No conocí a Rosario Castellanos, pero he sido su lectora y su amiga, encerrada en el enigma de la amistad que se teje leyendo, como quien escucha. Este mes cumpliría 91 años, y sería célebre y reconocida como se lo merecía.

Aquí, aquí vivieron y, como yo, decían:
Mi corazón no es mi corazón, es la casa del fuego.

Mucha de la poesía de Rosario está permeada por la tristeza, dice que le enseñaron la tristeza. Sin embargo escribió:

A veces tan ligera
como un pez en el agua,
me muevo entre las cosas
feliz y alucinada.
Feliz de ser quien soy,
sólo una gran mirada:
ojos de par en par
y manos despojadas.

He aprendido la calidad de las palabras con que ella contaba el mundo, y admiro la fuerza y la convicción de sus libros. Los leo con reverencia.
Rosario Castellanos supo apiadarse de los demás, tanto como alguna vez quiero hacerlo yo. Y supo decir su compasión y su compromiso como una Declaración de fe, como Un viaje al corazón de la noche. Ella pudo mirar a los demás y describir sus penas. A nosotros nos ha tocado leerla y aprender de su generosidad.

Esta pionera, esta poeta extraordinaria, esta dueña de una voz iluminada por la tristeza y la ironía, por una lucidez que lastima y una pasión que impuso a su escritura la verdad y la inteligencia como una ley inapelable, cumpliría 91 años.

Considera, alma mía, esta textura
Áspera al tacto, a la que llaman vida.
Repara en tantos hilos tan sabiamente unidos…
Y odia después, si puedes.

Buena cara al mal tiempo sí que aprendimos de mujeres con la fuerza de Rosario Castellanos, pero no nos enseñaron, con la misma consistencia, a recibir la buenaventura como algo que celebrar sin matices, sin dudas y sin culpa.

¿Cómo podrás estar sola a la hora
completa, en que las cosas y tú hablan y hablan,
hasta el amanecer?

Y recuerdo otros versos:

Es necesario, a veces, encontrar compañía.
Amigo, no es posible ni nacer ni morir
sino con otro. Es bueno
que la amistad le quite
al trabajo esa cara de castigo
y a la alegría ese aire ilícito de robo.