Pues con el con que de no existo. Lo supe esta mañana cuando me presenté, según yo, con todo en orden, al Módulo del IFE que me corresponde. Ningún funcionario de oficina pública alguna, me había tratado nunca tan bien. Como había hecho una cita por internet, mejor dicho como la ordenada Greta me había hecho una cita, a las diez y media de hoy, pasé rapidísimo. Volando sobre una fila muy larga quedé frente a un muchacho con su chamarra del INE y un gorro contra el frío que lo hacía parecer un duende tan amable como perplejo. Ninguno de mis papeles coincidía con ninguno. En mi acta de nacimiento me llamo María de los Ángeles Mastretta y Guzmán. En mi pasaporte, usado como identificación, respondo al apacible nombre de Ángeles Mastretta Guzmán. En mi Registro Federal de Causante me llamo MAGA. Mastretta, Guzmán, Ángeles. En la tarjeta de crédito, en el banco, en el título de propiedad de mi casa, en la cabeza de mis amigos y mis hermanos, soy Angeles. En mi otro IFE era Ángeles. Hasta en la Visa gringa soy Ángeles. El buen duende encontró el caso complicado y como él recibe y organiza el inicio del breve y fácil trámite con dos personas sentadas frente a él, me presentó con la jefa del módulo. Una mujer toda dulzura llamada Cinthya, sin apellidos, para no confundir ni intimar de más. Aunque la pobre confundida estaba con mi caso y le hizo la lucha por varios lados. Llegó incluso a tener la generosidad de buscarme en la computadora vía mis huellas dactilares. Sí me encontró. Pero la credencial se había vencido desde el año pasado. La dieron de baja. Ya no servía. ¿Licencia? Ahí sí viene el nombre como en el acta, pero esa también está vencida. Con razón hace rato que me siento borrosa. Tengo que llevar dos testigos y un acta de nacimiento con un sello que le falta a la que llevé. En mi auxilio entró Carlos, mi hermano, quien justo ayer se enteró de que se están digitalizando todas las actas de nacimiento y ya se pueden bajar en un sitio electrónico con sólo poner el nombre y el CURP. Lo hizo por mí. Pero no aparecí. Llamó a un teléfono proporcionado ahí mismo y le dijeron que no han llegado a mi año. A él lo registraron hasta 64, aunque nació en 52. Visto así, conmigo se apuraron, me registraron en el 51 y nací en el 49. No se usaba tener papeles. Y todo era más fácil. Me preocupa, porque ya cuando uno empieza a hablar así es que no tarde en desaparecer de verdad.

Ya les contaré si recobro la identidad, por lo pronto, acepto la que se me quiera regalar.