años de escolaridad a los que me sometí sin remedio, sólo para que al fin resultara penoso andar cargándolo, sino a pérdidas como el tiempo que puse entonces en inventarle vida interior a cualquier idiota cuyo caminar me interesaba.
“En amor quien pierde gana/ quien gana en amor se pierde” escribió Renato Leduc. Por desgracia creerle no ha sido siempre fácil y un tiempo las pérdidas de amor sonaban sólo a derrota. Ahora sé que quien pierde en amor puede tener la fortuna de encontrar con quien darle rienda suelta a la desolación del abandono hasta terminar canta y canta como quien olvida de tanto darle cuerda a la misma queja. Quien pierde en amor puede ganar toda una tarde oyendo “Addio del passato” en la extraña voz de Filippa Giordano. Quien pierde un amor puede recordar a Neruda: “tengo hambre de tu risa resbalada” o morirse de risa releyendo la última carta que su pasión fue capaz de echar al aire como un lamento.
Muy pocas veces viene una pérdida que no acarrea tras ella sino aridez y sin razón. Durante el tiempo en que anduve sin salud gané la paciencia, y ahora que mi hija está lejos gano la certidumbre de que es extraordinaria. Hasta la muerte de mi padre, de cuya impronta he hablado sin recato, corriendo el largo riesgo de perder por hartazgo a mis lectores, trajo consigo la ganancia de un reino que quizás yo no me hubiera permitido si él se hubiera quedado en el rumbo de mis asideros con su dulce pero inapelable arbitrio. Comprender esto que digo no es resultado sino de otras pérdidas: la juventud, por ejemplo, con todo y sus consecuencias: las arrugas, las canas, el hueso de mi nariz creciendo hasta hacerme recordar a mis tías cuando doy con un espejo sin buscarlo, ni se diga la firmeza que alguna vez tuvieron las partes de mi cuerpo que hoy no tienen sino memoria y deseos insospechados. Suma de pérdidas, suele dar ganancias: ya no soy joven, pero ya no me importa no haber sido alta, ni me pongo zapatos incómodos sino en las grandes ocasiones, mismas que aprovecho para perder otra de las cosas que sobran: la vergüenza que antes me hacía bailar toda la noche parada en dos agujas y que hoy cuando desaparece me deja descalza dando brincos con “El ratón vaquero”.
Aparte de los lápices y los anteojos, de las llaves y el reloj, del sosiego y el tiempo, de la fe, la cordura, la infancia de nuestros hijos y todas esas cosas que nombramos a diario como pérdidas; en silencio perdemos tantas otras cosas que a veces urge que entre un viento, las revuelva, las nombre y nos explique lo que hacen en nuestro ánimo con su ausencia.
He aprendido, tras tantas pérdidas menores, a evocar con cordura y a invocar a solas. Porque no hay pena mejor pagada que la nostalgia ejercida cuerdamente entre las cuatro paredes de uno mismo.
Hay pérdidas que deberían darnos gusto: yo he perdido el antojo ineludible de un chocolate a todas horas, la capacidad para comer a deshoras, el deseo de tragarme la noche. A cambio duermo cerca del mar en abril y la noche me traga sin remedio cada vez que trae lunas. He aprendido a disfrutar la soledad, a negarme al tedio, a ver la tele y a ir de compras sin culpa. Ya no me gusta el ruido, ni la música en los restoranes. Voy perdiendo la tolerancia a estos desfalcos mientras me crece el gusto por la conversación alargándose hasta que las horas se vuelven madrugada y las mañanas tardes y el arco iris lluvia.
Cuando la casa se queda sola y yo me quedo sola con la casa, ando y silbo para no añorar: la risa de mi hermana imitando alguno de mis desatinos, los pasos de mi hija en la escalera brincando igual que brinca el agua cuando hierve, la boca de mi hijo negándose a usar un saco de cuero porque cuesta más que sus zapatos, la voz del señor de la casa dando noticias en torno a cualquier cosa que haya podido ser noticia, el deseo de un tesoro que guardo sin alardes, la ironía de mi sobrino que aquí vivió con todo y sueños y, otra vez, porque sí, la voz de mi madre jugando a que no pasa el tiempo.
Tras todo esto y tras cuanto cuento, imagino y venero, andaban siempre las patas de mi perro sonando a mis espaldas. Ha de ser por eso que cuando añoro cualquier cosa, añoro al perro como quien todo añora.