Sí, tembló
Pero ya estamos acostumbrados. En esta casa se dice: "está temblando", como quien dice: "está lloviendo". Todo se mueve despacio, y se sabe que tiembla, pero aunque es una construcción de 1912, a la que le hemos puesto encima dos pisos, no sucede nada grave. De repente se medio cuartea una pared. La enmendamos la semana siguiente. No se cayó nada. Y tampoco leo ningún mal mayor en otras partes. Será que a la tierra le dio calor. O tristeza. Yo no les temo a los temblores. Y es de familia el mal mental que me lleva a no pensar en el futuro mientras siento cómo se mueven las paredes. Una vez nos tembló en la punta de un cerro, en Acapulco. Éramos niños y nuestras mamás y los abuelos Guzmán, que eran con quienes viajábamos, dijero un: “está temblando”, les juro que casi entusiasmado. Y ese día sí que se movió el cerro como si lo columpiaran con todo y casa. Ahora no. Será que el temblor de ayer me dejó tan cansado el corazón que cualquier otro temblor me sorprendió menos.

Punto y seguido: Quisiera que ustedes hubiera visto a Mercedes Barcha, a sus hijos y a sus nietos. Son de una elegancia de ánimo y de una suavidad en las maneras, de una entereza que, mirarlos, en mitad de la tristeza, casi da alegría. Ellos son otro privilegio. Y la mejor herencia.

Preguntas: En una de las novelas de Gabo hay un perro ¿que se llama cómo? Y un militar torturador que oye la música ¿de quién?

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