Pocas cosas me ponen tan en mi lugar respecto de la edad que tengo, como ir de compras. Sobre todo si se trata de comprar zapatos o pantalones. Ahí no hay términos medios. Se es joven o vieja, y elegir tiene riesgos para un lado o para el otro. Empecemos con los zapatos. Si son bajos, hay tres opciones. Unas planos, los llaman flats, otras como de monja: tiesos, cuadrados, y otros que ameritan entregarse de lleno a las fachas adolescentes. Con los flats, también se llaman balerina, uno tiene que tener los empeines bajos y los arcos en el lugar perfecto. Si no, hay el peligro de que se encajen de adelante o el pie se desborde como un tamal. Además, después de andar en ellos duele la espalda. Pero no a mí, a mi hija con sus veintitantos la cansa andar sobre suelas completamente lisas. Los que son como de monja, como de maestra cansada, como de enferma con tres turnos, no merecen capítulo. Simplemente se pasa de largo negándose a caer en el mal gusto de la ancianidad ansiada. Los terceros, son la botas Ugg o los imensos doctor Martin o los tenis de agujetas iguales a los Archie. Si no me queda otra, voy por los ugg.
Dos puntos: Es peor la otra necesidad. Ahí no hay términos medios. Todos los bonitos, todos, tienen tacones de tres pisos. ¿Por qué no puede haber zapatos como los que usan las bailarinas de tap? Tacones pequeños, pero tacones, línea sencilla y caminatas nobles. Impensable.
Punto y seguido: Por eso, no es que yo hable sin razón cuando digo que envejezco a saltos. Voy flotando hasta que de repente me tropiezo con obstáculos inesperados. En los pantalones la desfachatez es inaudita. Si uno no tiene menos de treinta años, vamos a decir cuarenta, tiene que pasar por veinticinco mil vergüenzas si pretende comprarse unas jeans, dicen los gringos, unos vaqueros, dicen en España, unos pantalones de mezclilla, digo yo. La mayoría empiezan en la cadera. Cuesta muchísimo trabajo encontrar unos que lleguen a la cintura y bajen con lealtad generosa en línea recta. “No como los de mi hija” se llama la tienda “en el otro lado”, de donde mis primas me traen de repente los que uso. Los demás, tienen el aroma de lo prohibido o del ridículo.
Poesía para hoy: Digo tu nombre. Jaime Sabines
Música para hoy: Con Joan Manuel Serrat: Soy lo prohibido
Mirada para hoy: ¡Al la luna!
Aviso: Quizás mañana no pueda venir porque voy a Puebla. A mi hermana le quitan un alambre. ¿Qué tal se oye eso? Con que no le quiten otro tornillo, tendremos suficiente.