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Tantas cosas soñamos juntas que no sé quién empezó con cual deseo. La conocí al principio de los años setenta. Ella tenía entonces la misma risa larga y contagiosa, la misma voz redonda que tuvo hasta el final. Yo apenas iba camino a los desencantos con que la vida nos halaga, ella se había casado quince años antes, tenía cuatro hijos y una pasión por la poesía barroca, el cine y la pintura de Picasso. Era catorce años mayor que yo. Nos hicimos amigas como se junta el agua del mismo río. Entonces toda mi vida era un proyecto de vida. Sabía yo sólo que había dejado un mundo cerrado sobre sus prejuicios y que ambicionaba quebrantarlo. Ella había conocido ese mundo hasta el cansancio, incluso había sido feliz en él. Tal vez también fue por eso que la quise sin demora. Pero no sólo por eso, sino porque hay una lealtad esencial a nosotros mismos cuando elegimos a quienes elegimos para confiar en el fondo de sus ojos. Se llamaba Emma Rizo. Tuve la ventura de contar con ella. Para agobiarla con la historia de mis amores infortunados, para confesarle la precisa gloria de los afortunados, para llorar junto a ella los imposibles y aprender a cortar con una risa las lágrimas que maldicen lo posible. Pasamos muchas tardes hablando del futuro como si dependiera de nosotras, y de literatura como si no hubiera otro presente.
Durante ese tiempo la di por dada, como se dan por dadas la luz en la mañana y la luna de noche, como la tierra bajo nuestros pies y el cielo inmenso. Andaba por ahí, alumbrando el mundo con su inagotable vocación de trabajo, con su gusto por las palabras y los libros, con sus ojos abiertos desde temprano y sus pies caminando el polvo y las calles de la ciudad que resistía con el buen ánimo intacto hasta el anochecer.
Decía al final que se había vuelto prudente. No era para creerle, pero era cierto que menos imprudencias de las que hicimos juntas cruzaban por su cabeza en los últimos años. Empezó a escuchar más de lo que hablaba. Ella que un tiempo atropellaba las reuniones con su lista de milagros por entregas. Cuando supo que estaba enferma nos lo dijo mientras juntaba los dedos de la mano moviéndolos como si quisiera sentirlo entre ellos: “Dicen que tengo un pequeño tumor, habrá que ver.”
Fuimos viendo. A pesar de su empeño en que no viéramos, aunque no dejó el trabajo, ni faltó a las comidas de los martes, ni se perdía el periódico, ni dejaba de afligirse por la política, ni interrumpía sus viajes a la librería, ni abandonó su pasión por el psicoanálisis. A pesar de que nada le atrajo nunca tanto como la vida, la fue perdiendo en trozos durante los siguientes dos años. En los últimos seis meses terminó el libro de cuentos con el que no tenía trato desde hacía diez años. Al final no podía dormir, porque no quería morirse. Sin embargo se dio tiempo para sugerir una jacaranda que floreara sobre su tumba.
Era un sueño Emma Rizo: “Lo bueno de todo esto —dijo muy seria— es que me voy a librar de ir al dentista.”
Esa fue una de las pocas veces en que se refirió a la muerte que sentía en su aire. Sin embargo le fue diciendo a cada quien cuánto lo quería, fue oyendo de cada quien la despedida disfrazada de “nos vemos mañana” y no se quejó ni nos maldijo por quedarnos con el mundo que tanto le gustaba. A su entierro llevamos flores blancas y un montón de lágrimas, porque así son las cosas y eso se lleva a los entierros. Pero llevamos también geranios y una disposición a sonreír por si las dudas. Nunca nadie la vio terminar una sesión de llanto sin el jolgorio de una risa para servir de broche.
“Aquí estamos, Esther, mi hermana, y yo, contándonos chistes”, me dijo una mañana en que entré a su casa y la encontré llorosa. “Chistes de ultratumba”, explicó dejándose abrazar mientras reía, como quien abre una ventana.
Era un sueño Emma Rizo. Un sueño que recuerdo con frecuencia en silencio, y que el sábado recordé en voz alta para contárselo a mi sobrina Alicia, su nieta. Lo dejo aquí hoy, como prueba de que aquí dejo muchos de mis mejores sueños.