image4103Type1

Existía o existe en Puebla un manicomio maltrecho y medio olvidado en el que sin remedio mezclan su lucidez y sus delirios varias decenas de mujeres.
Estuve ahí alguna vez cerca de la Navidad porque mi madre organizaba una posada con el ánimo de consolar el insaciable desconsuelo de aquel sitio, y no sé con qué resultados.
Durante un tiempo mi hermana heredó la misión visitadora de mi madre. Trató en aquel abismo con mujeres desquiciadas por la pobreza o la falta del medicamento necesario en el momento preciso, lo mismo que con jóvenes que al caer en la cárcel por drogadictas eran llevadas ahí, puestas en abstinencia y conducidas al pavoroso túnel de la conciencia plena en mitad de un mundo regido por el disparate.
Nunca supe la causa, pero supongo que un mecanismo de autodefensa hizo que Verónica espaciara sus visitas al manicomio de San Cosme. Hay tanta locura por atestiguar en el mundo de afuera que acabamos acudiendo a ella antes que a la recluida en la desdicha de estar catalogada como tal.
De las tardes que pasó entre aquellas mujeres dedicadas en sus ratos de paz a bordar o hacer collares, mi hermana obtuvo un tesoro y me lo regaló.
Es un pequeño pedazo de tela color marfil, en el que una supuesta loca bordó, con el pulso firme y el punto atrás perfecto: “No arruines el presente lamentándote por el pasado ni preocupándote por el futuro”.
Sin buscar el perdón de quienes encerraron a esa mujer, yo colgué su sentencia en el sitio más visible de mi casa y acudo a ella cada vez que lo creo necesario o la dejo entrometerse en mi camino cada vez que el azar me la coloca enfrente. Pocas voces me remiten tanto a la cordura. Aunque a fuerza de proponerme oírla, he comprendido que una persona capaz de vivir atenida a esa sentencia pueda cometer muchas locuras.
¿Por qué moverse de una cama tibia, si a uno no le preocupa el futuro? ¿Por qué llegar puntual a los lugares? ¿Por qué la prisa? ¿Por qué andar correteando a la eficacia? ¿Por qué negarse a las conversaciones largas, al simple dejar pasar el tiempo sobre nuestro cuerpo y nuestros deseos?
Vivir sin lamentar el pasado ni preocuparse por el futuro es darle al tiempo una dimensión mucho mayor de la que le ha otorgado el mundo que nos rige. Es rehabilitar la noción de presente y desaparecer el reloj que tanto nos atormenta.
Me pregunto qué sería de este tiempo que ha descubierto la aspirina, la televisión, el internet, los celulares, los jets, si no hubiera dirigido los beneficios de sus descubrimientos a evitarnos todo lo que se considera perder el tiempo.
Evaporar el tiempo, tratarlo como algo que se consume, que se divide en pasado y futuro, que uno puede medir y manejar a su gusto es lo que debería considerarse una locura. Pero nadie va al manicomio si vive con la angustia de estar perdiendo el tiempo. Porque no habría manicomios para albergarnos.
Hemos olvidado el placer que otros encontraron en las tertulias, la radiante voluntad con que otros supieron ser generosos con su tiempo. Supieron darlo a los amigos siempre que fue necesario, darlo al ocio y la contemplación, darlo a la hermosa lengua que hablamos. Darlo al sueño y al placer de tocar a los otros sin medir las horas y tener que salir corriendo. Por eso me gusta este puerto, porque nos devuelve el derecho a gastar el tiempo en oír a otros.
Adivinar qué habrá sido del tiempo y cómo será el presente de la bordadora de San Cosme. Nunca podré decirle cuánto la escucho y cuántas veces la desoigo, pero hasta siempre me acompaña la sentencia que hoy descargo en este puerto por si alguien quiere apuntarla y atenerse a la locura que acarrea:
“No arruines el presente lamentándote por el pasado ni preocupándote por el futuro”.