A veces, cuando cavilo en torno a cómo se consigue hilar un libro, pienso en una mañana de mil novecientos noventa y poco. A mi hija le gustaba que yo la peinara antes de irse al colegio y siempre aparecía en mi cuarto con sus nueve años, inequívoca y puntual, con el cepillo rojo en una mano: ¿me haces la trenza?
Esa mañana, cuando yo empezaba a formarle una cola de caballo y ella se miraba el peinado en el espejo, protestó. Yo le respondí ensimismada. ¿Cómo la quieres?
Ella me miró adivinando:
–¿Ya se volvió a trabar tu novela?
–Ya –le contesto mirándome en el espejo en que ella se miraba. Me vi cara de loca de manicomio, no de una loca cualquiera. ¿Qué otra cara se puede tener a las siete de la mañana de un día que no promete sino trabazones?
–Haz como en Corazón Salvaje (la telenovela) –me dijo con su cara de docta en la materia. –Repite y repite y repite hasta que se destrabe. Mira –dijo moviendo la mano– ahí pasan dos semanas en lo mismo y de repente se dan una destrabadita, otra vez dos semanas en lo mismo y otra destrabadita, hasta que por fin ayer se encontraron Juan y Mónica. Repítele. A la gente le gusta eso.
–¿Tú crees? ¿Cuándo me vas a dejar que te peine de coletas?
–Nunca –me contestó yendo a ponerse la mochila en la espalda. Luego alcanzó a darme un beso y se fue.
–Cati –la llamé cuando se abrió la puerta de la calle. Pero ya no me oyó. Iba corriendo tras el hermano porque eran cinco para las ocho.
–Creo –le dije al devorador del periódicos con el que me encontré en el comedor– que uno nunca debe perder la oportunidad de discutir una teoría literaria.