Aquí hace un frío que no es frecuente. El invierno en el altiplano se enmienda en las mañanas con el sol y al mediodía puede hacer un calor de veintitrés grados que a nuestra amiga Beatriz la pone al borde del delirio. Por eso desconciertan los días húmedos en los que el sol anda trastabillando y no llega a nuestra ventana ni a las ocho, ni a las doce, ni a las cuatro. Me divierte ver el asombro con que nos miramos unos a otros, como si todos tuviéramos los dedos atorados en la puerta. Como si la vida estuviera en otra parte y aquí nada fuera crucial más que taparse y tiritar.
Así fue como pasamos la mañana hasta que llegó la hora del palco y el futbol. Cinco goles y cinco de Uruguay. Diez para ir al mundial y que siga la diversión. Tacos de pollo y consomé a la hora de comer. Y una felicidad como de cumpleaños infantil que terminó por quitarnos el frío. Eso sí, el doctor Aguilar, a quien en otros textos se le llama el señor de la casa, sigue abrigado como para la nieve. Y anda por su estudio, dentro de la casa, sentado en su escritorio, con boina y bufanda como si fuera a levantarlo un vendaval helado.
Poesía para hoy: Me encuentro una frase del Gabo: La nostalgia es el infierno de los sueños. Qué cosas ha dicho este hombre tocado por la gracia. Estoy pensándolo. Una tarde como éstas, volvimos de celebrar un cumpleaños a sentarnos aquí en mi sala. Se me ocurrió llamar a los mariachis. Llegaron unos medio desentonados, pero muy entusiastas. Y estuvimos cantando lo que se nos iba ocurriendo. Estaba aquí Piluca, nuestra amiga del alma, con la sonrisa de niña sabia que llevaba a cualquier parte. “Nube viajera”, pidió don Premio, como le dicen en Cartagena. La cantamos. “Yo soy una nube viajera”, me dijo Piluca. Y de qué modo, pienso ahora que la recuerdo.
Música para hoy: Faltaba más. “Nube viajera”.
Disculpas de hoy: A nuestro generoso bloguero sonorense.