Una querida amiga, pasó de noche por mi libro “Maridos”. Me ha dado una alegría porque así podré regalárselo ahora que viene su cumpleaños. Pero mientras la encuentro y eso pasa, aquí les dejo el principio para ver si a alguien más se le antoja saber qué sigue:

Una tarde naranja, Julia Corzas le abrió la puerta a su tercer marido. El hombre era un espécimen de manos rotundas y ojos vivísimos que alguna vez se creyó amado por los dioses, que aún traía en los hombros el encanto de un gitano y en los pies el andar de un guerrero. Tenía el pelo castaño en otros tiempos, pero cuando ella lo vio detenido en el umbral de su casa, la luz que iluminaba su frente se entretuvo en las canas suavizando el gesto con que la saludó sin abrir la boca.

–Mira que seguir siendo guapo—dijo ella como si hablara consigo misma.

Llevaban años de no verse. Cuando lo conoció, Julia era pálida como un canario, inconsciente como un gorrión, necia como un pájaro carpintero, concentrada como lechuza, incansable como un colibrí. Tan distintas alas en la misma mujer daban una criatura atractiva y volátil, empeñada en decir que sólo ambicionaba estarse quieta.