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¿Quién querría envejecer sin enojos?, me pregunté hace poco a propósito de un cuento de Isak Dinesen en el que habla de la experiencia como algo que se da fácil y casi nadie acepta.

¿Quién quiere ir hasta la madrugada sin devastarse a la media noche? ¿Quién librar el dolor pero al tiempo las dichas? ¿Quién perder los gallos de un hallazgo a cambio de un alba quieta? ¿Quién negar que el asombro lastima, que no es sólo cascada, luminaria, pez azul bajo el agua de la nada? ¿Quién escuchar: no luzcas las estrellas porque son alaridos? ¿Qué flojera de perros, de ballenas, de abejas después de la batalla, calma el albor de quienes quieren guerra? ¿La experiencia? Apreciamos los leones, las fogatas, la distancia. ¿Para qué la experiencia? Esta loza lenta que aconseja a quien no quiere oírla. Este recelo que hace alarde de sabio. Este no temblar, este delirio aburrido. Se rechaza. Nadie que la tenga la quiere y, sin embargo, sabemos que tenerla es como andar a la sombra de una luna, a la luz de una fuente, a la vera de un acantilado. Sin caerse, sin temor, y a veces sin hartazgo. ¿La experiencia? ¿Esta ceguera iluminada es la experiencia? Esta delgada nitidez, esta montaña pálida, este pasmo de siglos. La experiencia. Qué dolor y qué alivio. ¿Qué más puede quererse que tanto se aborrezca? Este ángel, este diablo, esta paz de agua en agonía. Se regala. Esta luz de media noche no la quieren ni el aire ni los asnos. La experiencia, esta sonora fantasía de tantos, este silencio tibio: se regala. Este venado, este camello, esta madera quebradiza cuesta cara. Por eso, con frecuencia, se rechaza. No queremos ni verla, ni conocer su aroma, ni tocarla. Tanto así le tememos. Tanto y nada.