De repente todo puede ser la felicidad, porque así es ella: escandalosa, argüendera, egocéntrica.
En cambio, su hermana, la dúctil alegría, es menos imprevista pero más compañera, menos alborotada pero también menos excéntrica. Y está en nosotros buscarla y en nuestro ánimo el hallazgo y no sólo el afán. Creo que es más tímida, pero más valiente la simple alegría de cada amanecer, acompañándonos, que la felicidad como una cresta impredecible. Depende más de nosotros dar con las alegrías, vaya o venga el destino, en la diaria devoción por la vida.
No es posible andar feliz, en vilo, abrazados, abrasándonos todo el tiempo, pero se puede andar alegre, serlo. Aunque estemos cavilando o enfermizos, nostálgicos o abandonados, podemos tener alegría, no sólo encontrarla de pronto, efímera, como sucede con la felicidad. Sino tenerla en medio de cualquier día y de todos.
No se cree en la felicidad se nos aparece, sí se cree en la alegría, tenerla es cosa nuestra, es asunto de convicción y agradecimiento, de compromiso con la generosa vida.