El querido Stendhal que escribía a principios del siglo XIX luminosas y desquiciantes historias de amor, se refería al pasado con una nostalgia idéntica a la que ahora puede provocarnos el año de 1814. A veces en mitad de una historia se detuvo a lamentar que en sus épocas los hombres ya no tuvieran la cortesía y las pasiones del siglo XVIII, que las mujeres prefirieran el dinero y el lujo al sacrificio de luchar por un amor desventurado.

Es muy frecuente que nosotros sintamos el mismo desprecio por las pasiones a medias, que creemos ver en nuestro tiempo, y que, como Stendhal demostró, seamos imprecisos y melancólicamente injustos.

Hay en el México de ahora tantas Cartujas de Parma como las que Stendhal pudo encontrar en la Italia del mil setecientos, las hemos visto crecer o volverse locas, les hemos visto los cuerpos encendidos y los ojos en guerra, desafiando los desaciertos de esta época con la misma vehemencia que lady Elenboroug. Las hemos visto escapar y perderse en la nada de un amor clandestino, las hemos visto cambiar los misales por Hegel y los bordados por la sociología, sin perder un ápice de la voluntad de amor aburrido y pacífico, por lo tanto intrépido, que sus abuelas tuvieron por esa especie de hijos con ínfulas que el destino depara por maridos a tantas mujeres.

De Romeo y Julieta a Florentino Ariza y Fermina Daza, pasando por la Duquesa Sanseverina y el conde Mosca o por John Lennon y su japonesa, todos los amores desventurados han requerido pasión y desafuero, valor y locura; y todos los amores domésticos han sido inevitablemente heroicos.

Cambiaron los tiempos, algunas costumbres, muchas palabras. Ahora el divorcio es casi tan común como el matrimonio, y ya muy pocos se meten a jurar amor eterno sin haber pasado antes por la fórmula: “vivir juntos”. Como si tal veleidad no condujera al mismo desasosiego.

Lo que sucede ahora es que las normas sociales son aparentemente más flexibles. Así es como el amor además de los varios trabajos que pide, ahora se da el lujo de estar lleno de preguntas:

¿Es más libre o más atado a nada? ¿Es más violento o menos parsimonioso? ¿Duele menos o va más al sicoanálisis? ¿Es más avaro o tiene menos tiempo? ¿Perdona poco o está más ayudado por una escapatoria legal? ¿Es más cómplice o más confianzudo? ¿Es más parejo o menos cuidadoso? ¿Es menos elocuente o más zángano? ¿Se rinde menos o se observa más? ¿No reconoce los riesgos? ¿Tiene un valor inusitado? ¿Es más generoso o considera que los celos son anticuados? ¿Es más tolerante o menos intenso? ¿Es menos intenso o más disimulado? ¿Tortura menos o avergüenza más? Porque ahora ya nadie se atreve a morirse de amor. O quién sabe. Decía Sabines, yo no muero de amor, muero de ti.
Una cosa se puede asegurar: no hay en el mundo de ahora menos pasión, elocuencia, atrevimiento y heroísmo amoroso del que había hace cien o trescientos años. Aunque quizá se note menos. La engreída razón se empeña en esconderlos para que no dañen la imagen de nuestra prestigiada voluntad modernizadora. Sea por la vida, que siempre va y viene.
Punto y aparte: Quienes hurgan con generosidad en los archivos de Nexos, han traído ahora a la primera página del sitio, un artículo casi idéntico a éste, que escribí en 1988. Me sorprendió suscribirlo tantos años después. Podría haberlo escrito ahora. No creo que hubiera sido más desencantado. Era alegre, tenía esperanza. Tiene el mismo juego con literatura que haría yo en estos días. Así que lo traje aquí para compartirlo con quienes no pasan por la revista.Para que hagamos con él una reflexión. ¿Ustedes creen que el amor de ahora sea como el de antes?