Como si no anduviéramos cargándolos de aquí para allá todos los meses, en noviembre avivamos la manía de celebrar a los muertos. Urgidos de una fiesta les ponemos altares, flores, velas, dulces.
Hubo un tiempo, en que creí que la vida era todo eso que me faltaba caminar, cuando mis hijos eran niños y yo consideraba crucial educarlos en las tradiciones, en que al principio de este mes yo arreglaba una ofrenda en el patio y le ponía las fotos de mi padre y mis abuelos detenidas sobre papel morado y entre flores naranjas, calaveras de azúcar y panes amasados con azahar. Ya no lo hago. No porque me parezca más absurda, ahora, que antes, la creencia de que los muertos pasan a comer el meollo de lo que les dejamos para alimentar su vida de fantasmas. Nunca pensé que tal cosa tuviera otro sentido que no fuera el placer mismo de imaginar que nos visitarían los difuntos, pero algo había en el aire alrededor de mi alma que alentaba ese noble placer. Ya no. Será porque mis muertos se han ido haciendo tantos que ya no caben en el cielo, ya no regresan. Mejor dicho, no se van. Aquí andan todo el año, dando su guerra diaria, haciéndome reír con la aleatoria reminiscencia de sus guiños. Aquí yo, negándome a llorarlos. Aquí está la memoria acompañando.
Andan aquí los muertos, ni para qué ir al panteón a buscarlos.